viernes, 29 de julio de 2016

"El enemigo en el espejo" en La Orilla de las Letras

Puedes cambiar de nombre, de país y hasta de aspecto; pero si tu pasado está lleno de actos criminales graves, lo más probable es que alguien acabe encontrándote. Pero, ¿y si el que te encuentra te ofrece un trato? ¿Crees que podrías redimirte de tus pecados realizando un puñado de buenas acciones? Este es el punto de partida de El enemigo en el espejo, la novela de Leif Davidsen de la que a continuación os voy a hablar.
Vuk es un serbocroata criado en Dinamarca con un importante pasado delictivo a sus espaldas. Intentando huir de sus crímenes, se instala en Estados Unidos con su familia. Nadie sospecha de él, nadie imagina que vive bajo un nombre falso. Hasta el atentado del 11 de septiembre. Tras esta fecha, la CIA le descubre. Lejos de entregarle a la Interpol, el gobierno de los Estados Unidos le brinda la posibilidad de trabajar bajo sus órdenes. Su misión será dar con un importante miembro de Al Qaeda. Lo que no sabe Vuk es que el comisario danés, Per Toftlund, su gran enemigo, también anda tras las pistas de nuevos posibles terroristas. ¿Qué pasará si Toftlund se entera de que Vuk está vivo?
El 11 de septiembre marcó un ante y un después en la vida de los norteamericanos y de todos los que comprobamos con horror lo que eran capaces de hacer los terroristas islámicos. A partir de ese día, todos los países extremaron sus medidas de seguridad, especialmente los Estados Unidos. El gobierno americano puso en marcha varios planes de acción. El enemigo en el espejo, esta obra de ficción, nos habla de uno de estos supuestos planes: la captación por parte de la CIA de un delincuente perseguido en Europa con el fin de, gracias a él, conseguir encontrar a importantes miembros de Al Qaeda en el mundo.
En esta novela nos encontramos con dos personajes fundamentales: Vuk y Per Toftlund. La historia comienza con Vuk, bajo el hombre de John, en Death Valley. Vuk es un serbiocroata criado en Dinamarca que conoce muy bien los horrores de la guerra. Como soldado, tuvo que hacer cosas de las que no se siente orgulloso. De hecho, en Dinamarca aún le persiguen por ello. Sus habilidades son precisamente las que hacen que la CIA lo capte. Como pronto comprobará el lector, Vuk es realmente bueno siguiendo pistas. Pero, ¿y si otros van tras la suya?


martes, 26 de julio de 2016

"Los tambores del tiempo" en Estado Crítico

Wilfred Owen era un joven profesor de inglés en Burdeos con tendencia a la poesía romántica, al retraimiento y a una inconcreta homosexualidad, cuando estalló la Gran Guerra. La vida le parecía un bien demasiado valioso como para arriesgarla en un campo de batalla. Entonces sus familiares le escribieron contándole que todos sus compañeros de generación estaban marchando al ejército y, en octubre de 1915, regresó a Inglaterra y se alistó como voluntario para luchar por el honor de su patria. Los reproches de su madre dejaban caer que, mientras él estaba instalado tranquilamente en Francia, los demás sufrían y morían por su país. Los dirigentes les hacían creer que peleaban por algo honorable, recalcaban su superioridad, señalaban las naciones que había que odiar con denuedo. Y la gente les hizo caso. Los padres repetían: “Muerte antes que deshonor, así es un hombre”. Owen entró en el cuerpo de los Artists’ Rifles, se formó en el Quinto Regimiento de Manchester y, cuando le llegó la hora de marchar al frente, ya había alcanzado el grado de teniente. Hasta ese momento no había publicado ningún libro. Sus versos no denotaban una originalidad especial ni una técnica digna de alabanza. La guerra, sin embargo, lo cambiaría todo. Tanto su concepción del mundo como de la poesía.  
Influido en su primera juventud por la palabra religiosa, Tennyson y Keats, su mirada dio un giro de ciento ochenta grados después de experimentar la crudeza de la vida en las trincheras —que Carles Llorach-Freixes describe con minuciosidad en su introducción—, y de conocer a Siegfried Sassoon tras sufrir en 1917 una neurosis de guerra que le tuvo ingresado en el Hospital Craiglockhart de Edimburgo durante algo más de un año. De ese periodo datan sus Poemas de guerra, de los que en 2011 Acantilado publicó una estupenda selección y que ahora la editorial Funambulista presenta de forma más completa, y que a Owen no sólo le sirvieron como terapia para exorcizar su ‘shell shock’, sino que se convirtieron de por sí en una obra originalísima por reflejar con precisión, y de modo fidedigno, las heridas del cuerpo, la mente y el alma de aquellos jóvenes que fueron conducidos al matadero. El mundo que describe Wilfred Owen es el de la famosa novela de Remarque, el de las memorias de Robert Graves, el de los cuadros de George Grosz y Otto Dix, el de las aventuras del buen soldado Švejk o el inolvidable Septimus de La señora Dalloway, con las cornetas del segundo movimiento de la Sinfonía Pastoral de Vaughan Williams de fondo. 

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viernes, 22 de julio de 2016

Entrevista a Tomás García Yebra, autor de “Madera de Cela”

  • la puerta de su librería con su Dos Caballos
El museo-librería que posee el escritor Tomás García Yebra en el barrio de la Estación en Las Navas del Marqués en Ávila es un refugio para los amantes de la literatura. En él conviven libros con los objetos más insólitos que uno pueda imaginar y que el escritor madrileño ha ido recogiendo o le han ido regalando personas del pueblo abulense para su museo. Además, tiene una maqueta de tren digna de admirarse y que cuando estuve allí no pude ver en funcionamiento porque aún no había pasado la ITV de maquetas de tren.

Tomás García Yebra se dedicó al periodismo cultural durante muchos años en la agencia Colpisa, allí tuvo la oportunidad de entrevistar a numerosos escritores. Dejó ese trabajo fijo porque un día se dió cuenta de que “el poder es intocable, siempre” y “el periodismo está lleno de trampas”. Ni corto ni perezoso dejó su puesto de trabajo para dedicarse a las dos profesiones que más le apasionan: la literatura y la educación. Ahora trabaja en las dos, además de mantener su librería, “que sólo me da para cubrir gastos”, reconoce sin amargura.

A la educación la dedica tres jornadas a la semana, en esos días alecciona a jóvenes y no tan jóvenes a escribir en sus talleres de escritura, los imparte en la Vinoteca Mares y en las librerías Tierra de Fuego y La Fugitiva. De ahí, que estuviese leyendo el thriller de la escritora navarra, ya quiere conocer el porqué del éxito de esa novela. A la literatura le dedica todo el tiempo restante que no tiene que estar en su librería. En ocasiones adopta el papel de Percy Hopewell, y se cambia el sombrero de ala ancha por la gorrilla británica, para meterse en la piel de un periodista inglés. Su libro “Santa Teresa is different” fue el año pasado un auténtico éxito de ventas. Ahora publica su ensayo-crónica “Madera de Cela”, la continuación de aquel libro que publicó hace ya catorce años y que se tituló “Desmontando a Cela”.

Madera de Cela” es un cuidadoso repaso de las obras de nuestro último Premio Nobel y de sus canalladas, con ello nos referimos al presunto plagio o apropiación indebida que perpetró con “La cruz de San Andrés”. Todo tratado con respeto pero, también, con rigurosidad ante los hechos que todos conocemos y que el autor ya ha tratado en reiteradas ocasiones en prensa y libros. Que estas ramas no nos dejen ver el bosque de la literatura de Cela. 

viernes, 15 de julio de 2016

"Por una noche de amor" en Vegamediapress

Como bien indican en el postfacio Gonzalo Gómez Montoro y Rubén Pujante Corbalán, estamos acostumbrados a leer a Zola como novelista de largo aliento, de sagas, trilogías y tetralogías.
Sin embargo, esta edición recupera a un excelente narrador breve. Se trata de cuentos que se fueron publicando por entregas en “El mensajero de Europa” Que fuera literatura por encargo y pagada no resta un ápice de interés a los cuentos que van a encontrar en el libro.
La idea era presentar la cultura francesa del momento. Se logra y no pierde vigencia, todo lo contrario, al leer hoy cómo era esa Francia de entonces. Por lo pronto, los chicos del campo llegaban a la ciudad con la cabeza llena de pájaros, asombrados por el glamour y el desparpajo capitalino daban por hecho el amor fácil parisino.
Pronto descubrían su ingenuidad, más ruido que nueces, como sigue ocurriendo muchas veces en nuestro fascinante tercer milenio. Una cosa son las poses, otra lo que la gente haga con quien quiera y otra que llegue cualquier paisano con sus manitas muy lavadas creyendo que el amor se regala.
Pronto vemos esa distancia entre imagen y realidad. También el clasismo que llevaba a que el señorito pudiera abusar del servicio. Para una chica del servicio el señorito era la joya de la corona. Que se fijara en ella una suerte con fácil entrega que degeneraba muchas veces en desenlaces nefastos si el padre de la chica, casi siempre entre los miembros, se enteraba del affaire.
También pasaba al contrario, sin duda. Para uno de los chicos del personal, que la joya de la casa, la joya de la corona femenina se fijara y entregara a uno de ellos era el sueño más bonito jamás soñado. Desde luego, presa fácil y también víctima casi segura en caso de que el padre de la chica se enterara. Cosa bastante probable, dadas las circunstancias. A veces no era necesario ni que se enterara el padre. El simple hecho de que la chica se aburriera del mancebo podía costarle la vida.
Creemos que hoy se corren riesgos en esto del amor pero los que corrían en aquellos tiempos iban mucho más allá. Las cuestiones de honor se lavaban con sangre y supongo bastante ajustado a la realidad que fueran muchos chicos los que pudieron morir por tener amores improcedentes.
Ahora hay violencia de género y son ellas, aunque también hay muertos masculinos hoy en día, las que están pasando al cementerio por una equivocada actitud ante lo que se entiende, todavía hoy, como cuestión de honor. Aunque nos creamos avanzados y vanguardistas, la conclusión es que antes había machismo imperante y consentido. La sartén por el mango estaba en unas manos pero llegaba la hora de la verdad y había que morir con dignidad. Lo de ahora mejor no comentarlo no vaya a meterme en un charco innecesario.

martes, 5 de julio de 2016

Madera de Cela, de Tomás García Yebra, en Libros y Literatura

Tengo que confesar que soy una enamorada de tres obras de Cela: Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria y La colmena. Dicho esto, les contaré que he leído algunas otras de sus obras pero no causaron en mí efecto alguno; no seré yo quien diga si estaban o no a la altura de un Nobel pero ninguna de ella ha quedado en mi memoria lectora. Otra cosa, naturalmente, es el escritor, la persona, ese ser extravagante al que veía más cerca de sus otras novelas que de las tres que tanto poso dejaron en mí.
Y ya puestos a confesar, les diré que ni conocía a Tomás García Yebra, que ya en su día escribiera el libro titulado “Desmontando a Cela”, ni había leído nada de forma consciente de este periodista. Digo de forma consciente porque seguro que sí pasó por mis manos algún artículo publicado en la prensa cuando surgió el escándalo y Cela fue acusado de plagio por la también escritora Carmen Formoso tras la obtención del Premio Planeta en 1994, con su novela “La cruz de San Andrés”.
La autora, que también había presentado su manuscrito al mismo premio, denunció que se parecía demasiado a la suya que se titulaba, Carmen, Carmela, Carmiña. No sé cómo anda este asunto, pero tras fallecer Cela en 2002, ya que tan solo quedaría como acusado José Manuel Lara Bosch, que fue el responsable de la difusión de la novela. Aunque ha debido haber numerosas querellas cruzadas entre unos y otros. Son complicadísimas estos tipos de demandas de plagio, suelen durar muchísimos años y casi nunca acaban al gusto de nadie.