lunes, 12 de marzo de 2012

Una leyenda nórdica de carne y hueso





La editorial Funambulista, en su loable rescate de obras poco conocidas -o inéditas en español- de autores clásicos, como Austen, James, Conrad o Strindberg, acaba de publicar La leyenda de una casa solariega, de Selma Lagerlöf (1858-1940). La escritora sueca es mundialmente conocida por su libro para niños El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, pero si exceptuamos esta obra y novelas como Jerusalén o La saga de Gösta Berling, se trata de una autora muy poco editada en España.

Las tierras nórdicas siempre han sido propicias para las sagas mitológicas y las leyendas. Selma aprovecha esta tradición para contarnos una fábula poética con personajes de carne y hueso. Gunnar Hede, un estudiante cuya única pasión es la música de su violín y que vive angustiado por la posible pérdida de la mansión familiar a causa de las deudas, cae en la locura. En su periplo por las tierras de Dalecarlia como buhonero, rescata a la joven Ingrid Berg de la tumba (algo bastante gótico, por cierto). Esta deuda provocará en Ingrid el deseo de curar a Gunnar cueste lo que cueste.

“Su presencia, que percibía como algo del todo real, la convenció por completo de que él la protegía y velaba por ella. Y esta grata certeza anuló toda la desesperación en que la habían sumido las duras palabras de su madre adoptiva.
Ingrid sintió cómo la devolvían a la vida. Tenía derecho a vivir, porque alguien la quería.
Y así sucedió que, cuando entró en la cocina de Munkhyttan, sus mejillas habían adquirido un rubor rosado y sus ojos un brillo deslumbrante. A pesar de su aspecto extremamente frágil, débil y transparente, se la veía tan bella como una rosa recién abierta.”

La novela tiene una gran carga autobiográfica. La Nobel sueca también tuvo que luchar duro para recuperar Mårbacka -la casa familiar-, vendida tras la muerte de su padre para aliviar la mala situación financiera. De hecho, su carrera literaria se debe en parte a la necesidad de conseguir el dinero suficiente para lograr este propósito. Además, tanto Gunnar como Selma comparten su pasión por el arte, aunque con consecuencias bien distintas. En el postfacio de este libro se exponen de forma precisa más analogías.
 

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