lunes, 8 de agosto de 2011

"Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible" en Análisis Digital


Los celos ilustrados

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado, Doctor y profesor de Literatura

Lo que hoy ocurre con móviles y similares de última generación, ocurría en el mundo ilustrado del siglo XVIII con los famosos billetes. Se trata de unas cartas breves que inmediatamente se entregaban a un criado para que fueran a su vez recibidas por el amante. El criado solía traer la respuesta en el mismo viaje.

La novela que hoy reseñamos, Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, de Constance de Salm -Editorial Funambulista- relata un episodio de celos en el que la protagonista escribe sin parar a su amado. Bastante diferente en la expresión y elegancia a los 32 -por poner una cifra- mensajes que suelen comentar tanto chicos como chicas que han recibido en su terminalmóvil cuando han dejado de mala manera a sus parejas.

Lo que es evidente es que los celos existen desde que el mundo es mundo. Ese sentimiento que nos descoloca y nos lleva a los límites de la locura sigue vigente hoy en día. Lo que sí ha cambiado es la forma de expresarlo, y ahí se vuelve exquisita la novela, por descontado en género epistolar, que hoy presentamos.

Para los grandes amantes de la literatura, pueden disfrutar del juego intertextual que plantea Steffan Zweig en su célebre novela 24 horas en la vida de una mujer. Ese es uno de los motivos por los que Funambulista ha reeditado las Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, de Constance de Salm, para que cualquier lector pueda disfrutar el tratamiento de fuentes del autor austriaco.

En el mundo de las cartas en papel, hoy casi desaparecidas, y por ello más valiosas que nunca -ya saben que cuanto más escaso es un bien, dicho bien eleva su precio- era muy interesante la lectura de este tipo de novelas epistolares, otras destacadas: Cartas marruecas, de José Cadalso; o Las amistades peligrosas, de Chordelos de Laclos, para pulir el estilo, tomar ideas, y en fin, ser un buen comunicador epistolar. Hoy esta preciosa tradición se está perdiendo y desde esta tribuna, aunque sea predicar en el desierto, rompo una lanza a favor de la carta manuscrita en papel. Precisamente, el verano y las Navidades eran fechas en las que todos cogíamos la pluma y escribíamos a nuestros amigos. Una lástima que cada vez lleguen menos cartas al buzón, aunque para mí es un orgullo que de vez en cuando aparezca tan preciado tesoro en el mío.

Formalmente, se trata de una novela de capricho, pequeña, manejable, muy cuidada estéticamente, es de esas pequeñas joyitas que a cualquiera le gusta tener en su biblioteca.

No hay comentarios: