miércoles, 29 de febrero de 2012

Bonita y original la segunda reseña sobre "la fórmula" de la lectura compartida

Yo soy YSDGCE, y quiero manifestar el conocimiento que me ha sido revelado a través de un viejo texto hallado, escrito al inicio del lejano siglo XXI, todavía impreso en papel, cuando ya la tecnología digital de aquella época antigua comenzaba a imponerse sobre los textos escritos, muy lejos todavía, sin embargo, de la técnica de implantes que finalmente sustituyó las anteriores, dejándolas obsoletas.
la-formula-preferida-del-profesor
Quizá sería más justo decir que el texto me eligió a mí, aunque prefiero omitir las circunstancias de su hallazgo para centrarme en sus enseñanzas.
El primer párrafo del texto venció mi inicial resistencia a reconocer, de nuevo, mediante la lectura, después de tanto tiempo de inactividad, los caracteres impresos:
MI HIJO Y YO LE LLAMÁBAMOS PROFESOR. Y el profesor llamaba a mi hijo <>, porque su coronilla era tan plana como el signo de la raíz cuadrada.
- Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente.
Me introdujo de lleno en una historia que carece de historia, de principio o desenlace. En cuanto lo terminé olvidé su final. Es igual, lo releeré más veces si es necesario y en cada ocasión lo volveré a olvidar. En esto se reconocen los grandes escritos. Importa el recorrido, importan las emociones que provoca.
De olvidos y recuerdos habla el texto. Qué es lo que queda tras perder, en un momento de tu vida, el resto de tu vida. A partir de un suceso determinado, dejas de recordar lo que sucede a continuación excepto un lapso de tiempo, fijo, invariable, de ochenta minutos. Cada minuto que transcurre hacia delante, perderás un minuto hacia atrás. El resto de tu vida es un paréntesis flotando hacia el futuro.
¿Y qué queda cuando lo pierdes todo? Las emociones: “Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente…”. ¿Y cómo lo sabe el profesor, puesto que conoce por primera vez al niño y cada día que vuelve a su casa, será, igualmente, la primera vez que le ve? Porque queda la esencia y las inteligencias se reconocen.
El texto fluye, se lee con interés por saber lo que va a relatar a continuación y, sin embargo, lo que vaya a suceder carece de importancia. Porque lo que cuenta es el proceso. Del mismo modo que cuando entras en un parque lo que importa es disfrutar de las atracciones y no de la hora de salida.
Aparenta ser un libro racional, donde las matemáticas son uno de los elementos cruciales de la narración: se trata de una ilusión. Las matemáticas son un mero accesorio. Carece de importancia tener conocimientos matemáticos, lo que importante es descubrir la belleza de los números, sean estos primos, amigos, antagónicos o bien describan, como las series de Fibonacci, la proporción áurea que gobierna el universo. Importa poco la resolución de una fórmula, un problema o un desafío matemático; lo verdaderamente importante es la belleza del razonamiento, el proceso de imaginar.

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martes, 28 de febrero de 2012

Primera reseña sobre "La fórmula preferida del profesor" en la lectura compartida organizada por Isi

LA FÓRMULA PREFERIDA DEL PROFESOR

A finales de enero, me recomendaron La fórmula preferida del profesor. La verdad es que en ese momento no me convenció mucho, más que nada porque al preguntar de qué iba el libro, la respuesta fue “Pueeeees… es un libro que habla de un profesor de matemáticas… Y sus alumnos de clase…”Yo solo pude pensar: “Argumentazo…”

En fin, el caso es que a los tres días, Isi propuso en su blog la lectura conjunta del libro y entonces tuve oportunidad de leer la sinopsis.

«Una historia de amor, amistad y transmisión del saber…


Auténtico fenómeno social en Japón (un millón de ejemplares vendidos en dos meses, y otro millón en formato de bolsillo, película, cómic y CD) que ha desatado un inusitado interés por las matemáticas, este novela de Yoko Ogawa la catapultó definitivamente a la fama internacional en 2004. En ella se nos cuenta delicadamente la historia de una madre soltera que entra a trabajar como asistenta en casa de un viejo y huraño profesor de matemáticas que perdió en un accidente de coche la memoria (mejor dicho, la autonomía de su memoria, que sólo le dura 80 minutos). Apasionado por los números, el profesor se irá encariñando con la asistenta y su hijo de 10 años, al que bautiza «Root» («Raíz Cuadrada» en inglés) y con quien comparte la pasión por el béisbol, hasta que se fragua entre ellos una verdadera historia de amor, amistad y transmisión del saber, no sólo matemático…Como dice en su postfacio el profesor León González Sotos, «asistimos al emocionado ajetreo, de venerable filiación platónica, entre la anónima doméstica, el también —¿innombrable?— Profesor y el pupilo Root. Entre idas y venidas, tareas caseras y cuidados piadosos a su muy especial cliente, éste va desvelando las arcanas relaciones numéricas que los datos cotidianos más anodinos pueden encerrar.»”


¡Eso es otra cosa! Así que me apunté sin pensarlo...

Para empezar, el libro no habla exclusivamente de matemáticas como uno puede llegar a pensar, no. El libro habla a través de las matemáticas. La historia sencillamente se sostiene sobre una base de números y fórmulas que uno seguramente nunca se ha planteado y las va asimilando con sorprendente tranquilidad.

En ningún momento se dan nombres. El profesor es un hombre cuya memoria sufre una triste transformación después de un accidente de coche: se detiene en ese mismo día, y a partir de ahí sólo le regresa una vez al día y durante un periodo de 80 minutos.

Es un hombre claramente inteligente, y por su mente numérica, muy práctico: para ayudarse a recordar las cosas importantes, las apunta en papelitos que se cuelga de su americana. Pero precisamente por esa y otras manías difíciles de llevar, al profesor no le dura ninguna de las asistentas que su cuñada (viuda de su hermano) se afana en contratar.
Así es como llega a la vida la coprotagonista del libro, una joven madre soltera que se dedica a la limpieza y servicio doméstico porque es lo único que ha aprendido a hacer.

lunes, 27 de febrero de 2012

‎"Amarga luz", de Marga Clark en "Las noches blancas

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"Cartas de amor", de Mark Twain




Reseña: Pilar Alberdi

Acaba de publicar la Editorial Funambulista las cartas entre Samuel Langhorne Clemens, más conocido por su seudónimo literario de Mark Twain y quien fuera su esposa, Olivia Langdon, «Livy».
La traducción es de Alma Fernández Simón y el postafacio de Rubén Pujante Corbalán.
En estas cartas observamos a un Marc Twain, enamorado de su mujer y de su familia, pero que a causa de su participación en negocios editoriales y, en especial, de los viajes que hacía para dar conferencias, pasaba gran parte de su tiempo fuera del hogar. Así le vemos recorrer América y Europa, en caballo, calesa, tren y barcos. De hecho, hay una carta en que se disculpa por su «mala escritura pero estoy en un carro de caballos...»
Por falta de tiempo, las cartas ofrecen información sin detenerse en detalles, pero como el propio Mark Twain se lamenta, mucho le gustaría detenerse en descripciones. Igual, hablan de sus problemas económicos, de los regalos que ha comprado para las niñas o su mujer, pregunta por sus suegros, y comenta cómo se portó el público en sus conferencias.
El objeto en sí que representa la carta como acto de comunicación nos desvela esos pequeños detalles como las posdatas que en un intento de continuar la conversación se van multiplicando con el simple añadido de P.D 1, PD 2. Una de las cartas incluye un total de 5 posdatas. Y en otra se señala que la fecha con la que se data la carta ya ha pasado porque es más de medianoche.
Quienes vivimos en este tiempo, difícilmente podemos comprender lo que representaba para las personas del siglo XIX, la falta de comunicación inmediata. Cada interlocutor en un punto u otro del territorio se limitaba a imaginar lo que el otro hace o cómo será el tiempo allí. Y aunque lo que se intenta es un diálogo, por momentos tiene la apariencia de un monólogo.
Valgan de ejemplo estas líneas:
«Desde que he escrito la última frase, he estado estudiando la guía del ferrocarril durante un hora, cariño, y creo que podré llegar a casa a última hora de la tarde o ya en la noche del sábado, quedarme allí hasta después de las doce y luego seguir hasta Nueva York, donde puedo descansar todo el domingo y la mitad del lunes... o puede que haya un tren diurno el domingo de Hartford a Nueva York. Ya veré».
Por su parte Livy contesta: «Espero que en Filadelfia esté haciendo una noche agradable. Aquí está lluvioso y desapacible ».
Ella imagina cómo será el tiempo en donde se encuentra su esposo; desea para él lo mejor, y a su vez le cuenta con detalle cómo está el tiempo en donde ella vive. Todos esos datos llegarán días después a los respectivos corresponsales. Mientras él, en un lejano pueblo se contenta con mirar el daguerrotipo que representa a su amada y le canta alabanzas. Y ella se preocupa de contarle las pequeñas anécdotas familiares que vive junto a sus pequeñas hijas.
Ninguno de los dos puede llegar a casa y ponerse la radio o la televisión para sentirse menos solos. Y Mark Twain lo expresa claramente: «Mañana seguramente me levantaré y bajaré a la ciudad, porque tengo que hablar con alguien, estoy lleno de conversaciones».
El auge de los periodistas taquígrafos trajo al dictado de sus conferencias un problema añadido. Con cada nueva presentación de un texto podía hacer un recorrido de muchas poblaciones, pero en cuanto algún periodista tomaba nota de la misma y la publicaba en un periódico se veía obligado a escribir otra conferencia inmediatamente, sino ¿de qué modo podría entretener y sorprender a su público? Le molestaba terriblemente que esos periodistas y, en especial, los dueños de los periódicos, no comprendiesen que de esas conferencias dependía el sustento de la familia. Se lamentaba: «...porque aunque la ley proteja estrictamente lo que un zapatero crea con las manos, no protege lo que yo he creado con mi mente».
La cifra de ejemplares vendidos de algunos de sus libros eran muy altas y cuando piensa en esa historia que escribirá sobre el Mississipi, le dice a Livy, su mujer: «Pero cuando escriba el libro del Mississipi, ¡ojo!, me pasaré dos meses en el río tomando apuntes, y apuesto a que haré un trabajo de calidad».

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Corazón y ciencia en Andalán.es


Wilkie Collins (1824-1889) es de sobra conocido por alguna de sus más famosas obras como “La Dama de Blanco” y “La piedra lunar”. Con ellas consiguió un gran éxito en su momento y se convirtió en uno de los precedentes de la futura novela policíaca, al mismo tiempo que utilizaba los recursos propios de la época como los elementos góticos que incorporaba a sus narraciones. Fue íntimo amigo de Charles Dickens de quien se cumple  bicentenario este 2012. Colaboraron juntos en muchas obras y trabajaron codo a codo durante largos años; la muerte de Dickens rompió este lazo y hubo quien insinuó que  Collins ya no volvió a tener la misma altura narrativa tras su fallecimiento, ignorando otras causas, más probables, de su decaimiento.
En esta ocasión hablamos de un texto muy poco conocido ya que es la primera vez que se publica en España. “Corazón y Ciencia”, muy hermosamente editado por los Grandes Clásicos de Editorial Funambulista, es un largo texto, según su costumbre, en el que plantea alguno de los problemas que preocupaban a la sociedad de la época. Collins, junto con su amigo Dickens, pertenece a esos escritores de no dan la espalda al momento en el que viven y que siempre hablan en sus textos de asuntos de su tiempo: la pobreza, la desigualdad social, el papel de las mujeres o la avaricia son algunos de sus temas más frecuentes.
En “Corazón y Ciencia” el tema central es el aprecio hacia los animales y, en concreto,  la crítica de la vivisección, un método habitual en el momento del autor. Será este tema el que se desarrolla en medio de la clásica historia de amor entre un joven médico y una influenciable dama. Lógicamente, el seguidor de la práctica clínica en vivo (Benjulia) es un personaje absolutamente oscuro y tenebroso frente a la limpia apariencia de la pareja protagonista. La aparición de determinados secundarios de lujo como el padre y la madre del médico nos acercan al buen Collins que conocemos: tanto la bondad del primero como la avaricia y soberbia de la segunda responden a unos buenos retratos del ambiente familiar. La aparición de una institutriz de pomposo nombre -Minerva-, que evoluciona desde una postura negativa, a causa de un amor no correspondido, hacia otra mucho más generosa, completa el cuadro. Falta por nombrar a la pequeña hermana del doctor, quizá la mejor retratada y el personaje que, desde su disminuida capacidad mental, desencadena la trama y a la que el autor trata con una especial sensibilidad, aprecio y comprensión.

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Correspondencia de Chejov y Gorki en el blog de Rubén Castillo

Correspondencia



Cuentan de Jorge Luis Borges una anécdota no sé si inventada, deformada, malévola o fidedigna que me gustaría recordar hoy. Al parecer, paseaba nuestro escritor tranquilamente, ya con fama mundial, por la ciudad de Buenos Aires. Un joven se le acercó y, con ojos admirativos y voz balbuciente, le anunció: «Maestro, yo escribo». A lo que Borges, esbozando una sonrisa, respondió: «Qué casualidad, yo también». Y me sirve esta anécdota, auténtica o apócrifa (de Borges se han contado tantos chascarrillos como de Camilo José Cela o de Quevedo), para reflexionar sobre la relación maestro-discípulo en el mundo de la literatura. ¿Cuántos escritores, a lo largo de la Historia, se habrán animado a dirigirse por escrito o de forma oral a otros, a quienes consideraban sus maestros, para rendirles tributo de fidelidad, solicitar que les lean o pedirles consejo de algún tipo?
La editorial Funambulista nos presenta hoy, traducida por Rubén Pujante Corbalán, la Correspondencia que mantuvieron dos de los escritores rusos más conocidos en Occidente: Anton Chejov y Maxim Gorki. En el momento en que se inicia el intercambio de cartas, notas y telegramas entre ellos (con un fervoroso envío de palabras que Gorki le hace llegar al maestro Chejov en octubre de 1898, declarándole su admiración infinita), el desequilibrio entre ambos es notable: Anton Chejov ya tenía escritas media docena de obras teatrales, un par de novelas y bastantes cuentos; Maxim Gorki, por el contrario, apenas estaba comenzando a dar sus primeras hojas notables en el mundo de la literatura. Ese desequilibrio (usaré ese nombre, a falta de otro mejor) se observa en la forma en que Gorki se dirige a Chejov: siempre reverencioso, siempre admirativo, siempre acrítico («Le estrecho la mano con fuerza, su mano de genio», p.25). En cambio, el tono que emplea Anton Chejov para dirigirse a Maxim Gorki, siendo respetuoso y lleno de afecto, no condesciende a la tolerancia: le indica las exageraciones en las que incurre en sus cuentos («En sus cuentos notamos los excesos», p.27), le afea su falta de cohesión textual («Uno tiene la impresión de que no es la obra de un autor, sino de siete: señal de que es usted todavía joven y de que su talento no está aún suficientemente decantado», p.97); e incluso, cuando Gorki le suplica que le permita dedicarle una obra que está a punto de publicar, Chejov se permite incluso decirle cómo tiene que hacerlo («Redacte en la medida de lo posible la dedicatoria sin literatura inútil: quiero decir que escriba solamente: A... y eso es todo», p.81).
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viernes, 24 de febrero de 2012

'El Coronel Chabert', de Honoré de Balzac en el blog de Carmen



De Editorial Funambulista me he comprado unos cuantos libros que están en casa aún por reseñar, y de los que os iré dando mis impresiones. Ya os comenté El embarazo de mi hermana, de Yoko Ogawa, y La vida singular de Albert Nobbs, de George Moore. Hoy le toca el turno a El Coronel Chabert, de Honoré de Balzac.

Que Honoré de Balzac, representante del realismo del XIX, es uno de los grandes de la literatura universal es un secreto a voces. Quizá muchos de vosotr@s hayáis leído Eugenia Grandet o Papá Goriot, por ejemplo, o algún otro título del autor. El Coronel Chabert no es quizá su obra más conocida y popular, increíble siendo, como es, una magnífica novela. 

Cuando conocemos al Coronel Chabert, el protagonista que da título al libro, es un pobre anciano, ajado por los años, la guerra, la enfermedad, la pobreza y el abandono, que ha sido dado por muerto tras la batalla de Eylau contra los rusos en plenas guerras napoleónicas.
"- Caballero- le dijo Derville-, ¿a quién tengo el honor de hablar?
 - Al Coronel Chabert.
 - ¿A cuál Chabert?
 - Al que murió en Eylau, respondió el anciano."
Batalla de Eylau (7-8 de febrero, 1807)
A su regreso a París, al París de la Restauración, después de sobrevivir a sus heridas y a diez años de infortunio y penalidades, todo le es ajeno y hostil. Su esposa se ha vuelto a casar, no quiere saber nada de él, y se niega a devolverle su dinero y propiedades. La justicia se ve envuelta en papeles y justificantes sin dar respuesta al problema de Chabert, que se ve devorado por una sociedad hipócrita y avariciosa.
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jueves, 16 de febrero de 2012

Una reseña sobre "La vida singular de Albert Nobbs" en el blog Cultura y Literatura

Reseña: La vida singular de Albert Nobbs

Estamos ante un cuento muy atractivo, que en el momento de su publicación (1918) convulsionó a la sociedad.
George Moore aborda con normalidad la homosexualidad, el travestismo, la paternidad homosexual. Una obra muy breve que se erige como el fresco literario más fiel del Dublín de mediados del siglo XIX.
Leyendo esta obra es normal que Glenn Close se enamorase del personaje, lo subiera a las tablas del teatro y no cejase en su empeño hasta conseguir llevarlo a la gran pantalla.
Una historia concisa, poseedora de una gran fluidez narrativa y una excelente y cuidada edición de la Editorial Funambulista.
Sinopsis de la editorial
Publicada en 1918 (y adaptada al teatro en 1982 y, recientemente, al cine, interpretando al protagonista Albert Nobbs, tanto en los escenarios como en el celuloide, la gran actriz norteamericana Glenn Close), esta novela breve perteneciente a la colección de cuentos orales A Story-Teller’s Holiday relata con una modernísima técnica narrativa las andanzas y dificultades de una mujer que se ve obligada a hacerse pasar por un hombre para poder ganarse la vida en la Irlanda de los años 1860.
Asuntos tan controvertidos hoy como el matrimonio homosexual o el derecho de los homosexuales a la paternidad son abordados con una «naturalidad escalofriante» para la época, como afirma en el postfacio Gonzalo Gómez Montoro, autor de esta primera traducción de la obra al castellano, obra que perdura en nuestra memoria como una breve joya literaria de valor atemporal y, su protagonista, como símbolo universal de los seres marginados por las convenciones sociales.

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"Una joya literaria en sus apenas 144 páginas" (La vida singular de Albert Nobbs, de George Moore en el blog Carmen y amig@s)



Como muy dice el psicólogo argentino gestáltico Jorge Bucay, al que admiro profundamente, todo hombre y toda mujer, para lograr la madurez, el equilibrio, la plenitud, debe poder responder a estas tres preguntas:

- ¿Quién soy?
- ¿Qué quiero hacer con mi vida?
- ¿Con quién quiero compartirla?

Y además de estas cuestiones debería tener claro su relación con sus padres, con la muerte y con su propia sexualidad. 

Y el pobre Albert Nobbs, el protagonista de La vida singular de Albert Nobbs, no parece tener nada de esto claro. Albert lleva trabajando unos ocho años en el hotel Morrison's, en Dublín. Es un empleado entregado absolutamente a su trabajo y sin vida privada fuera del hotel, en el que también vive. Todos lo conocen como Albert pero él esconde un secreto: es ella, es una mujer de mediana edad, no especialmente atractiva, que se ha visto en la necesidad de hacerse pasar por hombre para conseguir un trabajo que le diese independencia, tras un pasado duro y con un futuro incierto. Nos encontramos en la década de 1860.

George Moore (1952-1933)
Pero todo cambia y posibilidades de una nueva vida, que nuca se había planteado, se abran ante ella (es curioso que en toda la novela no lleguemos a saber su verdadero nombre), cuando una noche tiene que compartir habitación con Hubert Page, un pintor de brocha gorda que ha venido trabajar al hotel.

El tema de la homosexualidad, del matrimonio homosexual (recordemos que la novela fue publicada en 1918) es enfrentado con una asombrosa naturalidad, tratándose además de homosexualidad femenina, si bien no en profundidad. La homosexualidad aparece más bien como resultado de la tremenda necesidad de compañía y no hay una verdadera reflexión de los personajes sobre su verdadera identidad sexual.

lunes, 13 de febrero de 2012

‎"La excluida" en el Diari de Tarragona


CARTAS DE AMOR, de Mark Twain en el foro cultural Troa




Reseña: Conjunto de cartas, inéditas hasta ahora en castellano, del autor a su esposa, Livy, en un periodo de tiempo que comprende desde 1868 hasta su fallecimiento. Las cartas se enmarcan en un amplio contexto geográfico: Inglaterra, varios países de Europa y Estados Unidos. En ellas Twain relata multitud de detalles anecdóticos, preocupaciones económicas, experiencias profesionales (conferencias, publicaciones), lecturas y viajes, el dolor ante la muerte de una de sus hijas y ante todo una declaración de amor ininterrumpida. Varias cartas son simplemente breves fragmentos y algunas van dirigidas a otras personas, especialmente miembros de la familia.
El autor ofrece un compendio de género epistolar en el que predomina la estética romántica, con un tono de marcado sentimiento con el que desea ser merecedor del cariño de su esposa y manifestarle de mil modos su cariño. Se observa cierta idealización del amor, junto con un sentido solidario y entrañable de la vida, todo salpicado de apuntes humorísticos. Con el estilo cálido y expresivo de Twain, el libro muy bien traducido, ofrece un testimonio de su faceta sentimental, en cierta manera como un retrato autobiográfico del autor, así como una descripción costumbrista de la época.
El autor: Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, nació el 30 de noviembre de 1835 en Florida (Missouri). En 1851 publicó notas en el periódico de su hermano, el Hannibal Journal. Fue piloto de un barco de vapor por el río Mississippi. En 1861, se alistó en el ejército Confederado. Fue periodista en el Territorial Enterprise de Virginia City y, en 1863, empezó a firmar sus artículos con el seudónimo Mark Twain, una expresión utilizada en el río Mississippi que significa dos brazas de profundidad (el calado mínimo necesario para la buena navegación). En 1865 escribe la historia que escuchó en las minas de oro de California: «La célebre rana saltarina del condado de las Calaveras», y logró una enorme fama en todo el país. En 1870 contrajo matrimonio con Olivia Langdon y se estableció en Hartford (Connecticut). Escribe Tom Sawyer (1876), que describe la infancia en un pueblo a orillas del Mississippi, El Príncipe y el Mendigo (1882), Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889), Las aventuras de Huckelberry Finn (1884), considerada la obra maestra de Twain.

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viernes, 10 de febrero de 2012

En la web de Luis Antonio Villena, el artículo que apareció en El Cultural sobre "Correspondencia"

Correspondencia Chéjov-Gorki.

Trad. Rubén Pujante Corbalán.  Editorial Funambulista. 237 págs.

La no muy nutrida correspondencia entre dos grandes de la literatura rusa, Anton Chejov (1860-1904) y Máximo Gorki (1868-1936), aunque breve –empieza en octubre de  1898- está llena de encanto. Pese a la no excesiva diferencia de edad entre ambos, Chejov ya enfermo de tisis y medio solitario en Crimea, donde vive por prescripción facultativa, es ya un maestro, autor de magníficos cuentos que revolucionaron el género y de obras de teatro no menos novedosas como “Tío Vania”. Gorki es un provinciano impulsivo y apasionado, un talento que comienza a descollar y que suele dudar mucho de cuanto hace.  Le escribe a Chejov con la devoción y el respeto debidos a un maestro y firma casi siempre sus cartas como Alexei Pechkov, su verdadero nombre, pues Gorki (que en ruso significa “amargo”) fue un pseudónimo. Como es natural hay más cartas de Gorki que de Chejov, que sin embargo acoge al nuevo con calor, estima claramente su obra literaria y le da consejos, siempre exentos de toda pedantería. Se llegaron a ver varias veces, aunque menos de las que Gorki hubiese deseado.
Cuando Gorki va –paulatinamente- tomando conciencia social (sobre todo tras una carga de la guardia cosaca contra la gente en 1901) y él está muy a menudo vigilado por la policía, le escribe a Chejov solicitando dinero para las víctimas, pidiéndole que cambie de editor (un burgués avaro por un socialista) y aún que edite en las revistas nuevas, que sino son aún comunistas lo serán pronto. En lo las revistas –aunque haciéndose algo de rogar- Chejov accede y termina mandando algún cuento, en todo lo demás Chejov prudentemente calla. Es como si no hubiera leído lo que su amigo le comentaba. La foto de portada del libro (Chejov y Gorki sentados a una mesa en Yalta, 1900) nos demuestra muy bien quiénes eran los dos amigos, aunque siempre prepondere la admiración de Gorki. Chejov era un burgués, un hombre moderno y europeo, que soñaba en una Rusia nueva no revolucionaria. Gorki (que llegó a ser un estandarte de la revolución bolchevique y también un incordio para ella) era un campesino de Nijni-Novgorod, un autodidacta y un personaje tan talentoso como cada vez más comprometido con la idea revolucionaria. Ahí no podían entenderse y es claro que Chejov evita el tema –bastante tenía con el problema de su salud que se desmoronaba- pero jamás deja de alentar el talento de Gorki, para él muy evidente, aconsejándole escribir teatro y corrigiendo luego algunas de sus piezas como “Bajos fondos”. También dedica a Chejov, en prueba de admiración, su primera novela importante  “Tomas Gordeiev”, que Chejov (aunque aclara que no le gustan esos homenajes) acepta.
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jueves, 9 de febrero de 2012

‎"La vida singular de Albert Nobbs" en la revista La Caja de Pandora


"Una novela elegante, delicada, escrita con una prosa bonita y amena, sutil, cercana y lejana al mismo tiempo" ("La residencia de estudiantes" en Globedia)


La residencia de estudiantes


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Conocí a esta escritora japonesa en la blogosfera donde existen bastantes reseñas de algunas de sus novelas. Me fijé especialmente en una de ellas por el precioso título que tiene: "La niña que iba en hipopótamo a la escuela" pero reconozco que me daba un poco pereza el que fuese japonesa. Y es que he leído muy poca literatura de ese país y el único autor de narrativa que he leído –Murakami- no me gustó. Sin embargo, cuando leí una reseña sobre la última de sus novelas –la que hoy os comento- y vi lo cortita que es y lo mucho que le había gustado a la reseñadora, decidí darle ya una oportunidad y empezar, precisamente, con esta novela que, en realidad, es algo así como un relato largo
Yoko Ogawa
Yoko Ogawa nace en Okayama en 1962. Estudia en la Universidad Waseda de Tokyo. En 1986 inicia una carrera de escritora, inspirada por sus lecturas de los clásicos nipones, El diario de Ana Frank y las obras de Kenzaburo Oé. Ya con su primera novela, Cuando la mariposa se descompone, obtiene en 1988 el prestigioso Premio Kaien. En 1991, logra el gran premio Akutagawa por El embarazo de mi hermana, publicado por Editorial Funambulista, que se convierte inmediatamente en un best-seller en su país. A partir de entonces todas sus obras son grandes éxitos de crítica y de público en Japón, donde es indiscutiblemente la escritora de más ventas. image
Ha escrito: .- En 2003 publica "La fórmula preferida del profesor", que obtiene varios premios (el Premio Yomiuri, el Premio de las Librerías Japonesas y el de la Sociedad Nacional de Matemáticas). .- "Perfume de hielo" .- "La niña que iba en hipopótamo a la escuela". .- "La residencia de estudiantes" Actualmente vive con su familia en la antigua ciudad mercantil de Kurashiki y se dedica exclusivamente a la literatura.

Datos Técnicos
Editorial: Funambulista Número de páginas: 112 Encuadernación: Tapa blanda ISBN: 9788493904562 Año de edición: 2011 Precio: 9, 50€
Argumento
La narradora, una mujer de la que vamos a saber bastante poco –ni siquiera sabemos el nombre- recibe al principio de la novela la llamada de su primo, al que no ve desde la infancia. Éste quiere trasladarse a la ciudad donde ella vive para estudiar en la universidad y, como no tiene mucho dinero, pretende alojarse en la residencia donde estudió la narradora, la cual tiene entendido que era muy barata. Así que le pida que haga las gestiones para que le admitan allí.
La narradora está casada pero su marido está por trabajo en Suecia. Ella se supone que va a trasladarse allí aunque no está nada convencida. Mientras tanto, se encuentra sola, muy sola, así que la petición de su primo le va a venir muy bien para remediar esa soledad. Va a su antigua residencia, donde se vuelve a encontrar al director, un hombre extraño, sin manos y sin pies pero que, con sus muñones, se las arregla perfectamente para vivir solo, e incluso dirigir la residencia. Una residencia que, eso sí, está de capa caída.
La narradora irá en varias ocasiones a la residencia a visitar a su primo pero nunca consigue encontrarle allí. Eso unido a la desaparición hace unos meses de otro de los residentes hace que el lector empiece a preguntarse si hay algo raro en esa residencia...
 
Impresiones
"La residencia de estudiantes" es una obra breve. Muy breve, quizás demasiado. Su brevedad unida al estilo rápido y sencillo de la autora hace que se devore en una hora. Quizás por eso, no da demasiado tiempo a meterse en la historia porque, una vez que la empiezas, ya estás a medio camino de acabarla. En mi opinión, le faltan unas cuantas páginas: la historia daba para más, para una novela bastante más larga porque entiendo que, como está, se deja cosas en el tintero
La soledad de la narradora, la enfermedad y la apariencia del senshei (el director de la residencia), el ruido que la narradora oye constantemente, la desaparición hace algún tiempo de uno de los residentes y el hecho de que el primo de la narradora nunca se encuentre en la residencia, crea una especie de entorno claustrofóbico: el lector piensa que se va a encontrar con una novela de misterio, quizás incluso de terror y que éste va a darse de forma concentrada en las últimas páginas. Sin embargo, cuando llegué a la última página, tuve que retroceder y releer las 5 o 6 páginas anteriores porque no entendía muy bien el final. Había leído en alguna reseña que el final era digno del mejor cine de Hitchcok, pero sigo pensando que, o bien estaba medio dormida cuando lo leí (que también), o bien me he perdido algo o no he sabido captar la esencia de la novela porque a mí el final es lo que menos me ha gustado de la novela. Y es que, como digo, no lo he llegado a entender del todo o, quizás, es que me esperaba otra cosa. También es cierto que estoy acostumbrada a leer novela negra y que ésta, que aparentemente podría serlo, no lo es y me ha dejado un poco descolocada. O bien, que me gustan los finales cerrados, con todo completamente claro y resuelto, sin dudas, sin matices, sin lugar para la interpretación del lector. Y no me he encontrado en esta novela un final de ésos. El final no me ha despejado las dudas sino que, al contrario, me ha planteado más de las que me iban surgiendo a medida que leía la novela.

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lunes, 6 de febrero de 2012

“Cartas de amor” de Mark Twain en Melibro.com

Gracias a su novela Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain está considerado, junto a Herman Melville, como el precursor de la llamada Gran Novela Norteamericana. Este apelativo, por cierto, bien merecido, hace que nuestras expectativas se eleven hasta lo indecible antes de enfrentarnos a uno de sus libros.
En este caso, nada cambia, empezamos la lectura a la espera de que lleguen las sonrisas que siempre consigue despertar el estilo satírico del autor y nos sorprendemos al encontrar, no solo al Mark Twain que estábamos esperando, sino también, y sobre todo, a Samuel Langhorne Clemens, verdadero nombre del escritor.
La editorial Funambulista nos brinda la oportunidad de acercarnos a la vida de Samuel L. Clemens, publicando este recopilatorio de las cartas que el escritor envió a Livy, su esposa, desde que la conoció en 1867 hasta la muerte de ella en 1904.
La lectura de este epistolario nos acerca al escritor de una forma que, a decir verdad, me resulta un poco difícil de definir, ya que a través de sus cartas adivinamos los entresijos de su historia de amor, de sus viajes, de su trabajo como orador, y su constante inquietud por el bienestar general del ser humano, pero de una forma sutil, ya que solo conocemos la mitad de la correspondencia, tenemos lo que escribió (obviamente no todo, solo una selección), pero no lo que leyó, nos falta la mitad de la historia de amor y las réplicas de sus amigos. Pero no importa, Twain hace magia con las letras y sabe engatusarnos con su parte.
Descubrimos al hombre que, aunque por encima de todo es escritor, y eso queda patente en el estilo y la clase de sus cartas, por informarles que sean, se desnuda ante la mujer que ama y escribe de corazón y no de cabeza. Es curioso detenerse en las correcciones que él mismo hizo sobre sus misivas  y leer de carrerilla aquellas que han sido enviadas sin repasar (confesado por el autor en alguna post data).
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"La niña que iba en hipopótamo a la escuela" en el blog Por los caminos de la tierra oral


Acabo de terminar de leer La niña que iba en hipopótamo a la escuela, un libro de Yoko Ogawa traducido por Yoshiko Sugiyama y publicado por Editorial Funambulista.  De esta autora reseñé no hace mucho un librito completamente maravilloso: La fórmula preferida del profesor.




El libro nos cuenta un año muy especial en la vida de Tomoko, año en el que esta niña tiene que separarse de su madre (que se va a Tokyo) e irse a vivir con sus tíos (y su prima Mina, su tía abuela Rosa, la señora Yoneda, el señor Kobayashi ¡y el hipopótamo Pochiko!) a los que apenas conoce.
Si a esto le añadís que el libro está lleno de imágenes delicadas, de silencios sugerentes, de pequeñas historias que alumbran los días, de otras pequeñas historias que los oscurecen, de personajes interesantes (un buen puñado de ellos secundarios, a veces dibujados apenas en dos líneas) y de esa prosa aparentemente frágil pero lo suficientemente fuerte para sostener sin problemas una novelota de más de cuatrocientas páginas.
Me ha gustado mucho de esta novela cómo la autora consigue dibujar la línea en la que se mueven las dos niñas, esa línea que separa la infancia de la adolescencia, llena de incertidumbres, deseos, incomprensiones, descubrimientos... De verdad que me ha encantado.
Igual que sucede en su otro libro es una novela sin estridencias, en la que la gran historia de la vida se arma con los pequeños detalles de los días y la hondura de sus personajes (me ha recordado a algunos cuentos de Katherin Mansfield a quien, por cierto, se cita en la novela). Aunque a diferencia de La fórmula preferida del profesor ésta es más coral y también está más llena de otras pequeñas historias.
Una lectura muy recomendable que disfrutaréis desde las primeras páginas.
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Correspondencia de Chejov y Gorki en El Cultural

La no muy nutrida correspondencia entre dos grandes de la literatura rusa, Anton Chejov (1860-1904) y Máximo Gorki (1868-1936), aunque breve -empieza en octubre de 1898- está llena de encanto. Pese a la no excesiva diferencia de edad entre ambos, Chejov ya enfermo de tisis y medio solitario en Crimea, donde vive por prescripción facultativa, es ya un maestro, autor de magníficos cuentos que revolucionaron el género y de obras de teatro no menos novedosas como Tío Vania. Gorki es un provinciano impulsivo y apasionado, un talento que comienza a descollar y que suele dudar mucho de cuanto hace. Le escribe a Chejov con la devoción y el respeto debidos a un maestro y firma casi siempre sus cartas como Alexei Pechkov, su verdadero nombre, pues Gorki (que en ruso significa “amargo”) fue un pseudónimo. Como es natural hay más cartas de Gorki que de Chejov, que sin embargo acoge al nuevo con calor, estima claramente su obra literaria y le da consejos, siempre exentos de toda pedantería. Se llegaron a ver varias veces, aunque menos de las que Gorki hubiese deseado.

Cuando Gorki va tomando conciencia social (sobre todo tras una carga de la guardia cosaca contra la gente en 1901) y está muy a menudo vigilado por la policía, le escribe a Chejov solicitando dinero para las víctimas, pidiéndole que cambie de editor (un burgués avaro por un socialista) y aún que edite en las revistas nuevas, que si no son comunistas lo serán pronto. En lo de las revistas Chejov accede; en todo lo demás, calla. La foto de portada del libro (Chejov y Gorki sentados a una mesa en Yalta, 1900) nos demuestra muy bien quiénes eran los dos amigos, aunque siempre prepondere la admiración de Gorki.

Chejov era un burgués, un hombre moderno y europeo, que soñaba en una Rusia nueva no revolucionaria. Gorki (que llegó a ser un estandarte de la revolución bolchevique y también un incordio para ella) era un campesino de Nijni-Novgorod, un autodidacta y un personaje tan talentoso como cada vez más comprometido con la idea revolucionaria. Ahí no podían entenderse y Chejov evita el tema pero jamás deja de alentar el talento de Gorki, aconsejándole escribir teatro y corrigiendo algunas de sus piezas como Bajos fondos. LEER MÁS