martes, 8 de noviembre de 2016

Investigar en el mal

En 1959 Truman Capote empezó a escribir una novela que publicó en 1966, una novela que es famosa por derecho propio, A sangre fría. Es sabido que hizo un gran trabajo de campo para adentrarse en una gruta perversa, la que encerraba los motivos que llevaron a asesinar una familia sin causa aparente.
Esta novela y la que voy a analizar, si es que se las puede llamar novelas, plantean cuestiones teóricas de gran calado. Cuando leí la sinopsis de Se llama usted Michelle Martin, de Nicole Malinconi, editada por Funambulista, me interesó muchísimo y adelantaré que no me ha defraudado en ningún momento. Se trata de un texto brillante, muy bien construido, que maneja la técnica elusiva, no en el sentido del diccionario, sino en el de la técnica textual.
En reciente entrevista, un novelista famoso afirma algo que es una perogrullada. Las novelas son obras de ficción pero toman materia de hechos muy diversos de eso que llamamos realidad. Eso es sabido porque hasta las obras de ficción más radical tienen posibles referentes, más o menos lejanos a la historia que se cuenta. Que hasta lo imaginario exige ser contado con una palabra detrás de otra en una categorización de formas léxicas que construyen la superficie del texto y condicionan su recepción.
En la tranquila, hasta aburrida Bélgica, en 1966, saltó a los medios una noticia que dejó sin reacción a los ciudadanos, el llamado caso Dutroux. El violador, asesino, torturador de muchachas, el ladrón de coches y delincuente de otras causas fue condenado a cadena perpetua. Hoy permanece en una celda mínima de alta seguridad. Su esposa y cómplice, Michelle Martín, fue condenada a treinta años, de los que cumplió diez en prisión. La historia es tan macabra y repugnante que no son admisibles otros calificativos. Se le definió de monstruo. La materia narrativa era suficientemente morbosa para escribir una novela truculenta, espantosa que, con todo, nunca podría transmitir el horror de dos niñas muy pequeñas que fueron condenadas a morir de hambre, entre otros espantos. Malinconi no ha elegido ese camino fácil, ha realizado un ejercicio muy meritorio y muy complicado que puedo resumir en una exploración sobre la palabra, todo un acierto.

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