viernes, 19 de junio de 2015

"La dulce", de Dostoievski, en La Cueva del erizo

Dicen que Dostoievski es el mayor conocedor del alma humana. Desde luego, anda muy cerca de él. Abrumada con esa empatía que sólo consiguen los clásicos de genios literarios, que por más actual que sea el término, la capacidad de mostrar los sentimientos con la destreza ágil y profunda, el regusto intenso y dramático que nos deja alguien que hace literatura sin apalear dicha palabra, no es más que un don al que a muy pocos les es concedido. Personalmente, a ellos le debo el reforzar mi placer por los libros, dejar que los utilice como arma sofisticada de enriquecimiento interior y de convicción, cada vez más radical, de que todo no es literatura, cada cual que ponga su límite, pero todo lo que se vende como tal no es literatura. Para ello está La dulce hoy conmigo, para hacerme sentir que la buena literatura nos cura y nos salva, no hace seguir creyendo en mentes brillantes capaz de cambiar vidas importándonos algo menos que la mediocridad tome paso, incluso las riendas, donde no lo merece. Dostoievski es hoy mi particular salvavidas.

la-dulceEl cuerpo de su esposa suicida yace sin vida encima de una mesa mientras él, observándolo incrédulo intenta reconstruir en un soliloquio desbaratado lo que ha ocurrido, qué le ha llevado a esa situación. Intenta poner en orden sus ideas de un modo desperdigado, intenso, siguiendo el camino de la emoción y el desconcierto del momento. Poco a poco su relato va tomando forma, dirigiéndose en ocasiones a un público imaginario, incluso solicitando cierto feedback por parte de éste. Es a veces un monólogo delirante, otras, una sucesión temporal de su vida establecida tras un conjunto de convicciones y acciones claras para llegar a un objetivo madurado. Todo se desvanece con el fatal desenlace de la esposa, pero él intenta llegar a la conclusión, al porqué, utilizando este método catártico donde todos somos espectadores de una especie de obra teatral con un monólogo como trama. Una relación de pareja silenciosa, de incomunicación como estrategia para un fin que no se cumple, una respuesta clara dada a sí mismo tras toda la introspección realizada y que hace que “se le caiga la venda”, que aparezca la revelación. Con el remordimiento que acompaña a la culpa, esta novela corta de 1876 tiene muchos ingredientes de otras obras del admirado autor ruso: personaje que roza lo miserable, atormentado y alejado de la sociedad. Utiliza la suerte como factor imprevisible y definitivo de la propia vida. Un sinfín de detalles que se aprecian en poco más de cien páginas, a paso lento, saboreando con la mayor tranquilidad que nos permita una lectura maestra como La dulce.

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