viernes, 6 de noviembre de 2015

Iván González reseña Un amor como este, de Luis Morales en la revista Vísperas

Un amor como éste, de Luis Morales

Un amor como esteLa sombra de Portugal y de Fernando Pessoa es alargada en la obra de Luis Morales (Cáceres, 1971), escritor ibérico que ha vivido y trabajado en Lisboa, ciudad a la que siempre vuelve o de la que, en realidad, nunca se ha ido. Como aquel Buñuel que asomaba el ojo por la cerradura de las casetas donde se desnudaban las señoras, en Un amor como éste, su tercera novela, Morales contempla novelescamente el striptease emocional de las cartas de amor entre el poeta Fernando Pessoa y Ofélia Queiroz, el único amor conocido de Pessoa, dando además con ello la oportunidad de leer por primera vez en castellano las que ella le envió a él (publicadas por primera vez en 1996 en Portugal), y tener así completo el otro punto de vista, la voz del otro lado de la línea.
El cambalache de Morales, su caimada literaria es hacer de pocero bueno y subirnos el cubo de aquel amor turbio y luminoso que se lee del tirón y con un nudo en la garganta. En Un amor como éste uno palpa el baile infortunado de la pasión bizarra donde el talento de él se convirtió en látigo para ella; y donde él, de tan entregado autismo a la vocación que profesó, fue incapaz de acompañar al cine o a las afueras de Lisboa a su amada.
Se asoma el autor a la destrucción o el amor, que diría Vicente Aleixandre, trascendiendo el testimonio de una pareja enamorada para erigirse en monumento mismo de la avasalladora tarea del escritor total. En Un amor como éste Morales consigue hilvanar con talento narrativo una Comala de voces entre lo imaginado y lo real, difuminándonos con la calima de su prosa -pero poco, como advierte- los contornos del desasosiego en ese chispazo entre un ser tortuoso y complejo pero especial, un contemplador de la vida -“no sé pensar, no sé sentir, no sé querer”- al margen de todas las carreteras razonables salvo la de no retorno de la dipsomanía, y la dulce e imantada a él Ofélia. Nos hace testigos como lectores de aquella escabechina del alma.
Sobrecoge en su lectura la difícil vida de la abnegada Ofélia junto a Fernando, que lo acompaña fiel hasta la boca del infierno de sus vicios y desdoblamiento de personalidad (porque una vida no basta, ser plural como el universo), sin demandarle más que en puntuales momentos migajas de un amor burgués que el poeta nunca fue capaz de ofrecer. El amor entre dos personas siempre es forma demasiado peculiar de relación, pero en el caso de Ofélia y Fernando sorprende si cabe más aún por la intersección de ese tercer elemento entre ambos que es la llamada superior a la construcción de una obra imperecedera… y la presencia como sostienevelas del inefable Álvaro de Campos, aquel que proclamase (para a los pocos versos retractarse) que todas las cartas de amor son ridículas.

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