lunes, 17 de septiembre de 2012

"Muerte en el Café Gijón" en Melibro



MUERTE EN EL CAFÉ GIJÓN
RUBÉN LOZA AGUERREBERE
A veces no se necesita ningún motivo para acabar con la vida de otro ser humano. Algunos homicidas cometen crímenes al azar (asesinan de forma aleatoria: por ser la trigésimo sexta persona con la que se cruzó esa mañana de camino al trabajo, por llevar una bufanda blanca o simplemente porque esa idea surcó su cabeza) o ven el arte del asesinato como un desafío, un reto que se plantean y que se esfuerzan por llevar a cabo, convenciéndose a sí mismos de que pueden hacerlo siempre que les apetezca. En ocasiones, el homicida, es el ser más insignificante. Y algunas de estas ideas son las que atraviesan la mente de Juan María, un químico jubilado, de paso por Madrid que entra a tomarse algo en el Café Gijón. Primero lanza una pastilla en el baño y cuando se cerciora de que apenas hay gente y nadie le ve, vierte otra pastilla dentro del café que está a punto de tomarse uno de los clientes. La persona que morirá será Fernando, un escritor que acaba de publicar un libro titulado Matar a los muertos. Con esta premisa se inicia la sugerente novela de Rubén Loza Aguerrebere titulada Muerte en el Café Gijón, editado por Funambulista.
Sin embargo, la grandeza de la novela estriba en que el crimen de Fernando Vicente se disfraza de suicidio y todas las personas que conocían o mantenían algún tipo de relación con él se empiezan a sentir culpables. Así, el periodista que realizó la crítica feroz de Matar a los muertos cree que ha sido él quien lo ha inducido a la muerte. Eso mismo pensará Esteban Santillán: ¿acaso no fue su indiferencia hacia Fernando lo que le mató? ¿O tal vez Carla, su hermana, por escribirle aquella carta? ¿O a lo mejor fue Carmen? El acierto de la historia no está en la búsqueda del asesino sino en que aquí todos los personajes se creen culpables, excepto el tipo que derramó el veneno sobre su taza: el único inocente. Se trata de una novela policíaca, pero a la inversa. La trama esta urdida de tal forma que todos creerán que son los culpables de la muerte del joven.

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