martes, 10 de diciembre de 2013

Interesante artículo sobre la edición en España y la Enciclopedia Pulga ideada por Mario Lacruz (en el blog Negritas y cursivas)


Germán Plaza y la Pulga


Germán Plaza
Germán Plaza Pedraz
A Silvia Sesé

El milagro está hecho: en el metro (hasta ahora gabinete de lectura de esas infranovelas fundamentadas en las hazañas del gángster, de la niña ñoña y del héroe estúpido), en el metro decimos, se lee ahora a don Tirso de Molina y a don Leónidas Andreiev y a cualquiera de sus esclarecidos colegas […] Conmovidos, agredidos y turulatos, manifestamos a los inventores de la Enciclopedia Pulga nuestro asombro y nuestro reconocimiento. ¡Enhorabuena!
Así se saludaba en la revista humorística La Codorniz la que quizá sea una de las colecciones más entrañables de los años cincuenta, y que en cierto modo era una respuesta del editor Germán Plaza (1903-1977) a las carencias de papel que se dieron en España en la posguerra española. Acerca de esos “inventores” de los minúsculos volúmenes de tamaño muy similar al de un paquete de cigarrillos (10,5 x 7,5) que albergaron todo tipo de obras importantes, explicó a Rai Ferrer el que fuera su editor, Mario Lacruz (1929-2000):
Hacía algunos años que don Germán había comprado una rotativa Man de seis cuerpos [las célebres Manroland] parecida a una máquina de tren. Un buen día, con la rotativa parada por la caída de los tebeos, tomó uina hoja d papel que imprimía la máquina y comenzó a doblarla una y otra vez. El resultado fue un minúsculo cuadernillo de 64 páginas que lanzó sobre mi mesa diciendo: ¿Qué podemos hacer con esto? A los pocos meses, la Enciclopedia Pulga se convertía en un gran éxito editorial.
Algo tuvo que ver en ello la decidida apuesta por la agresiva y amplia publicidad, en consonancia con unas tiradas amplísimas, que llegaban en algunos casos de obras clásicas (La perfecta casada y obras de Tirso, Cervantes, Dostoievski o Oscar Wilde) a más de cien mil ejemplares. Así lo contó el propio Germán Plaza en una interesantísima conferencia en 1955:
Si bien era condición importante el contar con imprenta propia, no lo era suficiente. Precisábamos tener confianza en la reacción del público y efectuar tiradas lo suficientemente numerosas para que mereciera la pena imprimirlas en rotativa, procedimiento gráfico que, en ediciones de este carácter, permite una apreciable reducción del coste.
Era necesario también mecanizar al máximo el proceso de encuadernación, operación que por lo general invierte una considerable mano de obra. Y la importación de una maquinaria adecuada nos permitió lograrlo. Y además, una tradición editorial desarrollada sobre todo con una colección de tanta popularidad como en su tiempo lo fue El Coyote, nos permitió crear una organización distribuidora en España que nos facultaba para hacer llegar a todos los rincones del país las nuevas colecciones.
La Pulga tenía sin embargo  un muy noble antecedente en Grano de Arena, la colección creada e impulsada entre 1941 y 1942 por José Janés (1913-1959) de un modo mucho más artesanal (era una época incluso más dura, en la que todo estaba por hacer y ni hablar de importar maquinaria). Los pequeños volúmenes de 9 x 6 de Janés albergaron breves textos (pero completos) como Pollock, de H.G. Wells, Satyro, de Goethe, Intermezzo, de Heine, Inocencia reconocida, de Boccaccio, Heroídas, de Flaubert, Una tragedia, de Balzac, Una novela en nueve cartas, de Dostoievski, La modistilla, de Eugenio Heltai, Margarita de Escocia, de Mateo Bandello, Ética del contrabajo (Premio Viareggio 1939), de Orio Vergani, Elogio del gastrónomo, de Anthelme Brillat-Savarin, y obras igualmente breves de Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann, Joseph Conrad, R.L. Stevenson, Mark Twain, Edmundo de Amicis, Walt Withman, Oscar Wilde, D.H. Lawrence, Knut Hamsun, Luigi Pirandello o James Joyce.

Interior de Sor Beatriz, de Charles Nodier, en Grano de Arena (1942)
Los criterios de la Enciclopedia Pulga en cuanto a la selección de temas, autores y títulos también los expuso pormenorizadamente su creador:
No vamos a darle a este público, hasta hoy yermo de buena semilla, una literatura sofisticada o de proporciones grandiosas. Sería lo mismo que ofrecer un banquete pantagruélico a quien ha sufrido un ayuno prolongado. En vez de ello, hay que proporcionarle lo que, dentro de un tono de cierta elevación y ambición cultural, guarde proporción con la limitada preparación de que hasta el momento ha adolecido. Éste es otro de los secretos a voces de la Enciclopedia Pulga. No asusta al lector con volúmenes de gran extensión o de contenido abstracto, sino que le ofrece temas sencillos, de interés permanente, expuestos en un lenguaje llano e inteligible.
La selección de títulos llevada a cabo por Mario Lacruz para La Pulga presenta más de un punto de coincidencia con la de Janés en cuanto a algunos autores (Goethe, Wilde, Stevenson, Twain…), si bien una diferencia importante la constituye la presencia de autores españoles. Si en el proyecto de Janés sólo aparecen Eduardo Aunós (con París en el siglo) y Eugenio d´Ors (Historia de enfermos y de viejos), en la de Lacruz se dio cancha a varios escritores destinados a ocupar un lugar importante en la historia de la literatura española, como es el caso de Dolores Medio, César González Ruano, Miguel Delibes, Camilo José Cela o el propio Mario Lacruz, de quien en 1955 se publicó un volumen titulado Un verano memorable que incluía Ana y los niños, La comunidad, La mujer forastera y solitaria, Los brazos y el relato que le daba título (y del que el año 2000 Debate publicó una edición no venal numerada de 500 ejemplares). Por otra parte, y según explica Plaza en la misma conferencia ya citada, lo que más se vendía, y en este orden, eran los encargos hechos por el editor a autores no muy conocidos de obras referidas a temas importantes (Sevilla, Los Estados Unidos al sprint, ¿Jesucristo es Dios?, La religión, ¿para qué?…), autores clásicos como los ya mencionados, los temas de divulgación científica o de humanidades (La energía atómica, Beethoven, Islandia, entre fuego y hielo…) y por último “relatos y narraciones de autores contemporáneos y de “campanillas””. Es notable también la presencia en Pulga de versiones de obras llevadas con éxito a la gran pantalla (Mogambo, de Wilson Collinson, El prisionero de Zenda, de Anthony Hope o Ben-Hur, de Lewis Wallace, obviamente en una versión abreviada a 223 páginas).

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lunes, 9 de diciembre de 2013

‘El Amor Imposible’ Barbey D’aurevilly (Melibro)

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Qué decir de un libro de Barbey D’Aurevilly (Saint-Sauveur-le-Viomte, 1808 – París, 1889); pues que es altamente recomendable y de una literatura impecable. Aunque, como casi todos los clásicos, no es apto para cualquier público lector. Su contenido, de un amor tradicional puro y casto, como el que es representado en las grandes obras románticas, especialmente en las tardías, es expresado ininteligiblemente para los lectores menos rodados.
En el género de novela romántica, siguiendo los cánones habituales de obras anteriores al s. XX o principios de este, supone una transición desde los primigenios clásicos, hasta obras más contemporáneas, siendo una atractiva lectura para ilustrar una época literaria de la mano de un excelente autor poco nombrado en nuestros días.
Una historia de amor celestinesco, pero sin alcahueta, es relatada en sus páginas. La marquesa Bérangère de Gesvres, personalidad de la alta sociedad francesa, es pretendida por Raimbaud de Maulévrier; un galán de abolengo, amante de otra dama de la nobleza gala. Todo ello ambientado en el París del s. XIX.
La protagonista, descrita como toda una diva, ve pasar los años con el padecimiento del desengaño de un amor lejano, hasta que un apuesto joven aparece en su vida. Raimbaud de Maulévrier, un auténtico dandi, acaba haciendo pensar a la marquesa, con el correspondido sentimiento y salvando la diferencia de edad, que una reconciliación con el amor está al alcance de sus manos. Ambos quieren, pero… ¿se tratará de un “amor imposible”?

"El amor imposible", de Barbey d'Aurevilly, en El Placer de la Lectura

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Novela de corte aristocrático, mezcla de romanticismo y de espíritu libertino al modo ilustrado, incluso con algunos toques que nos hacen pensar en lo que Proust escribirá después, en ella toda la trama gira alrededor de un duelo de ingenios: la seductora Bérangère, marquesa de Gesvres, mano a mano con el señor de Maulévrier, siendo la joven condesa de Anglure el arma que se lanzan uno al otro. La novela tiene un aire de familia con «Las amistades peligrosas», de Chloderlos de Laclos; esa estructura triangular, en la que dos personajes se lanzan a un peligroso juego que acabará en desdicha para una tercera persona. Tanto uno como otra carecen de sentido de la moral, incluso llegan a ser insensibles a todo sentimiento o emoción.
La marquesa está aburrida, y el aburrimiento es la madre de muchas bajezas. Entre ella y su presunto amante, que no lo será de facto, tejen una trama en la que la atrapada resulta ser la joven e ingenua condesita, prendada de amor por Raimbaud de Maulèvrier.
Primera novela de D’Aurevilly, fue publicada en 1841 y al parecer refleja una experiencia desafortunada entre el propio autor y la marquesa Armance de Vallon. Elegantemente escrita, con un lenguaje barroco y muy complejo, que a veces resulta hasta difícil de seguir, por las múltiples alusiones, sugerencias, ironías y sarcasmos, el duelo lingüístico entre los dos protagonistas les hace mantener una relación amistosa de por vida, amistad que nunca pasará de ahí, por más que lo deseen, porque son incapaces de sentir realmente y todo se limita a un juego. Un juego que tendrá consecuencias penosas para la pobre condesita de Anglure.
La vida en los salones, las distracciones aristocráticas, las murmuraciones, la cortés hipocresía, la doble vida de las damas casadas por conveniencias cuyos maridos viven ignorándolas y empujándolas a buscar amantes, crea un ambiente en el que todo es ficticio, las conversaciones son competiciones de ingenio, las normas sociales son complicadas y la simpleza e inocencia se ven penalizadas. En sociedad no se puede sino fingir: las relaciones sociales del salón son puro fingimiento, nadie puede destapar sus sentimientos…hasta el punto de que los sentimientos reales acaban por desaparecer, y sólo cabe desarrollar un inmenso teatro en el que el juego erótico y amoroso se sigue sin fundamento, sin deseo verdadero. Y cuando el deseo existe, es machacado y destrozado por los celos, el desprecio y la crueldad.
El caballero Maulèvrier parece estar loco de deseo por la marquesa; ella, a su vez, le incita y le frena. Toda la relación entre ambos es un intento de acercamiento y un alejamiento inmediato: un tira y afloja, una provocación y una frustración. Pero no nos quedemos en la superficie del proceso, porque el drama de la marquesa de Gesvres es que resulta incapaz de sentir una pasión, por más que lo intente en sus juegos con Raimbaud. Y este, que cree amar, acaba por perder el interés y sobre todo, cae en la trampa de la marquesa, siendo finalmente incapaz de amar, como ella.

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"Las cañadas indómitas" en el Diari de Tarragona