lunes, 27 de febrero de 2012

"Cartas de amor", de Mark Twain




Reseña: Pilar Alberdi

Acaba de publicar la Editorial Funambulista las cartas entre Samuel Langhorne Clemens, más conocido por su seudónimo literario de Mark Twain y quien fuera su esposa, Olivia Langdon, «Livy».
La traducción es de Alma Fernández Simón y el postafacio de Rubén Pujante Corbalán.
En estas cartas observamos a un Marc Twain, enamorado de su mujer y de su familia, pero que a causa de su participación en negocios editoriales y, en especial, de los viajes que hacía para dar conferencias, pasaba gran parte de su tiempo fuera del hogar. Así le vemos recorrer América y Europa, en caballo, calesa, tren y barcos. De hecho, hay una carta en que se disculpa por su «mala escritura pero estoy en un carro de caballos...»
Por falta de tiempo, las cartas ofrecen información sin detenerse en detalles, pero como el propio Mark Twain se lamenta, mucho le gustaría detenerse en descripciones. Igual, hablan de sus problemas económicos, de los regalos que ha comprado para las niñas o su mujer, pregunta por sus suegros, y comenta cómo se portó el público en sus conferencias.
El objeto en sí que representa la carta como acto de comunicación nos desvela esos pequeños detalles como las posdatas que en un intento de continuar la conversación se van multiplicando con el simple añadido de P.D 1, PD 2. Una de las cartas incluye un total de 5 posdatas. Y en otra se señala que la fecha con la que se data la carta ya ha pasado porque es más de medianoche.
Quienes vivimos en este tiempo, difícilmente podemos comprender lo que representaba para las personas del siglo XIX, la falta de comunicación inmediata. Cada interlocutor en un punto u otro del territorio se limitaba a imaginar lo que el otro hace o cómo será el tiempo allí. Y aunque lo que se intenta es un diálogo, por momentos tiene la apariencia de un monólogo.
Valgan de ejemplo estas líneas:
«Desde que he escrito la última frase, he estado estudiando la guía del ferrocarril durante un hora, cariño, y creo que podré llegar a casa a última hora de la tarde o ya en la noche del sábado, quedarme allí hasta después de las doce y luego seguir hasta Nueva York, donde puedo descansar todo el domingo y la mitad del lunes... o puede que haya un tren diurno el domingo de Hartford a Nueva York. Ya veré».
Por su parte Livy contesta: «Espero que en Filadelfia esté haciendo una noche agradable. Aquí está lluvioso y desapacible ».
Ella imagina cómo será el tiempo en donde se encuentra su esposo; desea para él lo mejor, y a su vez le cuenta con detalle cómo está el tiempo en donde ella vive. Todos esos datos llegarán días después a los respectivos corresponsales. Mientras él, en un lejano pueblo se contenta con mirar el daguerrotipo que representa a su amada y le canta alabanzas. Y ella se preocupa de contarle las pequeñas anécdotas familiares que vive junto a sus pequeñas hijas.
Ninguno de los dos puede llegar a casa y ponerse la radio o la televisión para sentirse menos solos. Y Mark Twain lo expresa claramente: «Mañana seguramente me levantaré y bajaré a la ciudad, porque tengo que hablar con alguien, estoy lleno de conversaciones».
El auge de los periodistas taquígrafos trajo al dictado de sus conferencias un problema añadido. Con cada nueva presentación de un texto podía hacer un recorrido de muchas poblaciones, pero en cuanto algún periodista tomaba nota de la misma y la publicaba en un periódico se veía obligado a escribir otra conferencia inmediatamente, sino ¿de qué modo podría entretener y sorprender a su público? Le molestaba terriblemente que esos periodistas y, en especial, los dueños de los periódicos, no comprendiesen que de esas conferencias dependía el sustento de la familia. Se lamentaba: «...porque aunque la ley proteja estrictamente lo que un zapatero crea con las manos, no protege lo que yo he creado con mi mente».
La cifra de ejemplares vendidos de algunos de sus libros eran muy altas y cuando piensa en esa historia que escribirá sobre el Mississipi, le dice a Livy, su mujer: «Pero cuando escriba el libro del Mississipi, ¡ojo!, me pasaré dos meses en el río tomando apuntes, y apuesto a que haré un trabajo de calidad».

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