martes, 13 de marzo de 2012

15ª reseña



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Una simple tortilla, una comida sencilla, casera, que no se sirve en los grandes restaurantes. Un plato que no aprecias porque tu madre te lo ha preparado decenas de veces, sin que tú prestaras demasiado interés, ni se lo agradecieras más que maquinalmente.
Sin embargo, el día que preparas una por primera vez, resulta que no es tan fácil, la cocina “simple”, la cocina “casera”, es todo un prodigio, un difícil equilibrio entre habilidad, experiencia e, incluso, el cariño con el que se elabora.
Un pensamiento similar asalta a El Profesor, cuando se para a contemplar (y apreciar) la supuestamente humilde cena, que le prepara su asistenta, y comprende que no solo cumple con su obligación laboral, sino que hay mucho más en su trabajo, en su actitud, en su compañía.
Y este es uno de los temas más importantes de “La Fórmula Preferida del Profesor”, el descubrir los pequeños detalles que a veces damos por sentado, o que no saboreamos en su justa medida:
Un rayo de sol mientras te sientas en un banco de un parque, hacer los deberes con tu hijo, buscar un regalo a un amigo.
Otro de los grandes temas de este libro, que toca muchos “grandes temas”, bajo una apariencia “pequeña”, es la memoria, algo en lo que (como en el ejemplo de la tortilla), raramente se piensa, hasta que falta.
Y es que El Profesor no puede recordar los sucesos recientes, cada día comienza su relación con las personas que ha conocido, posteriormente a un accidente.

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