lunes, 20 de febrero de 2017

"El hombre-pluma", de Flaubert, en Kilómetro 0

¿Que si soñé algo anoche?, quieres decir. Soñé con la muerte y grité con los ojos. Me incorporé en la cama, cortando la madrugada con los dientes y me froté los párpados en busca de respuestas. Había sido una noche tranquila. “¿Por qué un triciclo?”, me preguntaba en sudores.
Pero había conversado con el hombre-pluma, así que en sueños sentí por él, a causa de él, con relación a él y mucho más con él. Pues me había colado en la intimidad de su correspondencia amorosa. Allí estaba yo, todo un intruso en pijama, a medio camino del cruce de miradas entre un hombre y una mujer que se hablaban con el corazón en la mano. ¿Qué hacía yo allí husmeando en una pasión que no era la mía? Me sentía culpable y a la vez afanoso por saber más y más. El hombre-pluma, que bregó toda su vida con las palabras, tuvo su máxima ambición en borrar de una vez por todas su huella en las historias que contaba; ahora estaba ante mí desnudo. Yo le conocía, de verdad, por primera vez. Yo le conocía a él, al muerto.
Y me quedé dormido entre sus confesiones a Louise Colet, cuando aún las paredes eran de color cobre y él la besaba en los ojos y bajo el cuello. Suyo. Me quedé dormido con el libro en la mano y la trompeta de Chet Baker en el estómago.
Por eso, en el otro mundo, yo conocía todo de él. Pensaba en él como un viejo amigo o, mejor, como un pariente. Sabía de su sufrimiento y de cuánto le costaba escribir. Siempre pensé en el agujero que se le formaría a la altura del ombligo con cada punto y final que trazó en su vida. En parte admiraba su genio de manera ferviente y, por otro lado, me transmitía el pesar del penitente en su torre de marfil. Flagelándose con una fusta de palabras para modelar a “su Bovary”, leía y releía los párrafos consumidos en su pluma, en busca de un resbalón. No sé si consiguió finalmente la perfección que él tenía en mente, pero yo le conozco y le quiero. Le leo. Le persigo a él y a su Frédéric por el Jardín de las Tullerías el día de la Revolución. Le leo y le releo, y no soy capaz de encontrar ningún resbalón.

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martes, 14 de febrero de 2017

Cuando Fidel Castro llamó a Dios

Por su toque de originalidad, por esa mezcla tragicómica en la que la sátira se convierte casi en un protagonista más, por el juego de las letras con la historia, por su profunda reflexión de fondo y por la gran edición de Funambulista con un formato muy coqueto, por todos estos motivos te aconsejamos una parada en La tragedia de Fidel Castro, una novela divertida y de lo más peculiar obra de João Cerqueira.

¿Es posible que una misma novela se encuentren Fidel Castro, John Fitzgerald Kennedy, Dios, Cristo y Fátima para hablar sobre las relaciones de amor y odio de Estados Unidos y Cuba? Aunque el autor se encarga al inicio de la novela de dejar claro que todo forma parte de la ficción y que los personajes principales no tienen nada que ver con sus homónimos, hay muchos guiños durante el relato que acarician la realidad. 

Por el estilo narrativo, por el uso constante de metáforas, por esa sátira política y social realizada, no es un libro fácil para leer. Pero para nada juega en contra de La tragedia de Fidel Castro. Con los argumentos expuestos, Cerqueira firma un atractivo libro donde destaca su manejo de la ironía y la forma de llevar a un terreno más cómodo los grandes problemas de la humanidad. 

Aunque está claro que el libro es una crítica aguda al comunismo, el autor no abusa de la cuestión política. La historia comienza con una llamada de Fátima a Dios para que trate de evitar la guerra entre Cuba y Estados Unidos. Dios, que nada tiene que ver con el creador del hombre, acaba mandando a su hijo para que intente resolver el conflicto. 

lunes, 30 de enero de 2017

Se llama usted Michelle Martin en el suplemento del Diario Sur de Málaga


"El último sol" en Sonograma Magazine

Félix Teira Cubel, nacido en Belchite en 1954, es un zaragozano de corazón y de trayectoria vital maestro, narrador crítico de su tiempo, profesor y batallador de las palabras. Publicó su primera obra, Brisa de asfalto de la mano de Mario Muchnik. Se le ha alabado la madurez crítica de su obra. Al mismo tiempo ha publicado una trilogía para adolescentes que ha triunfado también entre el público adulto.
Su último libro, publicado en noviembre de 2016, El último sol, nos muestra los últimos días de la vida de un pintor de fama internacional, Pablo Monfort, que sabedor de la grave enfermedad que padece, decideabandonar su vida cotidiana en la ciudad y pasar el tiempo que le queda en el pueblo de su infancia, Manafría.

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