miércoles, 9 de mayo de 2012

Magnífica lectura para regresar a ese tiempo en que descubrir lo más sencillo nos elevaba a atalayas que hoy nos resultan imposibles (Tirando del Hilo).



YOKO OGAWA
Editorial Funambulista.






"Si se quisiera explicar con tan sólo unas palabras quién era Mina, se podría decir que era una niña asmática a quien le gustaban los libros y que se desplazaba a lomos de un hipopótamo. Pero si se quisiera demostrar que se trataba efectivamente de Mina y no de cualquier otra persona, sería preciso añadir que era una niña que sabía encender con gracia las cerillas…"




La niñez es sencilla, y donde hay niñez encuentras siempre pequeños motivos para mirar la vida de otro modo, también el ritmo y la importancia de las cosas, y la disposición necesaria para descubrir tesoros olvidados que resultan muy necesarios. Tokomoko descubre la vida, y a su lado la esperanza de la imaginación y el consuelo que siempre es un interlocutor; esa presencia que está ávida por enseñarte sus más preciados tesoros. 

Esta narración es el descubrimiento de los pequeños tesoros que la vida alberga, de las percepciones y colores que se descubren y que le irán dando color a la paleta con la que pintas el mundo. Tokomoko, desde su mirar pausado irá descubriendo historias, y junto a ellas, presencias que van a encontrar un rincón en su alma, un espacio interior del que ya nunca saldrán y al que regresa a modo de consuelo. La infancia no olvida nunca. 

Tokomoko observa con profundidad, es curiosa, y habita esa necesidad de comprender lo que se vive, lo que se observa. Desde su curiosidad nos presenta una historia entrañable. Estamos ante una lectura acogedora, suave, llena de ternura donde el dolor es una constante suave que no arruina del todo el alma que busca. La infancia es valiente. Es capaz de reconocer el lugar en el que ir a posarse para descansar. Quizá por ello la presencia de Pochiko es constante, junto a todas las demás historias que su presencia arranca, y que se une a el resto de historias recogidas todas ellas en una sencilla caja de cerillas. Y a través de todas esas historias, el tejido de los hilos invisibles que unirán a Tokomoco y Mina, hilos a veces imperceptibles incluso para ellas. Complicidad pura. La niñez es ávida en presencias, en historias, en reposar las cosas con su luz necesaria. Es rica en secretos, miradas e hilos invisibles.
 

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