martes, 29 de noviembre de 2011

"Dos cautivos" de Lajos Zilahy en Aragón Liberal

Funambulista está recuperando a Lajos Zilahy (1891-1974), novelista húngaro que tuvo que emigrar a Estados Unidos, cuya obra suele girar en torno a la decadencia del imperio austro-húngaro y sus consecuencias. Dos cautivos, de 1926, editada anteriormente en España con el título de Las cárceles del alma, es una de sus mejores novelas.
En la primera parte, estamos en Budapest en 1913; Miett y Péter se conocen, se enamoran y se casan, pero a los pocos meses estalla la Gran Guerra y el marido es movilizado. Unos meses después, cae prisionero y es trasladado a diversos lugares de Rusia, hasta terminar en Tobolsk, una ciudad de Siberia. La segunda parte del libro, narra en capítulos alternativos los siete años de separación, ese doble cautiverio al que se refiere el título: el de Miett, en Budapest, sola, desesperada al principio y, con el paso del tiempo, en lucha entre la fidelidad conyugal y la pasión por Golgonszky, otro de los protagonistas; y el de Péter, en Rusia, con otros prisioneros de guerra sometidos a la pelea por sobrevivir y no desesperarse.
La novela está bien ambientada y son excelentes tanto las descripciones de Budapest como las de los parajes rusos donde transcurre parte de la trama: hay viveza, colorido y lirismo. El interés se mantiene a lo largo de toda la historia. Las intrigas amorosas, llenas de dramatismo, con tintes románticos y en un ambiente de decadencia, se cuentan con delicadeza y dan pie para penetrar en la interioridad de los protagonistas, con sus diversos modos de reaccionar ante el sufrimiento por la separación, las dudas entre el deber y el querer, los remordimientos, los celos…; y la impotencia angustiosa frente a unos sucesos no previstos que cambian por completo el rumbo de unas vidas un tanto inmaduras. LEER MÁS

Tan femenino como las nubes

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado. Doctor  y Profesor de Lengua y Literatura.- A caballo entre la novela y el libro de memorias, El libro de las nubes, de Chloe Aridjis –Editorial Funambulista- se podría tomar también como una crónica viajera.
Así, la ciudad de Berlín se convierte de alguna manera en la protagonista real que va entretejiendo vidas, personas, y hechos en esta novela.
Pero se podría ir mucho más allá, porque El libro de las nubes supone un retrato, mejor dicho autorretrato, en el que su autora, Chloe Aridjis, casi se desnuda presentando todas sus manías, sus problemas laborales, y sobre todo, esas mañanas de domingo en las que el alma se le va a los pies porque no tiene absolutamente nadie con quien dar un paseo, tomar una cerveza o ver una exposición.
En este sentido, las lectoras femeninas se pueden sentir identificadas con algunos de los sentimientos que tan bien plasma la autora en su obra. Por otro lado, el lector masculino quizá comprenda por fin algunas de las reacciones que no solemos entender y que, tal vez, después de la lectura del libro queden más iluminadas.
Y como decía, la ciudad de Berlín es el telón de fondo ideal para un libro como este. Una ciudad fascinante a veces, insoportable y plúmbea otras, con la que la escritora mantiene una relación de amor-odio hasta el último momento.
Creo que la reseña queda así bastante sugerente sin necesidad de que revele más secretos del libro.
En el aspecto formal encontramos una edición sencilla, bonita y manejable que será muy buena compañera en cualquier autobús o sala de espera.
Sólo una última alusión a las nubes, que son protagonistas a su manera y que desde que la marca Evax las agregara a su publicidad han quedado definitivamente ligadas a la feminidad.

Reseña sobre "La vida singular de Albert Nobbs" en el periódico El Noroeste

Tiene razón Gonzalo Gómez Montoro, traductor murciano de esta obra de George Moore, cuando nos traslada su perplejidad por el hecho de que esta novela estuviera «curiosamente inédita hasta ahora en español» (Postfacio, página 141). Si en España se tradujeran pocas obras extranjeras, aún cabría entenderlo; pero con el aluvión de novedades con el que somos torpedeados casi a diario en las mesas de las librerías y en los anaqueles de las bibliotecas no tiene demasiada explicación que este irlandés situado entre los siglos XIX y XX no haya suscitado más interés en las editoriales de nuestro país. Por fortuna, el elegante sello Funambulista sí que ha tenido la sagacidad de acercarse a él y aquí tenemos la prueba: un volumen bellísimo, con una ilustración de portada realmente hermosa (obra de David S. Eley), un papel de agradable tacto y una tipografía inmejorable. Excelentes toques para una historia que sorprenderá y seducirá a los lectores.
En ella se nos habla de Albert Nobbs, un camarero cuyos atributos físicos no eran demasiado halagüeños («era el ser más feo que el que hubiera podido ver nunca en un libro de hadas», página 13) y que se encontraba adornado con unos rasgos de carácter que lo singularizaban en el hotel familiar Morrison´s, donde trabaja: jamás se ha excedido con la bebida, nunca ha hecho el intento de salir o tontear con ninguna de las criadas del establecimiento, no ha solicitado vacaciones, es educado hasta la hipérbole... Pero un día, cuando la señora Baker, dueña del hotel, le pidió el pequeño favor de que permitiera que el señor Hubert (un pintor que suele hospedarse allí) comparta cama con él, porque es imposible alojarlo en otro sitio, él se negó. La negativa, terca y expresada con energía, extrañó a todos. Pero más extrañó la variación de comportamiento que experimentó Albert Nobbs después de aquella noche: una larga conversación entre ambos determinó un giro radical en su forma de ver la vida. Y una de sus primeras decisiones consistió en buscar una mujer con la que compartir su existencia.
Tras descartar a varias candidatas posibles se fijó en Helen Dawes, que era una nueva empleada del servicio de cocina, e inició con ella su torpe cortejo... Pero con lo que no contaba Albert Nobbs era conque entre la chica y su novio, el pinche de cocina Joe, iban a comenzar a burlarse de él, haciendo que compre regalos a la muchacha, le regale dinero, etc, para beneficio de la pareja. Cuando Albert Nobbs es consciente por fin de la gravedad de estos hechos, y contra todo pronóstico, sigue obstinado en que la chica se case con él, se trasladen a una casa que tiene pensado comprar y monten un negocio con el dinero que tiene ahorrado. ¿Por qué esa insistencia? ¿Qué razón oculta subyace bajo las tristes humillaciones a las que el mismo Nobbs se somete, huérfano de dignidad? 
LEER MÁS en el blog de Rubén Castillo

jueves, 24 de noviembre de 2011

Google rinde homenaje a Stanisław Lem. Os proponemos este artículo de Rosa Montero sobre el gran escritor polaco

El castillo alto de Stanislaw Lem es un libro raro, raro, raro. Parte de su rareza puede venir de una traducción que en ocasiones resulta algo estrambótica; como cuando dice que, debajo de la ventana, "había un refundido con un aparador" (¿qué demonios es un refundido?), o que tenía un huevo de juguete que se abría para mostrar "un grupo de figuras empaquetadas" (¿empaquetadas?), o que un pesado arcón de hierro "estaba colocado siempre contra la puerta". ¿No sería junto a ella? Porque, de otro modo, todos los que entraran o salieran por esa puerta se machacarían las espinillas con el maldito trasto. Por otra parte, estas peculiaridades del lenguaje del libro, que a veces suena como si el narrador estuviera hablando con piedras en la boca, son también extrañas en sí mismas, porque la obra está editada por Funambulista, una pequeña, exquisita y muy interesante editorial que siempre suele cuidar todos los detalles. Tal vez la rareza intrínseca de Stanislaw Lem contagió el texto por una suerte de simpatía espectral: ya se sabe que este autor polaco, nacido en 1921 y muerto en 2006, era un experto en mundos distintos e inquietantes. Por eso cultivaba la ciencia-ficción, un género perfecto para describir realidades chirriantes. Como aquella poderosa imagen de Solaris, la novela más conocida de Lem: una casa bajo cuyo techo llueve copiosamente, mientras que en el exterior el tiempo está seco.
El castillo alto es un libro de memorias. O algo así. Más bien es un texto especialísimo sobre la memoria, en concreto sobre la de la infancia y la adolescencia. La originalidad de la obra se advierte desde el prólogo, en el que Lem nos dice que ha fracasado totalmente en su propósito. Él pretendía dejar fluir los recuerdos libremente, quería que emergieran los jirones del pasado por sí solos y la memoria fuera construyendo su propio retrato. Pero, como es natural, enseguida vio que eso era imposible; el individuo altera y ordena inevitablemente esos recuerdos, los convierte en narración, en un invento. La memoria siempre es mentirosa: "Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vacío los bolsillos (...) Comenté, interpreté, hablé demasiado (...) y cavé una tumba para ese chico y lo enterré. Una tumba meticulosa, precisa, como si hubiera escrito sobre alguien inventado, alguien que nunca vivió, alguien cuya voluntad y designios podrían labrarse según las reglas de la estética. No jugué limpio. A un niño no se le trata así", concluye.
Aun así, pese a estas palabras de derrota, lo cierto es que el texto ofrece un retrato de la infancia poco habitual por lo auténtico, lo inconexo e informe; por lo carente de esa épica que todas las autobiografías parecen transmitir, de ese romanticismo de niñez feliz o, por el contrario, muy infeliz, pero que, en cualquier caso, se muestra como la base germinal del adulto venidero. Nada de eso hay en este libro. Lo que hay es, de cuando en cuando, alguna imagen poderosa que hace sonar en el interior de tu cabeza el timbre de un profundo reconocimiento. "¿Recuerdas el inventario de cosas misteriosas que los liliputienses encontraron en los bolsillos de Gulliver? (...) El modo en que llegué a conocer a mi padre fue trepando sobre él cuando se recostaba en su butaca", dice Lem; y a continuación pasa a describir, bajo la mirada de un niño de tres años, los mágicos objetos que sacaba de los bolsillos paternos. Yo no guardo de manera consciente un recuerdo parecido, pero al leerlo he comprendido que tuvo que ser así. Es a esa veracidad a la que me refiero. LEER MÁS

miércoles, 16 de noviembre de 2011

"El sexo impreso", artículo de Silvia Cruz sobre el "Diario secreto" de Alexander Pushkin

Alexander Pushkin retratado por Vasily Tropinin en 1830.
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La editorial Funambulista ha publicado el Diario secreto 1836-1837 de Alexander Pushkin, que vio la luz por primera vez en 1986. Este libro, que acumula anécdotas y mucha leyenda, es todavía objeto de agrios enfrentamientos entre quienes creen que se le atribuye a Pushkin para ofender al héroe de las letras rusas y quienes consideran que es una obra fundamental para entender su vida, su obra y el carácter ruso en su conjunto. El libro empieza con una nota del editor que dice lo siguiente :
  “El manuscrito del Diario secreto de Alexander Pushkin es una obra de culto cuya paternidad, atribuida al gran poeta ruso, sigue siendo objeto de controversia, como se verá en el prefacio.
Con todo, nos ha parecido interesante publicarlo en español pues si el manuscrito fuera de Pushkin, aportaría unos matices nada desdeñables a la vida y a la obra del gran autor ruso.”
Independientemente de quien sea el autor, este libro es interesante porque plantea algunas cuestiones fundamentales que trascienden a los escritores. Me explico.
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Un libro que levanta ampollas
¿Es tan escandaloso el contenido de este libro? Si usted es un lector que vive en un país donde existe cierta libertad de expresión, la respuesta es no. Es un libro donde se explican toda suerte de hazañas sexuales con pelos y señales. En el que se narran escenas de alcoba matrimonial sin ningún reparo, sin adornos ni cursilerías.
Pero si usted hace el ejercicio de situarse o simplemente vive en un lugar en el que la libertad de expresión se ve reducida a una expresión tan mínima que incluso ese pedacito resulta una farsa, la respuesta es sí. Para los patriotas que ven en Pushkin (todavía) un héroe, el sol que ilumina sus caminos y sus destinos, decirles que este libro le pertenece es una agresión frontal. No pueden entender que su héroe haya participado en una orgía donde el principal objetivo era que cinco señores dieran satisfacción a una dama de la alta sociedad y diga cosas como que sus penes se encontraron al unísono dentro del cuerpo de la bella en cuestión.
La ocultación de las cuestiones sexuales en la literatura no es un fenómeno exclusivo de Rusia. Un libro del escritor Dawn B. Save titulado Banned Books: Literature Suppressed on Sexual Grounds, deja claro que Estados Unidos, que siempre ha hecho bandera de su Bill of Rights, tiene un largo historial (Henry James, Joseph Conrad, Nathaniel Hawthorne y algunas decenas más de ilustres escritores) en eso de llevar a los tribunales a autores que se han atrevido a hablar de tetas, penes y coitos o simplemente insinuarlos en sus libros. Hay más casos conocidos del rechazo o la ocultación de escenas sexuales en obras de grandes literatos, como si ser escritor y ser un marrano en la cama fuera algo inconcebible. El empeño por convertir a los escritores en modelos de conducta ha sido un error histórico que ha dado anécdotas de todo tipo. En España, por ejemplo nos escamotearon durante años algunos fragmentos de los Epigramas venecianos de Goethe en los que confesaba sin ambages su afición por las putas, el vino y los coños, eliminando de un plumazo el verso en el que se incluyeran palabras como las citadas. (1) Y así podríamos irnos hasta Aristófanes y mucho más atrás.
Sin embargo, aunque Rusia no tiene la exclusividad en eso de prohibir, ocultar o censurar lo que tiene que ver con el sexo, sí es cierto que por sus circunstancias históricas, no ha habido en sus dominios ni un momento de respiro para el sexo impreso. Olga Vozdvizhenskaya, autora del prefacio de la versión bilingüe ruso-inglés de este diario añade una información muy valiosa al texto que nos ocupa:
“No fue el Gobierno soviético el que prohibió la discusión pública, hablada o escrita, sobre cuestiones íntimas, incluida la sensualidad y la satisfacción carnal. Por desgracia, Rusia adoptó la cristiandad en su forma bizantina, que animaba a la mortificación de la carne (durante La Cuaresma se prohibía incluso el “sexo legal”, es decir, el que practican los matrimonios). Esta dimensión de la vida humana quedó reducida, en el mejor de los casos, a “un apaciguamiento de los demonios” y en el peor, a la “fornicación”. Por ese motivo, la literatura no ha prestado atención a la necesidad humana de sexo, considerándolo algo bajo, vergonzoso e indigno.”LEER MÁS

martes, 15 de noviembre de 2011

Para Quignard "la música está hecha para tentar lo que vive..." y provocar su acercamiento hacia la voz armónica, silenciosa y orgánica que constituye la profunda melodía de la vida.

La lección de música de Pascal Quignard

"El esperma hace su aparición en el hombre macho, lo más a menudo, a las dos veces siete años. Al mismo tiempo aparece el vello de los órganos genitales [...] Más o menos en la misma época la voz comienza a transformarse, pasando a un registro más ronco y desigual. La voz ha dejado de ser aguda, a la vez que no es aun grave. Ya no está entera. Ya no es uniforme. Hace pensar en instrumentos de música cuyas cuerdas estuvieran destensadas y roncas".

Así define Aristóteles en su "Historia de los animales" el curioso fenómeno biológico de la muda, el cambio de voz en la adolescencia, la mutación sexuada sonora que transforma la voz infantil de soprano en voz adulta de bajo. La voz se ensombrece, se oscurece, queda exiliada de su primera tierra y con el exilio llega la tragedia: la desaparición definitiva de la voz afectiva de la infancia.

Marin Marais vivió esta tragedia, como todos perdió la voz de los "affetti" y para compensar trató de conseguir el magisterio de la imitación de la voz humana a través del bajo de viola. Jean Rousseau decía que la misión del virtuoso de la viola era imitar "lo que de encantador y agradable puede provocar la voz humana". Marais quiso recuperar a través de la voz de la viola todos los matices afectivos y emotivos de la primera voz y lo hizo primero espiando y copiando los toques secretos de su maestro Sainte-Colombe y luego componiendo música excepcional para viola.

Excepto en los casos de castración la vuelta del grave al agudo es corporalmente imposible, sólo es instrumentalmente posible. Y a esta posibilidad se acogieron entre otros Marais, Monteverdi, Haydn, Schubert, en un intento nostálgico de recomponer el territorio sonoro anterior a la muda ("¿Dónde está mi infancia? ¿Dónde está mi voz?")

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‎"Diario secreto" de Alexander Pushkin en Trabalibros

No existen reglas absolutas y universales acerca de lo que es normal y lo que es anormal o patológico en el sexo. Por lo general, las conductas o comportamientos sexuales "normales" vienen determinados legal, social o culturalmente. A pesar de esto, si un psiquiatra ruso actual atendiera en su consulta a Alexander Pushkin, seguramente le diagnosticaría un trastorno del deseo sexual, amparándose en la CIE-10 de la OMS, que establece como disfunción sexual no orgánica el impulso sexual excesivo. Además, le prescribiría algún tipo de psicofármaco castrante y una terapia psicológica a realizar en un grupo de adictos al sexo. Al final, Pushkin quedaría estigmatizado.

"El solo pensamiento de saber que no voy a probar un nuevo sexo, y que voy a tener que serle fiel a mi mujer de por vida, me horroriza mucho más que la idea misma de la muerte". Pushkin temía que el matrimonio y la consiguiente obligación de fidelidad acabaran rápidamente marchitando su deseo y su potencia sexual. De ahí que su ansia de vaginas -a las cuales veneraba- no tuviera fin ("Yo no idolatro a una u otra mujer, sino su vagina"). Para Pushkin la fidelidad era la lucha contra la tentación de ser infiel, lucha para la que siempre le faltaron fuerzas.

La pasión del poeta por su hermosa esposa Nataliya Nickolayevna (una de las mujeres más bellas de Rusia en aquel momento) se extinguió al mes escaso de su boda con ella. A partir de ahí, el anhelo infatigable por poseer constantemente a nuevas mujeres se convirtió, según el propio poeta, en la esencia de su vida. ("Lo novedoso de un cuerpo resultaba más fuerte que el amor, más intenso que la belleza). Pushkin se consagró a "la verdad del placer". Para él el sexo fue la única manera de gozar del instante, puesto que lo liberaba del pasado y del futuro.  Amó "profundamente" a la mujer del prójimo, hablaba con frecuencia de su "eterna pasión por engañar a los maridos", no le importaba la condición social, la raza, la edad ni la inteligencia de la mujer, siempre y cuando ésta le abriera sus piernas. No pretendía enamorarlas, según él "era mejor estar en sus cuerpos que en sus sueños".

Pushkin pensaba que el sexo de cada mujer tenía un secreto y cuando tomaba a una de ellas para desentrañarlo éste se escurría por las piernas de la mujer poseída para, a continuación, guiñar el ojo desde el sexo de otra mujer apetecible. Nuestro poeta jamás decía que no a una mujer, aunque sólo fuera por amabilidad. Gran usuario de los burdeles, se vanagloriaba de hacer gozar incluso a las prostitutas, además de satisfacer en estos locales su deseo voyeurista contemplando cómo otras parejas se entregaban al gozoso fornicio.
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martes, 8 de noviembre de 2011

Diario secreto 1836-1837 - Alexander Pushkin en El placer de la lectura


Magnífica traducción y cuidada presentación editorial, que incluye ilustraciones del propio Pushkin, es la obra presente. Reflexiones sobre el amor, la pasión, las relaciones con las mujeres -incluida su esposa-, así como su visión general de la vida, siempre a través del cristal del sexo, son el tema del Diario Secreto. Escrito para no ser publicado hasta mucho después de su muerte, en sus páginas Pushkin se siente absolutamente libre y no pone freno a sus palabras. Abre su alma y su cuerpo al lector: desde crudas confesiones sobre su irrefrenable necesidad física de las mujeres, hasta detalladas descripciones del acto carnal que hubieran hecho sonrojar al propio Casanova, que era mucho más sugerente que explícito –quizás porque sus memorias sí estaban destinadas a publicarse en vida. Así como Tolstoi, en cuyos diarios de juventud plasma una vida turbulenta, se siente culpable ante su propio desenfreno, Pushkin, por el contrario, no sólo no se siente tal, sino que justifica su inevitable necesidad de sexo como una peculiaridad personal, alardeando de ello. Lo necesita, lo busca, lo desea: no puede evitarlo.
Unicamente le preocupa el honor, -tema recurrente en su obra, por otra parte- es decir, el honor de su matrimonio: su esposa debe serle fiel, al menos en público. De ahí que llevase adelante el duelo fatal. D’Anthés, casado unas semanas antes con su cuñada Ekaterina, le provoca constantemente tratando de seducir a su esposa, y ésta le alienta con un coqueteo constante pero sin rendirse. Natalia parecía ser una mujer de pocas luces, aunque de una belleza esplendorosa. Y jugaba sus cartas: casó con Pushkin sin amor, para escapar de una familia problemática. Y se encontró con que el escritor era un sátiro, un hipersexual que no podía vivir sin practicar el sexo constantemente y con mujeres diferentes. Acabó acostumbrándose, pero usó la baza de los celos y la coquetería, en parte como venganza, en parte porque tampoco le amaba realmente. De hecho, le dio plena libertad para encelarse con sus hermanas, así como con prostitutas. Y Pushkin no necesitó más: las poseyó a todas.
Alexandr Sergeievich Pushkin (Moscú, 1799-San Petersburgo, 1837) poeta, dramaturgo y novelista, considerado como el padre de la moderna literatura rusa; nació en el seno de una familia noble, aunque por parte de madre descendía de un príncipe abisinio, esclavizado por los otomanos y llevado posteriormente a Rusia. Estas gotas de exotismo de algún modo se advertían en sus rasgos que él consideraba poco agraciados, y quizás aumentaron el ardor de su carácter apasionado. Pushkin fue un genio, un torbellino tanto en vida y en muerte, ya que murió a los 38 años, tras recibir un balazo en un duelo por salvaguardar su honor y la libertad de su modo de vida. Envidiado y odiado por muchos, ya que desde muy pronto destacó su producción literaria, poética, dramática y prosística, tuvo que soportar exilio, en Odessa y el Caúcaso, como un héroe romántico, ya que la sociedad no le deseaba en ella.
En 1831 se casa, casi por convención, con Natalia Goncharova, dama bellísima, no muy apasionada, pero generadora de pasiones, incluido el propio Zar, que la había sentado -apenas una niña- sobre sus rodillas y gracias a una oportuna intervención se quedó sin consumar lo que podría haber acabado con su virtud. Pero la coquetería de Natalia –quizás cansada de las constantes infidelidades de su marido, finalmente le lleva al duelo con un dandi francés que pone fin a su vida.

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lunes, 7 de noviembre de 2011

"Berlín como palimpsesto" por Mercedes Cebrián

Que el carismático Berlín contemporáneo aparezca como telón de fondo de una novela siempre resulta sugerente, pero más aún cuando la presencia de la ciudad es tan intensa que permite al lector conocer sus múltiples facetas como si se tratase de un personaje más de la narración. En efecto, hay muchos berlines y prácticamente todos se dejan ver en ‘El libro de las nubes', el debut narrativo de la escritora mexicana de habla inglesa Chloe Aridjis. Aparece el Berlín que tantos españoles transitan cuando deciden irse de puente a la capital alemana, aquel cuyos iconos son el skyline de la hipermoderna Postdamer Platz y las fiestas en edificios que en su día cumplieron funciones poco gratas; pero también un Berlín no menos importante y que solo conoce quien permanece en él durante varios inviernos: el que se mete discretamente entre los huesos de sus habitantes, como le ocurre a Tatiana, la protagonista y narradora de esta historia cuya misión principal es hacer hablar a esas voces que viven dentro de nosotros y que solo escucharemos cuando acallemos el rumor continuo procedente del exterior.
Tatiana, además de percibir con nitidez los ruidos que emanan de su piso de Prenzlauer Berg, presta atención a los de su propia vida de ermitaña en prácticas, y al atreverse a caminar del brazo de su soledad, consigue escuchar las historias que el Berlín del pasado esconde entre sus muchas capas. Pero tan sola no está en su tarea: la ayudan Jonas, un peculiar meteorólogo de muy buen ver, y el profesor Weiss, su jefe en un trabajo tan peculiar como solitario: transcribir viejas cintas con teorías sobre la ciudad tan sorprendentes como poéticas, que nos permiten asistir a la respiración de un Berlín cuyas dos mitades son, para la aguda y lírica mirada de Tatiana, “un par de pulmones humanos, el uno rosado y sano, y el otro teñido de gris, como el de un fumador habitual, tratando de respirar al alimón”.

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viernes, 4 de noviembre de 2011

‎"Corazón y ciencia" en el Diari de Tarragona


El "Diario secreto" de Alexander Pushkin en la Revista Rambla

Este «diario secreto» del último año de la vida de Pushkin (el texto más buscado en Rusia durante casi siglo y medio, y sacado clandestinamente de la extinta URSS.) constituye algo más que el testamento vital del gran poeta ruso: es una visión in­sólita sobre la vida, la muerte y… el sexo. Y es que en vísperas del duelo que le costaría la vida, el gran Pushkin muestra en efecto la cara oculta del hombre al que admiró toda Rusia: su sed de escritura y de goce sexual, las dificultades de la vida conyugal, sus complejas relaciones con el zar Nicolás I, pero, sobre todo, su nece­sidad de coleccionar mujeres, a pesar de estar casado con una de las más grandes bellezas de la Corte imperial.

Insaciable seductor, amante de sus cuñadas así como de las prostitutas de las calles de San Petersburgo, su veneración por el sexo femenino le hizo multiplicar las aven­turas como un santón que visitara todas las iglesias para mejor rezarle a un mismo Dios.

Pero cuando su esposa se presta a los juegos eróticos del Zar y se deja seducir por el joven y apuesto barón francés D’Anthès y Pushkin, presa de los celos, lo reta en duelo, estará buscándose su propia pérdida.

Alexander Sergéyevich Pushkin, considerado unánimemente como el padre de la literatura rusa moderna, nació en Moscú en 1799 en el seno de una familia de la antigua aristocracia (si bien tenía un bisabuelo negro, de lo que se enorgullecía) y, como era habitual para la clase a la que pertenecía, recibió una educación basada principalmente en la cultura fran­cesa. Compuso sus primeros versos durante los años en el Liceo Imperial y, con sólo quince años, vio publicados sus poemas en la revista Vestnik Evropy. Al completar sus estudios, encontró trabajo en San Petersburgo donde dio rienda suelta a sus dos intereses principales: las mujeres y la literatura. Como consecuencia de la participación en unos salones literarios progresistas y de la publicación de poemas considerados ideológicamente peligrosos para el imperio, fue obligado a exiliarse en Yekaterinoslaf y en Odesa. Durante el exilio compuso varias obras, entre las cuales El prisionero del Cáucaso, de claro estilo byroniano, y empezó la redacción de Eugenio Onegin que completó sólo a su vuelta a San Petersburgo (1830) donde el zar Nicolás I lo acogió bajo su protección. Poeta consagrado, mujeriego desenfrenado, endeudado crónico, adicto al juego, odiado por la aristoc­racia a la que pertenecía por nacimiento pero no por ideología, Pushkin, en 1831, contrajo matrimonio con la bellísima Natalia Goncharova que fue la causa indirecta de su muerte cuando, en 1837, retó a duelo a D’Anthès, un militar francés que asediaba a su mujer, y que lo dejó mortalmente herido. Pushkin abrió el camino de la que sería la gran literatura rusa de los siglos XIX y XX.

NOTA: Hoy se sabe que Pushkin fue víctima de un plan para asesinarlo. Siguiendo esta versión, que se dio como cierta hace unos años en un congreso celebrado en Moscú, serían los agentes zaristas los autores de los anónimos que denunciaban el adulterio de la esposa de Pushkin, Natalia Gonchavora. El barón francés y experto tirador, D’ Anthés Haecheren, y siguiendo con esta teoría, fue el sicario contratado para terminar con la voz crítica del joven poeta. El arma de Pushkin, además, estaba manipulada para que no pudiera disparar. LEER MÁS

jueves, 3 de noviembre de 2011

"Trilogía de la culpa" en el blog de Manuel Salado




Una novela genial

En este volumen se recogen hoy las tres novelas —El inocente, La tarde y El ayudante del verdugo— que publicó en vida Mario Lacruz (dejó, sorprendentemente, varios inéditos, algunos de los cuales se han ido publicando desde su muerte en el año 2000) y que obtuvieron en su día tanto el éxito de la crítica como el del público: la obra precursora del género negro en España, un relato de corte lírico y una metáfora narrativa del mundo social del franquismo. En principio tres novelas muy distintas (si bien siempre servidas por un estilo inconfundible). Pero por encima de las etiquetas de géneros y huyendo de las tan peligrosas clasificaciones, nos encontramos frente a tres narraciones que plantean problemas inherentes al ser humano, que siente el peso de la culpa como un elemento indisociable del mero vivir, ese vivir que los protagonistas de estas novelas convierten en una búsqueda del sentido y justificación a su existencia. ¿Novelas existencialistas? Llámeselas como se quiera. La buena literatura desborda siempre cualquier posible clasificación…


«La vida fluye de un modo irresistible y provoca cambios, permanentemente; lo demás no cuenta. Los destinos individuales, el triunfo de los que parecían predestinados al fracaso, los altibajos de fortuna y afecto, los éxitos que alguna vez pudieron parecerme envidiables, el paso de una generación… Nada importa…»

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