viernes, 7 de septiembre de 2012

Artículo de Ángel Vivas en El Mundo sobre "Bajas esferas, altos fondos", Jesús Pardo

La otra cara de “La colmena”
Jesús Pardo publica “Bajas esferas, altos fondos”
Jesús Pardo dedica su novela más reciente, Bajas esferas, altos fondos (Funambulista) a su mujer y a su amigo Camilo José Cela; a este último, “en póstumo tributo de cariño y decepción”. Lo del cariño se explica por la amistad que les unió, que llevó a Cela a romper su costumbre de no presentar novelas para presentar una de las primeras de Jesús Pardo. “Cela era muy amigo de sus amigos, hacía por ellos lo que fuera, menos darles dinero”.
Lo de la decepción quizá no necesite explicación, pero Pardo la da, refiriéndose a “lo grotesco de sus últimos años, indignos de él”. Pero hay un motivo más, y quizá más importante, para la dedicatoria. Y es que Bajas esferas, altos fondos surge de una relectura de La colmena. “Cela sólo habla de gente plebeya, y pensé que faltaba la clase alta para dar la imagen completa de la sociedad española de los primeros años del franquismo, porque una dictadura como la de Franco lo empapa todo y afecta a todos”.
La novela de Pardo tiene un claro tono humorístico porque, como dice él, “es imposible hablar en serio de un régimen como el de Franco; tienes que tomarlo como algo que no tiene razón de ser, pero es”. “Si te lo tomas en serio y no eres historiador, haces el ridículo; hay que tomarlo como una anomalía”.
De modo que en Bajas esferas, altos fondos abundan los episodios chuscos, pero sacados de la estricta realidad (Jesús Pardo se reconoce un escritor al que le resulta difícil inventarlo todo), como el de un aristocrático embajador español liado con una no menos aristocrática británica, casada con un antiguo miembro de las fuerzas especiales, el cual usará los métodos aprendidos en el ejército para vengarse del español.
“Es una novela fotográfica, o mejor, caricaturesca”, dice Pardo. “No he inventado casi nada. Si el mérito reside en la invención, esta novela no lo tiene”. Además de personajes como los citados, por la novela desfilan periodistas corruptos, la clase política del régimen y el propio Franco, al que ni una sola vez se le llama por su nombre, sino por una amplia lista de títulos sarcásticamente laudatorios.
Con espléndida salud a sus 85 años, Jesús Pardo tiene aparcado su viejo proyecto de escribir un diario narrando una decadencia física que, de momento, no aparece. El caso es que siempre ha dado la impresión de ser capaz de enfrentarse a la muerte y aguantarle la mirada. La última vez que vio a su amigo Cela, éste, que moriría poco después, estaba derrengado en un sofá del hotel Ritz, y mantuvieron un breve y significativo diálogo. “Vamos a despedirnos ¿no?”, dijo Cela. “Me temo que sí”, replicó Pardo.
Ahora él, en la última vuelta del camino, sigue haciendo algo que ha hecho siempre: aprender idiomas. Y por aquello de que vejez llama a vejez, está metido con el egipcio faraónico, además de con el suahili. Y, como siempre, la charla con él se puede extraviar con toda naturalidad, por esas dos culturas o por una cita de Tito Livio sobre el sistema político de los germanos. Un personaje, Jesús Pardo.

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