martes, 29 de octubre de 2013

"La segunda Lady Chatterley" en Sonograma Magazine y en el Diari de Tarragona



La segunda Lady Chatterley Creo recordar que la primera edición de Lady Chatterley’s Lover traducida al español fue el año 1946 (Buenos Aires). La novela más famosa y provocadora de David Herbert Lawrence (1885-1930) llegó a España, después de los largos años de la censura de la dictadura, el año 1976. La relación entre un obrero y una mujer de clase alta con descripciones muy explicitas al sexo se publicó en tres versiones y el escándalo que provocó esta feroz crítica a la hipocresía social sobre el sexo marcó la vida del escritor británico, para bien y para mal.
Esta narración fue redactada tres veces; hay pues tres versiones de Lady Chatterley’s Lover. La editorial Funambulista publica, ahora, la segunda versión de esta novela erótica que fue escrita en la primavera de 1927.
Juan Max Lacruz Bassols, traductor i presentador de la nota de la presente edición, puntualiza algunos aspectos diferenciales respecto a la primera versión. El personaje más diferente es el guardabosque de la casa familiar de Wragby Hall, el hogar de Constance y Sir Clifford. Si en la primera versión, el amante de Constance es Oliver Mellors, un oficial del Ejército convertido en guardabosques, en esta versión, Oliver (Parkin), el amante (vestido de pana verduzca acanalada), es un herrero en la mina tosco, de lenguaje vulgar, y sin ninguna educación. También nos advierte el editor, que han traducido el lenguaje vulgar del guardabosque utilizando vulgarismos y formas dialectales castellanas marcándolos en cursivas. Es algo que sorprende a la mirada lectora.

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martes, 22 de octubre de 2013

"La puñalada" reseña de Adolfo Caparrós en Análisis Digital

"La puñalada" reseña de Adolfo Caparrós
 http://www.analisisdigital.org/2013/10/21/grandes-momentos-de-la-historia-contemporanea-3/

http://bibliotecaceu.wordpress.com/2013/10/22/la-punalada-de-maria-vayreda/

http://elrincondeadolfo.wordpress.com/2013/10/22/la-punalada-de-maria-vayreda/

jueves, 10 de octubre de 2013

Artículo sobre "La dulce", de Dostoievski, en el suplemento Culturas de La Vanguardia


Reseña sobre "Muerte de un Papa", de Piers Paul Read, en el blog Miscriticassobrelibrosleidos

Cuando los extremos por muy buenas intenciones no son lo mejor.          

Últimamente siempre que la Iglesia Católica y la religión entra a formar parte de una trama literaria es para este uso tan común y en muchísimas ocasiones cargado de polémica. La cantidad de libros que tratan de desarrollar la trama con esta temática, buscando en muchas ocasiones llegar al lector gracias al morbo y el empleo partidista de las leyendas o mitos que se han generado, la facilidad para conseguir este morbo en mucha parte tiene la culpa la propia iglesia por su hermetismo y su inmovilismo, hacen que libros que a una primera vista parezcan iguales que los anteriores y en muchas ocasiones insulsos hacen que otros puedan pasar desapercibidos a su pesar.


Esto es lo que puede ocurrir con la novela de la que os estoy hablando, con un pequeño resumen de su sinopsis, en la que entra a colación la iglesia católica, el papado, sus intrigas, todo mezclado pensaríamos en una más, otra que vuelve a vendernos los secretos y escondrijos para desvelar una verdad que juega con el imaginario de las personas y por suerte aquí herraríamos en nuestra percepción. Si la iglesia es el eje central en el que se apoya el autor para narrarnos una historia, pero solo como soporte para introducirnos en el mundo de la intransigencia y los extremos, en este caso usando un extremismo religioso católico, pero que podría trasladarse a cualquier otro extremismo, estos mismos personajes los podemos sustituir por cualquier religión y líderes.

Por desgracia para el mundo en el que vivimos el fanatismo es algo con lo que no es que convivamos en nuestra vida diaria pero si algo que estamos viendo, sintiendo y sufriendo en algunos casos. El autor nos mete por un mundo oscuro y complejo como son los grupos terroristas y a partir de estos capítulos que son simplemente una forma de mostrarnos que cualquier fanático de cualquier ideología no tiene mayor diferencia con otro que la propia de un ser humano con otro. A partir de aquí con una historia principal y varias tramas en la que se mezcla la religión, el amor, nos vamos introduciendo tanto en esa iglesia oficial, con toda su pompa y problemas y como no en lo que podemos llamar la iglesia del pueblo, la iglesia de la calle en la que nos va dando el autor las pinceladas de las distintas corrientes que existen.

martes, 8 de octubre de 2013

Mirar al fondo del espejo ("El hundimiento", de Francis Scott Fitzgerald, enla revista Estado Crítico)


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Manolo Haro
Francis Scott Fitzgerald invitó a Ernest Hemingway a comer allá por los veinte parisinos en el restaurante Michaud, en la esquina de la rue Jacob con la rue des Saints-Pères. Hablaron de trabajo y de algunos personajes de la colonia americana en la capital francesa que hacía tiempo que no se cruzaban por la ciudad. En los postres, acompañando un pastel de cereza con la última jarra de vino, Fitzgerald le hizo una serie de confesiones a Hemingway que dan la medida exacta del contorno de su sombra, de cómo el autor de Tender is the night fue en parte un hombre atribulado a pesar del brillo de sus charoles y de la prestancia de sus abrigos. La revelación aludía al conocimiento en el sentido bíblico de una sola mujer (Zelda Fitzgerald, esposa) y a la nota de sexología dada por la misma: “Zelda dijo que, por mi constitución física, nunca podría hacer feliz a ninguna mujer y que por eso se disgustara en un principio. Me explicó que era una cuestión de medidas. No me volví a sentir igual desde que ella me lo dijo y tengo que saber la verdad”. Tras estas confidencias, el acomplejado novelista obligó a su colega a que lo acompañara al baño, para mostrarle allí la flor de la ignominia. Hemingway, rubicundo e hiperbólico, le dijo que sería conveniente que cruzaran el Sena y fueran al Louvre a ver estatuas, que ellas le mostrarían al joven muchacho de Minnesota que su pene era normal y que lo que decía Zelda eran cosas de loca. Al maduro Scott no le convencieron estas visiones supuestamente canónicas de cuánto ha de medir un miembro medianamente normal.
Lo que narro en el anterior párrafo lo publicó Hemingway en A moveable feast a comienzos de los 60, a un año vista de descerrajarse un tiro en la boca. Se trataba de un ajuste de cuentas con la memoria que afortunadamente el bueno de Fitzgerald nunca leyó. Si hemos de confiar en la veracidad del detalle de tal historia, no queda más remedio que compadecer al autor que nos ocupa. Entre la maledicencia de su amigo, que no se redujo sólo a estas líneas (en Las nieves del Kilimanjaro alude a él con nombre y apellidos como un individuo tendente a la depresión por nimias y evidentes cuestiones) y los apuntes urológicos de su esposa, el hombre se llevó lo suyo.
Francis Scott Fitzgerald fue un autor-gozne: su nacimiento finisecular (1896) le dio la oportunidad de degustar los últimos resabios románticos que quedaban en el ambiente e inhalar los febles vapores de la despreocupada felicidad de los años veinte. Mitificó París y la ‘Côte d’Azur’ (las piedras de Niza guardan el sonido de aquel tiempo), las orquestas de jazz y la vida indolente de los ricos a los que odiaba pero a los que siempre quiso emular. Esos rescoldos del Romanticismo extinguido iluminando la cabecera de su cuna hicieron de alguna manera que sus grandes novelas hablaran de sus obsesiones, aunque al lado oscuro de su corazón le pusiera una sordina. Antes de llegar a la etapa de confesiones literarias, escribió en un artículo: “Tenemos dos o tres experiencias grandes y conmovedoras en la vida (…) luego, mal o bien, aprendemos el oficio, y entonces contamos nuestras dos o tres historias –cada vez de una forma nueva– quizás diez o quizás cien veces, hasta que la gente se cansa de escucharnos”. A pesar de la verdad que esconde esta afirmación para la mayoría de los literatos, Fitzgerald aún no había puesto el dedo en la llaga más íntima de su ser, aún quedaban por la galaxia de sus sentimientos ciertas cuentas sin saldar que hay que recomponer a partir de sus cartas, de las voces de otros y de estos artículos que componen The Crack-up, El hundimiento para los traductores de la editorial Funambulista.

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Primera traducción al castellano de ‘La segunda Lady Chatterley’ (ElPajarito.es)



La editorial Funambulista ha publicado recientemente la primera traducción –obra de Gonzalo Gómez Montoro, colaborador de ElPajarito.es, y de Max Lacruz– de La segunda Lady Chatterley (John Thomas and Lady Jane), segunda versión, hasta ahora inédita en castellano, de la definitiva El amante de Lady Chatterley, probablemente la novela más conocida de D.H. Lawrence.

Subtitulada John Thomas and Lady Jane (nombres que daba el autor británico a los órganos sexuales masculino y femenino) es la segunda de las tres versiones de El amante de Lady Chatterley que el autor escribió.

Inédita hasta ahora en español, según la editorial supera en muchos aspectos la tercera y canónica versión, y presenta suficientes diferencias como para ser considerada una novela aparte, empezando por la caracterización de los personajes. El guardabosques ya no es un antiguo oficial del Ejército, sino un minero, con lo que la diferencia de clase social con Lady Chatterley es mayor, y la naturaleza juega un papel orgánico en la trama.

Asimismo desaparece, en esta ambiciosa versión que el autor decidió no publicar, parte de sus teorizaciones, en beneficio de una mayor riqueza psicológica de los personajes. La segunda Lady Chatterley narra, pues, “de otra manera” la célebre historia de amor imposible entre una noble y su subalterno en la Inglaterra de después de la I Guerra Mundial, así como la crónica de un mundo dividido entre explotadores y explotados bajo el fantasma de los totalitarismos.

A decir del editor –que ya prepara también la primera versión de la novela–, esta segunda versión que ve ahora la luz en castellano se publicó por primera vez en una traducción italiana en el año 1954. Su versión original inglesa –en la que se ha basado esta traducción al castellano– tuvo que esperar hasta 1972, y la traducción francesa a 1977.

martes, 1 de octubre de 2013

Cartas de amor, de Pessoa, en Análisis Digital


Cartas de amor, de Fernando Pessoa[1]
Aunque la referencia sea del cine, no me resisto a citar una de las últimas referencias de Una mente maravillosa, dirigida por Ron Howard e interpretada magistralmente, según mi modesta opinión –las hay para todos los gustos- por Russell Crowe, no es literal, pero en ella, el protagonista, un eminente matemático dice al recibir el Premio Nobel, no he visto en mi vida ecuaciones más difíciles que las del amor, insisto en que la cita no es literal.
En definitiva, este exordio -o parte inicial de un discurso- tiene la finalidad de poner en valor el libro que hoy recomendamos Cartas de amor, de Fernando Pessoa –Editorial Funambulista- ya que sorprenderá a nuestros lectores el tono infantil y juguetón de dichas misivas que posiblemente esperen pasión, romanticismo y erudición.
Para desentrañar la difícil ecuación de los sentimientos amorosos de Pessoa no hay mejor guía que la propuesta en el postfacio, esta vez sí, he hecho caso y lo he leído al final, escrito por Isabel Lacruz. Se nos aclaran aquí múltiples cuestiones relativas al único amor conocido de Fernando Pessoa. La primera que se nos aclara es que su propia familia desconocía esta relación durante la vida del poeta.
También es muy interesante la aportación de un estudio psiquiátrico de la personalidad del autor sacado a la luz en esta edición según el cual hay aspectos muy importantes en lo relativo al amor imposible entre Ophélia Queiroz y el propio Fernando Pessoa. Aspectos que están presentes en las cartas y de los que tanto ella como él serían conscientes. Por ejemplo, la prioridad absoluta que el autor dio a su obra frente a todo lo demás o los problemas del autor con la bebida que acabarían causándole la muerte, otro, que se antoja decisivo es el que se refiere al escaso dinero del que disponía el poeta al trabajar dos días a la semana, derivado este problema del primero y más importante, el de dar prioridad absoluta a su labor literaria.
Sorprende que Ophélia Queiroz estuviera dispuesta a transigir con todo esto a la hora de casarse con Pessoa y que, pasados los años, confesara que pese al respeto que le profesaba a quien a la postre fuera su marido, el gran amor de su vida fue el de Pessoa, un amor lleno de idas y venidas, de reproches, de resfriados provocados por la espera de una amada, o de un amado, que nunca llegaban a tiempo y que al final nunca terminaría en matrimonio.

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Este jueves 3 de ocutbre, en el centro cívico de Otxarkoaga, Bilbao, preestreno de "Las cartas de Berlín", adaptación teatral de la homónima novela de Rafael Sierra que en breve publicará Editorial Funambulista