viernes, 16 de septiembre de 2011

Sobre la presentación de "El libro de las nubes" en México

Por
Guadalupe Loaeza

"Siempre estás en las nubes", solían reprocharme, constantemente, mis monjas del colegio francés. Es cierto, entonces, nada me gustaba más que abstraerme de las clases y refugiarme en mi propia nube, sensación que me causaba un bienestar indescriptible. Desde allí, vigilaba si mis compañeras copiaban en los exámenes; desde allí, observaba todo lo que hacía la directora, pero sobre todo, desde allí pensaba que nadie podía alcanzarme y mucho menos invadir mi privacidad. Con ese mismo sentimiento, sentada en mi nube, devoré la espléndida obra de Chloe Aridjis.
Aridjis
Tatiana, protagonista de El libro de las nubes (editorial Fondo de Cultura), ganadora del Premio Mercurio de Francia, como la mejor primera novela extranjera, 2009 (traducida en ocho idiomas y muy elogiada por Paul Auster), empieza a escribir sus vivencias en Berlín, el 11 de agosto de 1986. Entonces tenía 14 años, y acababa de hacer un largo viaje con su familia por toda Europa. Berlín era la última etapa. Una noche, después de cenar, Tatiana fue con toda su familia a una manifestación contra el muro, "la verdadera cara del comunismo", como acostumbraban decir sus padres, al referirse, asimismo, al "ícono de la guerra fría". Eran las doce de la noche, cuando decidieron tomar el metro en la estación de Gleisdreieck. De pronto en medio de un tumulto de pasajeros, Tatiana descubrió a una anciana casi centenaria, con una mascada en la cabeza que le enmarcaba una frente sumamente ancha, una cara cuadrada y unas mandíbulas particularmente masculinas. Lo más llamativo de todo era su mirada oscura y negra y un cuadradito sombreado allí donde hubiera debido estar el bigote. "Como la tenía justo enfrente, la pude observar perfectamente, y cuanto más la miraba, más convencida estaba de que ella era... sí, sí, ella era... Hitler. Hitler viajando al oeste... Es Hitler -me dije-, no hay ninguna duda de que es Hitler". Lo que más exasperaba a Tatiana era que entre más señales le hacía, desde su lugar, a sus hermanos y hermanas, más la tiraban a lucas. Casi al borde de un ataque cardiaco se preguntaba cómo era posible que 40 años después de la guerra se encontrase frente a frente "con el demonio en persona, aquel cuyo solo nombre arrojaba una sombra sobre casi cada uno de los paisajes de mi joven existencia...". Tres años después de esta extraña vivencia, cayó el Muro, y Tatiana crecía al mismo tiempo que los frutos de su imaginación iban madurando de más en más. LEER MÁS

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