lunes, 30 de julio de 2012

"Nos hallamos, pues, ante una gran escritora joven. Y lo aclararé. Digo que es una gran escritora porque domina los resortes de la narración: sabe cómo contar una historia" (Rubén Castillo sobre "El caso del bar Balto")




La escritora se llama Faïza Guène y, en condiciones normales, a usted le sonará poco o nada. Es normal. Se trata de una chica muy joven (nació en 1985), parisina de origen argelino, como su ilustre predecesor Albert Camus, que se dio a conocer en 2004 con una novela titulada Mañana será otro día, muy fresca y muy sugerente, que ha triunfado en medio mundo. Ahora publica en España su texto El caso del bar Balto, que Alicia Huici Montagud traduce para el sello Funambulista. Y en esta nueva obra Faïna Guène confirma todas las expectativas que se habían generado con sus anteriores páginas, porque consigue una novela ágil, directa y de apariencia tan sencilla como cautivadora.
El modo de estructuración de la misma no puede ser más transparente: en primer lugar, nos presenta en media docena de capítulos a los personajes que la habrán de protagonizar; y luego va haciendo que en los sucesivos capítulos desfilen ante un responsable de la policía, para que aporten su versión sobre la muerte de uno de ellos. De esa forma iremos conociendo a Joël Morvier, el antipático racista que regenta el bar Balto, un sesentón calvo que terminará muriendo en medio de una orgía de sangre, atravesado por un buen montón de cuchilladas; a Tanièl, un adolescente armenio que arrastra un pasado de cruda violencia escolar (le pegó con dureza al orientador de su colegio y fue expulsado del mismo); a Magalie, una chica de dieciséis años, novia del anterior y auténtico prototipo de niña engreída, pija y sabedora de su belleza, que se gasta un dineral en móvil todos los meses y tiene más bien quemados a sus padres, que no ven con buenos ojos que ande con “el gitano”, que es como llaman a Tanièl; a Yéva, mujer madura y provocativa que, a pesar de tener dos hijos, un trabajo y un marido que no la hacen feliz, incendia la mirada de cuantos hombres se interponen en su camino; a Jacques, el grueso consorte de Yéva, un hombre desilusionado y en paro que se pasa la vida delante de la pantalla del televisor, viendo concursos absurdos; a Nadia y Alí Chacal, los dos hermanos adolescentes cuya familia (de condición muy humilde) se vino desde la ciudad de Marsella hasta la periferia parisina; a Yeznig, el hermano retrasado de Tanièl, un chico que juega a la Game Boy y tiene como máxima aspiración llegar a la presidencia de la república francesa; y a otros personajes por el estilo, que van trazando un panorama de suburbios, pobreza, mezquindad vital y orfandad de horizontes para el futuro, que la autora retrata con pericia sinóptica, sin grandes alardes verbales pero con una excelente finura psicológica y estilística, que se aquilata todavía más en los capítulos finales, cuando todos tienen que ir desfilando por delante de la gendarmería para dar su versión sobre los detalles que rodearon al asesinato de Joël Morvier (que nos reserva una sorpresa de gran calado para las líneas finales, a la que llegaremos con auténtica intriga).

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