miércoles, 25 de febrero de 2015

"La verdadera historia del camello Xiangzi", de Lao She: Una metáfora de las penalidades de los excluidos (letrasenvena.com)



Lao She publicó en 1936 la obra que le encumbraría como autor y que se convirtió en todo un clásico de la literatura china, siendo recogida por el régimen comunista como un instrumento de denuncia del antiguo régimen. En ella se describe el drama cotidiano del joven Xiangzi, emigrado desde el campo a la ciudad en busca de una vida mejor, como tirador de un rickshaw. La acción transcurre en la populosa Beiping (la actual Beijing) de 1920, ciudad que había perdido su estatus de capital de China. Aunque al principio de la novela pudiéramos pensar que estamos ante una versión exótica de David Copperfield, lo cierto es que Lao She, pese a las influencias dickensianas de su obra, construye una novela totalmente alejada de los cánones británicos del siglo XIX, ofreciéndonos un descarnado retrato de la China de los años 30 donde los sueños de un joven campesino emigrado a la ciudad son machacados continuamente por las injusticias y profundas desigualdades sociales que imperan en ésta, metáfora de la sociedad capitalista china que se va abriendo paso entre la sociedad tradicional encarnada por nuestro protagonista.
Xiangzi es un joven voluntarioso, demasiado inocente y simple, que se ha marcado por objetivo poseer su propio rickshaw para lograr prosperar en la vida. A pesar de su buena voluntad, su noble corazón y el esfuerzo incansable, a lo largo de la novela descubriremos que la guerra y una sociedad en la que el dinero es el amo acabarán por arrastrarlo y condenarlo a un futuro distinto al que él imaginaba. Xiangzi se convertirá en un símbolo de la opresión que el poder ejerce sobre aquellos que ni siquiera pueden asegurarse un plato de comida y un techo donde dormir diarios, pero también de los convulsos cambios que la Revolución Industrial produjo en China. Nuestro protagonista marcha a la ciudad, seducido por las ideas de modernidad y oportunidades, donde trabajará incansablemente saltando de un amo a otro amo como tirador de rickshaw, mientras sueña con ahorrar suficiente dinero para comprar el suyo propio y ser su jefe. Junto a él recorreremos las calles bulliciosas y sucias de la ciudad, donde descubrimos la pobreza y miseria en la que viven la mayoría de sus gentes, mientras mendigan limosnas o una oportunidad laboral para entrar a trabajar como sirvientes de aquellos que ostenta una mejor posición.
Lao She ha construido un personaje tremendamente humano, encarnación de la esperanza y la perseverancia, que representa la derrota de los pobres. Pese a sus esfuerzos, su voluntad y la bondad con la que trata a los demás, una y otra vez verá como su trabajo se diluye a favor de otros. La ciudad se convierte en un enemigo demasiado poderoso para la gente sencilla como él. La vida moderna en la urbe atrae a los desharapientos con sus falsos mensajes de libertad, hasta que se dan cuenta que sólo trata de explotarlos y alimentarse de su sudor y sangre: otros serán los que recojan las mieles de los esfuerzos de Xiangzi y sus semejantes.

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viernes, 20 de febrero de 2015

"LA VIDA QUE NOS MATA": UN DETECTIVE PLUMÍFERO Y SENTIMENTAL


   La madrileña Editorial Funambulista celebró el pasado año su décimo aniversario con la traducción y publicación de A vida que nos mata (2003), una de las piezas ficcionales que consagraron definitivamente a su autor Xabier López López (Bergondo, A Coruña, 1974). En su versión original gallega la novela fue ganadora de varios premios, entre ellos el de la Crítica Española. Desde su publicación la carrera literaria de Xabier López López no ha hecho más que crecer y está considerado en la actualidad como uno de los narradores referenciales de la literatura gallega.
   En una taxonomía canónica, La vida que nos mata es preciso encuadrarla dentro de la novela policial o subgénero detectivesco, porque la novela se arropa con todos los ingredientes del género negro. En la misma se cumple el esquema detectivesco orden-desorden-orden restaurado -aunque la sorpresa  que el autor nos regala en el desenlace, no deja de ser mayúscula-; gradual crecimiento de la intriga y del interés a medida que avanza la acción; un relato así mismo en primera persona siguiendo el ejemplo de los maestros del género, puesto que las cosas dan la impresión de ser mas verdaderas cuando nos son ofrecidas en las palabras de su directos protagonistas. Sin embargo, la novela de Xabier López López no se cimienta en ningún sostén ideológico, ni en la glorificación de la omnisciencia de los personajes e instituciones encargados de velar por la conservación del orden en la vida burguesa, sino  en el empeño obstinado, y sin duda sentimental, de un periodista, Sebastián Faraldo, un adolescente de cincuenta años y cien kilos, convertido por esta pieza ficcional en uno de los detectives más famosos y peculiares de la narrativa gallega.
   El caso que le corresponde resolver al plumífero Sebastián Faraldo, es un doble asesinato, cometido en los días de la República en el Gran Hotel Mondariz-Balneario (Pontevedra). En efecto, el periodista Faraldo recibe el encargo del periódico en el que trabaja, El Matutino, de cubrir una boda que se va  a celebrar en el Gran Hotel de Mondariz. Pero las nupcias no llegan a celebrarse porque súbitamente se produce el doble asesinato de la novia y de su prometido. La guardia civil detiene como sospechoso al fotógrafo que acompaña a Sebastián Faraldo y, acto seguido, el juez le imputa el crimen, basándose en indicios circunstanciales y en su militancia política anarquista. Es entonces cuando Sebastián Faraldo, un verdadero sentimental pero tan loco y testarudo como el capitán Ahab de Moby Dick, personaje con el que se identifica, decide intervenir, penetrar los secretos del crimen, coger la pista del mismo e ir tirando de los hilos que halle. El ovillo eran sin duda los novios, y los hilos, sus respectivas familias. La meta que persigue: demostrar la inocencia de su compañero.
 

lunes, 16 de febrero de 2015

La trágica historia de Marga Gil Roësset en MIlenio.com


Aquella noche de principios de 1932, al salir de un recital de ópera, Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí se encontraron con su amiga Olga Bauer–Pilecka, una austriaca afincada en Madrid, quien iba acompañada por una joven de ojos tristes, cejas pobladas y labios finos. “Ella es Marga y es escultora”, dijo la mujer en forma escueta al presentársela a la pareja. Margarita Gil Roësset también dibujaba. Desde que tenía ocho años ilustraba con pericia los cuentos que escribía su hermana Consuelo. Aunque pudo hacerlo (era hija de una familia rica con contactos regados por Europa), Marga nunca fue alumna de alguna escuela de Bellas Artes. Se inscribió a un par de talleres pero no tardó en desistir. Con su formación autodidacta, sin embargo, fue capaz de realizar obras que llegaron a exponerse en España y Francia.
La veinteañera artista era una ferviente admiradora del autor de Platero y yo. “Sus poemas son deslumbrantes, don Juan Ramón”, le dijo esa noche en la puerta del teatro. El escritor agradeció el piropo y le expresó su deseo de ver “algo” de su trabajo. “¿Y si hago un busto de su encantadora esposa?”, soltó la escultora. El matrimonio que abandonaría España en 1936, por el inicio de la Guerra Civil, se sorprendió con la propuesta pero aceptó de inmediato. Así que Marga Gil preparó el material y los utensilios que necesitaba y a los pocos días comenzó a ir una y otra vez al número 38 de la calle Padilla, donde vivía el hombre que obtendría el Premio Nobel de Literatura en 1956. Pero su entusiasmo no residía en hacer la figura de la señora Zenobia.
Margarita Gil Roësset estaba perdidamente enamorada de Juan Ramón Jiménez. Se trataba, no obstante, de una pasión secreta. Porque él era un hombre casado. Porque ella era muy religiosa y jamás intentaría separar a una pareja. Porque ella tenía 24 años y él 51. Imposible escandalizar con todo esto a los altos círculos sociales donde ambos se desenvolvían. Por eso se conformaba con ver de cerca al amor de su vida. Todos los días, al llegar a casa, agarraba un lápiz para desahogarse y escribía en su diario: “Y es que…/ Ya no puedo vivir sin ti/…no… ya no puedo vivir sin ti…/ …tú, como sí puedes vivir sin mí/ …debes vivir sin mí”. Apuntaba con desesperación y con letra angulosa: “Y no me ves… ni sabes que voy yo… pero yo voy… mi mano… en mi otra mano… y tan contenta…/ …porque voy a tu lado”. Exclamaba de forma compulsiva: “Mi amor es infinito... La muerte es... infinita... el mar es infinito... la soledad infinita”.
Para el verano de 1932, Marga Gil había garabateado unas 70 páginas pensando en su amor imposible. La noche del miércoles 27 de julio, escribió: “Noche última... querría estar tanto a tu lado... y estoy sola... no... ¡estoy contigo sola! Yo así en la vida... estoy..., tan inmensamente lejos de ti... ¡ay! aunque esté cerca... Pero en la muerte, ya nada me/ separa de ti... solo la muerte... solo la muerte, sola... y, es ya... vida ¡tanto más cerca así...! ¡muerte... cómo te quiero!”. A primera hora del día siguiente, jueves 28 de julio, llegó a casa del poeta con la excusa de recoger las herramientas que había utilizado en la elaboración del busto de Zenobia Camprubí. Enseguida entró al despacho de Juan Ramón Jiménez, quien ya se encontraba trabajando ante su escritorio, y le dio una carpeta amarilla que contenía su diario, dibujos, fotos y un relicario. “No la leas ahora”, le dijo. El escritor le hizo caso y continuó con lo que estaba haciendo. Marga se fue al Parque del Retiro y luego se subió a un taxi. Llegó a su taller y con furia destruyó varios de sus dibujos y esculturas. Corrió hacia la casa de uno de sus tíos, buscó la pistola de su abuelo y, a media tarde, se disparó en la sien.

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miércoles, 11 de febrero de 2015

Wilkie Collins en Cartagena Actualidad

Es curioso que La máscara robada se publicase en 1851, justo el año en el que Wilkie Collins trabó amistad con Charles Dickens, comenzando una interesante colaboración. Digo esto porque, perfectamente, la historia se podría haber titulado Cuento de Navidad en Tidbury-on-the-Marsh.

Una novela donde ya se vislumbran las maneras y el buen hacer de Collins, en la que siembra la semilla de la intriga y el misterio mezclados con los “sobresaltos” que su afición al láudano le provocó. Wilkie Collins, escritor interesante… tanto en su obra como en su vida personal.

Reuben Wray, actor retirado de los escenarios, es un fanático del estudio de las obras de Shakespeare que se gana la vida dando lecciones de oratoria. Al llegar a un nuevo hogar con su familia en Tidbury-on-the-Marsh, Reuben atrae la atención de algunos de los habitantes del lugar a causa de una caja de caudales que ven bajo su capa cuando llega a su nueva casa. La gente del pueblo supone que Gras y su familia son ricos, sin embargo, la caja contiene solo la «la máscara robada», una réplica de yeso del busto de Shakespeare que se encuentra en la iglesia de Stratford-upon-Avon y que para Gras vale más que cualquier tesoro.
El secreto de la máscara conducirá al viejo actor y a su familia a un desenlace totalmente inesperado para ellos durante la v´spera de las Navidades.

Inspirado por el éxito de obras como Cuento de Navidad, de su amigo Charles Dickens, Collins, con su habitual ironía, decidió publicar La máscara robada, en diciembre de 1851, para regalar a sus lectores su particular y diferente cuento de Navidad lleno de misterio e intriga.

Wilkie Collins (Londres, 1824 – 1889) muy joven entró como aprendiz en una empresa de comercio de té, que abandonó pronto para dedicarse a la literatura, campo en el que rápidamente alcanzó el éxito. Considerado uno de los padres de la narrativa policíaca, durante sus sesenta y cinco años de vida escribió veintisiete novelas y más de cincuenta historias cortas. Fue amigo íntimo de Charles Dickens desde que se conocieron en 1851, fecha en que comenzó una fructífera colaboración. Su novela de misterio La dama de blanco (1860) y la policíaca La piedra lunar (1868) están consideradas obras cumbres en sus respectivos géneros.

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"La máscara robada" en la revista cultural Agitadoras

Admirar profundamente, admirar con fervor, admirar sin límites, es siempre un ejercicio arriesgado, porque supone entregar nuestro espíritu a una idolatría que puede a la larga resultarnos perniciosa. Es lo que descubrirá el anciano Reuben Wray, viejo actor fracasado que sobrevive dando clases de oratoria y de dicción a las personas que quieran invertir unos chelines en la mejora de su habla. Las dos únicas posesiones que en su vejez menesterosa lo hacen feliz son su nieta Annie y una pobre máscara con el rostro de Shakespeare, que él mismo obtuvo sobre la efigie del genial dramaturgo que encontró en la iglesia de Stratford-upon-Avon. Desde entonces, la conserva con unción religiosa en una caja bajo llave. Ahora, cuando el anciano y su nieta, junto al fiel ayudante Martin Blunt, se han instalado en Tidbury, sus vidas se verán complicadas por la codicia ajena: unos malhechores (el tabernero Benjamin Grimes y el rufián Chummy Dick) intentarán apoderarse de esa caja, creyendo que contiene una importante cantidad de dinero o joyas. La noche en que por fin se animan a entrar en la casa y perpetrar su robo tendrá lugar una espantosa desgracia que salpicará a todos los protagonistas... Esta deliciosa propuesta de Wilkie Collins, que publica el sello Funambulista en la traducción de Ruth María Rodríguez López y Gian Luca Luisi, se construye con una intencionada vocación oral por parte del narrador inglés, quien afirma en la Introducción que se dispone a narrar esta historia “como si estuviera contándosela a unos amigos ante la chimenea de mi casa” (p.10). Esa voluntad se salpimenta con constantes marcas invocativas a los lectores, al estilo juglaresco (“véanlo”, “adviertan”, etc). Y permiten al vigoroso narrador londinense construir secuencias en las que creemos estar junto a él, asistiendo a pocos metros de las acciones. Júzguese con este espléndido ejemplo del capítulo III: “¡Escuchen! Se oye el crujido de unas botas. Al principio es un ruido muy lejano, que desciende, al parecer, desde algún altillo de la parte alta de la casa. El sonido, que pesadamente se aproxima cada vez más, solo se para ante la puerta del salón y anuncia la entrada de... ¿Way, por supuesto? ¡No! No tenemos tanta suerte.

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Marga Gil Roësset, la mujer que buscaba lo absoluto (Granada Hoy)


"Si tú, espontáneamente, me dieras un beso... y me atrajeras... así... estrechamente... dejándome... oír en tu pecho latirte el corazón... y un poco también la plata de tu voz... Sería glorioso... luego de esta plenitud ¡qué contenta! ...Pero tengo bastante miedo... me parece que tendré que morirme triste... sin beso... ni corazón... ni voz de plata... ni versos... ¡ay!". Existen almas singularmente permeables a la vida cuya extrema sensibilidad se cobra un difícil precio, que a menudo sucumben a la intensidad de sus sentimientos. La artista Marga Gil Roësset (Madrid, 1908-1932) renunció a su prometedora carrera y al futuro. Su suicidio se produjo cuando no tenía más que 24 años, y el amor arrebatado que albergaba por Juan Ramón Jiménez -"eres casi perfecto, pero al casi que no es perfecto tuyo le quiero como al otro", le escribió- le pesaba como la más terrible de las cargas. En el ánimo del poeta de Moguer y de su mujer, Zenobia Camprubí, perduraría el fantasma de aquella joven carismática y talentosa que había frecuentado el domicilio de la pareja -donde realizó un busto de la esposa- y que les abandonó tras dejarles una carpeta con anotaciones en las que confesaba la magnitud de sus afectos. Hoy, ese diario ve la luz gracias a la Fundación José Manuel Lara, que publica Marga, un volumen que respeta la edición que concibió Juan Ramón Jiménez y que rescata del olvido a esta creadora apasionada.

Se cumple con este libro un sueño que ansiaron el Premio Nobel y más tarde su sobrino, Francisco Hernández-Pinzón. "Este diario fue lo primero que mi padre puso en mis manos", relata Carmen, la hija del segundo y actual representante de los herederos de Juan Ramón Jiménez, que recuerda haber quedado impresionada con la personalidad magnética de esa chica y su dolorosa historia. "¿Cómo puede haber este silencio ante una mujer de esta categoría?", se preguntó entonces, asombrada por "una genialidad tan grande, que hubiese escrito algo tan bonito".

A pesar de morir tan joven, Gil Roësset dejó atrás una obra en la que podía apreciarse su virtuosismo. Zenobia se intrigó cuando accedió a las ilustraciones que Marga había realizado, siendo una niña, para los cuentos de su hermana Consuelo, recogidos en El niño de oro, un tomo que enviaron a la esposa de Juan Ramón Jiménez con una evocadora dedicatoria: "A usted, que no nos conoce pero que ya es nuestra amiga". Marga Clark, sobrina de las Gil Roësset, valora que eran "dibujos de una vida interior, de un dramatismo" impropios de la edad de su autora, rasgos de los que se desprendía que "era una persona especial". En el prólogo que firma para el volumen de la Fundación Lara -que también tiene un texto introductorio de Hernández-Pinzón-, Clark revela que el escultor Victorio Macho decidió no aceptar a la joven artista como alumna para "no interferir con su gran talento creativo. Así siguió Marga, trabajando sola: un arte libre, sin normas, sin grandes influencias, con la mirada hacia adentro para crear su propio estilo, su propia voz", argumenta una especialista que ha descrito la figura de su tía en dos libros anteriores, la novela Amarga luz (Funambulista, 2011) y el poemario El olor de tu nombre (Huerga y Fierro, 2008). Clark confiesa que se sintió "dubitativa" cuando se le propuso colaborar en la publicación de los diarios de su familiar. "Acepté porque es un paso adelante en la reivindicación de la vida y la obra de mi tía. Pero Marga entraba en casa de Juan Ramón Jiménez por segunda vez, y yo iba a entrar con ella, iba a cogerle de la mano. Era importante que en un tránsito tan doloroso le acompañara alguien de la familia".

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lunes, 9 de febrero de 2015

Presentación de "Amarga luz"

Editorial Funambulista
tiene el placer de invitarle,
el jueves 26 de febrero de 2015, a las 20 h,
a la presentación de la novela inspirada en la vida de la escultora Marga Gil Roësset

Amarga luz

de Marga Clark


A cargo de:



Marga Clark, autora de la novela

Eva Losada Casanova, 
escritora



LIBRERÍA LA FUGITIVA
C/ Santa Isabel, 7 Madrid