lunes, 9 de mayo de 2016

Strindberg - Desde el Infierno en El Librario Íntimo


El sueco August Strindberg, como muy acertadamente señala Jordi Guinart, autor de esta memorable biografía que publica el sello Funambulista, “figura entre los dramaturgos más importantes de la Historia” (p.367). Tan sólo ese hecho debería bastar para interesarse por algunos detalles de su vida. Pero es que además nos encontramos con un hombre que estuvo oscurecido (o quizá iluminado, quién sabe) por innumerables anécdotas, que salpicaron su existencia de escándalos, polémicas, incertidumbres, opiniones enfrentadas y neblinas. Con una documentación amplísima y con una enorme capacidad para ordenar e interpretar los hechos, el biógrafo barcelonés nos presenta en Strindberg. Desde el infierno un libro valioso y de amena lectura.
Nos enteramos en sus páginas de que los padres del dramaturgo se conocieron en una posada, donde ella era camarera; que formaron un hogar tumultuoso y lleno de tensiones; que Strindberg se enamoró en su juventud de la baronesa Siri Von Essen y que contrajo matrimonio con ella cuando la mujer obtuvo el divorcio; que fue sometido a juicio por insultos a la religión; que fue un personaje misógino, polémico y con accesos puntuales de violencia (llegó a propinarle un puñetazo a Siri); que fue zarandeado por obsesiones de lo más peregrinas (creyó que quería envenenarlo, que lo perseguían, que tenía a varios espías acosándolo); que fue aficionado a la alquimia, a la filología, a la pintura y a la fotografía; que llegó a hablar ocho idiomas, incluido el chino; que admiró a Nietzsche (explica Guinart que en ocasiones se enfrascaba en “extrañas utopías, como la de recluirse en un convento y dedicarse a filosofar, y cuando se hubiera convertido en el Superhombre nietzscheano, abandonarlo y construir un barco vikingo de color dorado” (p.231); que afirmaba tener pulsiones suicidas desde la edad de 7 años; que fue un bebedor ferviente, que amaba el vino y la absenta; que elaboró “un estudio sobre la mariquita” (p.108); que tenía una cabeza muy pequeña e intentaba disimularlo alborotándose el cabello hasta alcanzar “el aspecto de un león encrespado” (p.299); o que tenía un pene que, en erección, alcanzaba las dimensiones que se indican en la página 150 del tomo.

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