viernes, 7 de diciembre de 2012

Muerte en el Café Gijón en El Imparcial


Se nota que hace años que no voy por Toledo. Tantos que, en mi anterior columna, emplacé el asador de “Cándido” allí, en vez de en Segovia. Pero vamos, que tenía más en mente fomentar eso del cochinillo que el tema geográfico. Pido disculpas de todos modos, pues nada más lejos de mi intención que contribuir a excitar los ánimos del soberanismo segoviano…
Tampoco es Toledo el único sitio donde he dejado de prodigarme. Por ejemplo, desde que abrí casa en Sevilla, no sé si perdí mi silla, pero está claro que mis apariciones por el “Café Gijón” principiaron a espaciarse. Tampoco me conté nunca, la verdad, entre los asiduos de toda la vida. Que recuerde, lo frecuenté especialmente en una época en que quedaba citado allí con Jesús G. de la Torre, una vez a la semana, para divagar sobre las andanzas de Rafael de Paula. No los martes, claro, pues, ese día, él tenía en otra mesa la tertulia de pintores con Juan Giralt, Joaquín Pacheco, Pérez Vicente y otros. Jesús me metía prisa para rematar mi “Diario de un paulista”, estancado en brazos de la pereza inoculada por mi vida noctámbula de entonces, y casi, casi me obligaba a llevarle un nuevo capítulo cada semana. Lo cierto es que terminé ese libro gracias a su empeño.
En aquellos encuentros, coincidía mucho con Gonzalo Torrente Malvido y Mariano Tudela, y a veces se nos unían por un rato Pepe Dominguín o Pepe Díaz. Este último, no era de Paula. Le gustaban los toreros bastos y arrojados. De todos modos, alguna que otra tarde se adosó a nuestra reducida reunión.
De lo que nunca fui testigo ni tuve noticia fue de ningún asesinato, y menos del cariz del imaginado y relatado por Rubén Loza Aguerrebere en su novela “Muerte en el Café Gijón” (Funambulista), una intriga en la que, como señala en el postfacio Germán Yanke —quien, lo mismo que Vargas Llosa, hace un cameo en la trama- hay que averiguar no la identidad del culpable, sino la del inocente. Una ficción sobre la maldad desnuda, sobre el mal sin otro motivo ni más causa última que el susurro deslizado en el oído de su ejecutante por el Gran Seductor. Ese Mal con mayúsculas que, para nuestro pavor, no deja ni siquiera la huella del remordimiento. Algo muy grave, pues es en esa punzante sensación de culpa donde reside, a veces, el homeopático remedio que vuelve a encarrilar a uno por la correcta senda: en la distinción —a menudo, tan nítida- entre el bien y el mal. La conciencia de esa barrera separatoria es una de las cosas buenas que aporta, lector, haber sido educado en colegio de curas (o de rabinos o ulemas, castas tampoco mancas en esos menesteres).

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