viernes, 15 de marzo de 2013

El asunto Lemoine, de Marcel Proust, en Análisis Digital

Estafa finisecular

Si nos asombramos de la corrupción que avanza puestos de manera firme en las preocupaciones de los españoles, en nuestra propuesta de hoy El asunto Lemoine, de Marcel Proust –Editorial Funambulista- descubriremos que la estafa a gran escala y el pelotazo rabioso ya estaban de moda en la Francia de principios del siglo XX y finales del XIX.
Lemoine fue un avispado personaje que consiguió convencer a los principales explotadores de las minas de diamante del mundo de que era capaz de fabricar la piedra preciosa a partir del carbón.
Se inventó una fábrica y asustó de tal manera a los principales magnates que obtuvo una poderosa suma de dinero a cambio de su silencio. Como buen estafador se fugó esquivando el juicio por su delito.
Marcel Proust, se hizo grande por su saga titulada En busca del tiempo perdido. Son célebres las magdalenas que evoca en el primer título, Por el camino de Swann. En esta serie encontramos a un Marcel Proust muy detallista de párrafo largo y profundas reflexiones. Por eso, nuestros lectores se verán sorprendidos por la brevedad y concisión de la obra que nos ocupa. Un estilo bastante ágil para lo que se llevaba entonces nos introduce en la parodia de autores que estaban en auge entonces, como Gustave Flaubert, Ernest Renan o Saint-Simon.
La propuesta es que estos escritores eran quienes firmaban los capítulos del libro, aunque realmente era el propio Proust quien los escribía parodiando la grandilocuencia y el academicismo de la época.
Otro de los asuntos del libro es la pompa cortesana que, pese a la Revolución Francesa, presidía aquellos tiempos. Lo que se conocía como “ecos de sociedad” está atinadamente parodiado y llevado al ridículo con maestría fiel a lo que se podía leer en la prensa de principios del XX tipo New York Times, Le Constitutionnel o Le Figaro.
Ahora que se han puesto de moda series como Gran Hotel o Downton Abbey, nuestros lectores podrán disfrutar de este libro escrito entonces y no de una literatura vintage que también tiene mucha aceptación y que, evidentemente, se ha tenido que documentar en los libros y periódicos de la época.

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