martes, 8 de octubre de 2013

Mirar al fondo del espejo ("El hundimiento", de Francis Scott Fitzgerald, enla revista Estado Crítico)


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Manolo Haro
Francis Scott Fitzgerald invitó a Ernest Hemingway a comer allá por los veinte parisinos en el restaurante Michaud, en la esquina de la rue Jacob con la rue des Saints-Pères. Hablaron de trabajo y de algunos personajes de la colonia americana en la capital francesa que hacía tiempo que no se cruzaban por la ciudad. En los postres, acompañando un pastel de cereza con la última jarra de vino, Fitzgerald le hizo una serie de confesiones a Hemingway que dan la medida exacta del contorno de su sombra, de cómo el autor de Tender is the night fue en parte un hombre atribulado a pesar del brillo de sus charoles y de la prestancia de sus abrigos. La revelación aludía al conocimiento en el sentido bíblico de una sola mujer (Zelda Fitzgerald, esposa) y a la nota de sexología dada por la misma: “Zelda dijo que, por mi constitución física, nunca podría hacer feliz a ninguna mujer y que por eso se disgustara en un principio. Me explicó que era una cuestión de medidas. No me volví a sentir igual desde que ella me lo dijo y tengo que saber la verdad”. Tras estas confidencias, el acomplejado novelista obligó a su colega a que lo acompañara al baño, para mostrarle allí la flor de la ignominia. Hemingway, rubicundo e hiperbólico, le dijo que sería conveniente que cruzaran el Sena y fueran al Louvre a ver estatuas, que ellas le mostrarían al joven muchacho de Minnesota que su pene era normal y que lo que decía Zelda eran cosas de loca. Al maduro Scott no le convencieron estas visiones supuestamente canónicas de cuánto ha de medir un miembro medianamente normal.
Lo que narro en el anterior párrafo lo publicó Hemingway en A moveable feast a comienzos de los 60, a un año vista de descerrajarse un tiro en la boca. Se trataba de un ajuste de cuentas con la memoria que afortunadamente el bueno de Fitzgerald nunca leyó. Si hemos de confiar en la veracidad del detalle de tal historia, no queda más remedio que compadecer al autor que nos ocupa. Entre la maledicencia de su amigo, que no se redujo sólo a estas líneas (en Las nieves del Kilimanjaro alude a él con nombre y apellidos como un individuo tendente a la depresión por nimias y evidentes cuestiones) y los apuntes urológicos de su esposa, el hombre se llevó lo suyo.
Francis Scott Fitzgerald fue un autor-gozne: su nacimiento finisecular (1896) le dio la oportunidad de degustar los últimos resabios románticos que quedaban en el ambiente e inhalar los febles vapores de la despreocupada felicidad de los años veinte. Mitificó París y la ‘Côte d’Azur’ (las piedras de Niza guardan el sonido de aquel tiempo), las orquestas de jazz y la vida indolente de los ricos a los que odiaba pero a los que siempre quiso emular. Esos rescoldos del Romanticismo extinguido iluminando la cabecera de su cuna hicieron de alguna manera que sus grandes novelas hablaran de sus obsesiones, aunque al lado oscuro de su corazón le pusiera una sordina. Antes de llegar a la etapa de confesiones literarias, escribió en un artículo: “Tenemos dos o tres experiencias grandes y conmovedoras en la vida (…) luego, mal o bien, aprendemos el oficio, y entonces contamos nuestras dos o tres historias –cada vez de una forma nueva– quizás diez o quizás cien veces, hasta que la gente se cansa de escucharnos”. A pesar de la verdad que esconde esta afirmación para la mayoría de los literatos, Fitzgerald aún no había puesto el dedo en la llaga más íntima de su ser, aún quedaban por la galaxia de sus sentimientos ciertas cuentas sin saldar que hay que recomponer a partir de sus cartas, de las voces de otros y de estos artículos que componen The Crack-up, El hundimiento para los traductores de la editorial Funambulista.

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