lunes, 12 de diciembre de 2011

"Cartas que prenden la mecha de la literatura y la revolución" (artículo sobre "Correspondencia" en Público)

Maxim Gorki (1868-1936) escribía con una voz crispada. En la lectura de su prosa, uno se imagina la sombra de tensión en sus ojos ante lo que narra. Ocurre en novelas excepcionales como La madre, una de las mejores descripciones de la Rusia pre-revolucionaria. O en el drama Los bajos fondos. Por el contrario, en Anton Chéjov (1860-1904), el lector halla templanza y evoca al escritor de Tío Vania pensativo ante su mesa de trabajo mientras recibe en su rostro el frescor del clima de Yalta intentando recuperarse de su impenitente tuberculosis. Crítico con lo que le rodea, pero con una calma que no se atisba en Gorki ni por un segundo.
No obstante, estos dos temperamentos antagónicos dieron rienda a una de las más estrechas amistades literarias de finales del siglo XIX y principios del XX como demuestra la Correspondencia (1898-1904) que acaba de publicar por primera vez en español la editorial Funambulista. Un intercambio de misivas entre dos genios distintos que se entendieron por el amor a la literatura "excitante, vibrante, que no se asemeje a la vida, sino que la supere", según escribe Gorki, a la revolución y a las confesiones que permiten nuestra supervivencia ante los embates de la vida.
En el posfacio de este volumen, Rubén Pujante Corbalán tacha de diálogo existencial el cruce de hasta 89 cartas (48 y seis telegramas por parte de Gorki y 35 de Chéjov) en apenas seis años. Fue Gorki quien inició la secuencia en 1898, febrilmente entusiamado con la obra de Chéjov. Con una prosa bastante apasionada, le incita a charlar sobre la literatura de la época y como a un pigmalión, le pide consejo para sus próximas obras, a pesar de que ya empezaba a ser un autor conocido. El autor de El jardín de los cerezos, cual maestro subyugado ante un alumno talentoso, le responde no sin cierta crítica: "Suprima, allí donde sea posible, los adjetivos y los adverbios (...) Eso no se inscribe de un golpe en el cerebro, y la literatura debe grabarse de un solo golpe, al segundo".
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