jueves, 17 de agosto de 2017

La orilla de las letras: Reseña: EL SUICIDIO DE SAÚL, de Carlos Eugenio Lóp...



Mi perro es un ser inteligente, estoy convencida de ello. Se esconde para que no le pasee (no le gusta la calle, ni la gente, ni los otros perros), busca siempre la manera de hacer nuevas travesuras, me consuela cuando estoy triste. No lo imagino, sin embargo, divagando sobre su propia existencia y otros temas de gran transcendencia. Aunque, ¿y si lo hace y no me doy cuenta? Igual que Schopenhauer, el perro narrador de La muerte de Saúl, la novela de Carlos Eugenio López de la que os hablo a continuación.
Schopenhauer se encuentra de nuevo en la perrera. Tras siete años con un dueño, ha vuelto al punto de salida. No lo hace con las manos vacías, sin embargo: de sus siete años como perro doméstico trae muchos conocimientos sobre muy diversos temas y la verdad de lo que ocurrió la tarde en la que su dueño, presuntamente, acabó con la vida de dos personas. Por supuesto, esto no ayudará a su dueño en el juicio, pero sí a los lectores a comprender muchas cosas. ¿Qué ocurrió realmente aquel día? 
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lunes, 14 de agosto de 2017

"La ínsula inefable" o cuando los diplomáticos se convierten en escriotres

El diplomático “escribe como persona, porque es persona”, pero también “escribe para el Estado, es sus ojos, sus oídos, su intuición en otro Estado, lo representa y negocia en su nombre”, explicó a The Diplomat el actual embajador de España en Francia, Manuel Montobbio, autor de los poemarios Mundo. Una geografía poética y Guía poética de Albania y de numerosos ensayos, como el muy reciente Ideas Chinas. El ascenso global de China y la Teoría de las Relaciones Internacionales.

Diplomacia y literatura conviven muy bien. De hecho, la literatura ha sido para mí una herramienta sin igual para conocer las sociedades y los países en los que he estado destinado”, declaró a The Diplomat el director general para Europa del Ministerio de Asuntos Exteriores, Juan López-Herrera.

“Por el contrario, diplomacia y escritura conviven mal”, matizo. “Sólo he conseguido escribir dos novelas (La cream coneshion y La ínsula inefable, publicada este mismo año) y una narración corta (Breve relación del verdadero encuentro de dos mundos) en casi treinta años de carrera y puedo asegurar que no es por falta de ideas ni de ganas”.

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viernes, 21 de julio de 2017

MIguel Sáenz y "Territorio" en La Luna de Alcalá

Desde la Biblioteca de Babel

En 1980, el premio de Alcalá-Narrativa en su segunda edición, se le otorgaba a Miguel Sáenz por Memsahib, un relato construido con las cartas que el protagonista escribe desde Nueva Delhi a Natacha en Madrid, una mujer casada (memsahib). Ninguna llegará a su destinataria porque su autor se negará a ponerlas en el correo. Sin embargo el lector descubrirá en ellas, con pinceladas certeras, parte de los secretos de un sugerente pero complejo territorio sobre el que Flashman, el personaje creado por MacDonald Fraser, afirmaba: «Tal vez haya países mejores que la India para un soldado, pero yo no los he visto». Cita con la que se abre la narración epistolar de un funcionario que, integrado en una delegación europea, pasa unos días en aquel atractivo pero complejo país; experiencia que trata de compartir con un amor lejano e imposible.


Samuel Beckett en casa
Algunos meses más tarde de la concesión del premio, tuve ocasión de conocer personalmente a su autor. No en vano yo había sido artífice, en parte, de la creación de esos premios locales de narrativa y poesía que intentaban –a través de su publicación y jurados de prestigio– dar a conocer nuevos valores en dos géneros tan desatendidos por crítica y público. Durante bastante tiempo también fui responsable de su materialidad gráfica. Por eso cité en mi casa a Miguel Sáenz, para tratar del diseño de su libro. Cuando le abrí la puerta creí encontrarme con Samuel Beckett, su físico y su seriedad me hicieron pensar que tal vez había estado esperando a Godot. La conversación fue distendida y aceptó desde el primer momento mi idea para la cubierta. Ante su segundo apellido le comenté que yo conocía a un militar paracaidista en Alcalá llamado Sagaseta. «Es mi hermano», me respondió.
De Larache a Thomas Bernhard
Hijo de militar, Miguel Sáenz nació en 1932 en Larache ciudad al noroeste de Marruecos que por entonces pertenecía al Protectorado Español. Aparte de recordar que allí, ocho años antes, había nacido también el efímero novelista Luis Martín Santos y donde hoy están enterrados Jean Genet y Juan Goytisolo; aquella ciudad a orillas del río Lucus y del Atlántico supone para mí la evocación de un tiempo ya lejano, y por tanto romántico, que aún creo adivinar en el cartel que realizó Mariano Bertuchi para su promoción turística. A lo largo de estos casi cuarenta años, me he reencontrado continuamente con Miguel Sáenz en las páginas de los libros; desde aquella curiosa novela suya: Homenaje a F.K. (Ed. Planeta) hasta las traducciones del teatro de Brecht, algunas obras de Günter Grass, los inquietantes textos de W. G. Sebald… pero sobre todo en la controvertida figura de Thomas Bernhard que me descubrió con Una biografía (Ed. Siruela) y me obligó a ahondar en gran parte de la obra traducida del escritor austriaco, hasta llegar a Maestros antiguos (Alianza Ed.) desolador testimonio que nos aboca continuamente al morboso deseo de cambiar el nombre de Austria por el de España. Hace diez años coincidí con él en el Teatro Valle-Inclán. Se estrenaba Ante la jubilación, de Thomas Bernhard; traducción suya y dirección de Carme Portaceli. No me atreví a saludarle, temí que no me recordaría. Lo observé de cerca y comprobé que, con el paso del tiempo, a mi samuel beckett particular el pelo blanco le había inferido una atractiva serenidad a su rostro.
Territorio y Miguel Saenz
Cubierta de “Territorio” (Ed. Funambulista) y Miguel Sáenz.

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lunes, 3 de julio de 2017

Miguel Sáenz, memorias río arriba, árbol adentro (El Cultural)

Traductor de Bertolt Brecht, de Günter Grass, de Faulkner y Kafka, Miguel Sáenz ha publicado un libro de memorias que he leído con creciente interés. La verdad es que el ejercicio de sinceridad sin aspavientos que hace el autor mantiene la atención y además emociona. Hijo de militar, las palabras honor, dignidad, honradez, lealtad, tuvieron para él desde niño una significación de singular calado. Educado por los marianistas en el África española de la posguerra civil, Sáenz se esfuerza por contener la admiración que le suscita la figura de su padre. El niño vivía la novela vital del cabeza de familia, mutilado de guerra, con asombro. Se refiere a Sidi Ifni, que yo visité por cierto en el último vuelo de la avioneta del ABC verdadero, cuando el terremoto, y luego escribí un editorial por el que me dieron el Premio Luca de Tena 1960. Pero Sáenz, que titula su libro Territorio, se detiene más en Tánger, tal vez porque a sus oídos infantiles llegaban las consignas, “por el imperio hacia Dios”, de los falangistas ilusos de la época: “Tánger nuestro es, Gibraltar vendrá después”. “Tánger, de hecho, -escribe- marcó a toda nuestra familia”.

Como tantos otros militares, y en contra de lo que se cree, (el propio Miguel Sáenz es jurídico del Aire), su padre era un hombre muy culto que devoraba los libros y, en los almuerzos familiares, el niño Miguel escuchaba debatir sobre La montaña mágica, de Thomas Mann, o Por siempre ámbar, de Kathleen Winsor. Tuvo, sin embargo, el autor de Territorio la suerte de leer los tebeos y los libros propios de la infancia y la adolescencia. Aparte la revista Chicos, y tal vez El guerrero del antifaz, las aventuras de Guillermo, el niño rebelde de Richmal Crompton, las novelas de Emilio Salgari y de José Mallorquí eran sus lecturas preferidas. Después fue llegando, poco a poco y a su debido tiempo, la gran literatura, las Novelas ejemplares de Cervantes y hasta las Odas de Horacio, que el autor, haciendo alusión a Leuconia, asegura que todavía las recita de memoria. José Mallorquí, por cierto, autor de Tres hombres buenos y del centenar de novelas de El Coyote, se suicidó con el viejo revólver que utilizaba su personaje, un colt calibre 45, acción simple, modelo Paterson.


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Viaje al paraíso perdido de la infancia con Miguel Sáenz

Se puede ser una persona con prestigio, un traductor reconocido, un miembro de dos academias de la lengua, la española y la alemana, y , al mismo tiempo ser un descubrimiento literario?
Parece que sí.  Miguel Sáenz (Larache, Marruecos, 1932) lo ha hecho: sorprender, a los 85 años, cuando ya se está en la recta final de la vida, con Territorio (Funambulista), una pequeña obra que es memoria, recuerdo, historia, relato y testimonio. Él, que ha traducido a escritores como Franz Kafka, Bertol Brecht, Thomas Bernhard, Günter Grass y Peter Handke, y a otros autores de lengua francesa e inglesa, como Faulkner y Rushdie, además de traductor en la ONU.
“Desde hace medio siglo paseo por el mundo una novela (…)”.  Así comienza Sáenz para llevar de la mano al lector a través de su novela construida con la finura de los recuerdos y la delicadeza con la que los repasa para configurar un territorio que es lugar, Sidi Ifni, y también infancia. Allí vivió como hijo de un general de infantería.
Con una escritura transparente, limpia, sin alardes y, por lo mismo, bella, Sáenz se aproxima a geografías que fueron y que no volverán a ser. Es lo que dice quien ya no tiene que conquistar a nadie.

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