jueves, 24 de septiembre de 2015

Diarios de la peste en la revista The Cult

El hecho diferencial catalán y la polémica sobre la financiación autonómica. Dos factores que han marcado la inexorable deriva del soberanismo, y que manejados con soltura, han excitado desde siempre la sentimentalidad de la política española. Es algo que conoce bien Arcadi Espada, autor de libros fundamentales sobre el asunto ‒Contra Catalunya e Informe sobre la decadencia de Cataluña reflejada en su estatuto‒ y agudo observador del procés, convertido ya en un desafío de gravísimas consecuencias.
En Diarios de la peste, Espada retoma ese objeto de análisis y lo examina de nuevo. ¿Cómo? Pues evocando desde la ironía aquella plaga que noveló Daniel Defoe, sustituida en este caso por el contagio separatista.
Este sondeo periodístico, escrito en forma de diario y publicado originalmente en El Mundo, comienza el 12 de septiembre de 2013, y ordena todos los acontecimientos y personajes de la exuberante tragicomedia catalana.
Con una magnífica edición de Max Lacruz e ilustrado por Ana Cortils, este cuaderno de bitácora merece un elogio colectivo, no solo porque atesora la prosa cordial, inteligente y provocadora de Espada, sino porque sus colaboradores nos brindan un libro que apela a los sentidos: un cómic excelente que, si pensamos en el arte de Cortils, nos recuerda obras de Terry Gilliam como aquel Animations of Mortality (1978), repleto de collages y originalísimos diseños.
Gracias a esa estética, el dietario ‒¿o debería decir blog?‒ de Espada adquiere un colorido circense, idóneo para acentuar los detalles más grotescos que ese proceso político ha depositado en nuestra memoria reciente.
¿Tendremos siempre a mano esos recuerdos a la hora de crearnos una opinión seria sobre la fractura catalana? Quizá, y confío en que sea así.
Para justificar los estribillos de su discurso, el nacionalismo ha concebido un largo catálogo de agravios y necesidades. Por desgracia, si hacemos un recuento histórico, las concesiones del Estado central no han calmado esa bulimia: la han incentivado, convirtiendo la descentralización en una querella permanente y agotadora.
Aunque a muchos ya les de pereza encontrarlo, no hay antídoto posible. Cualquier crítica al soberanismo es interpretada como crispación, y la caricatura de una España cleptómana y tiránica armoniza hoy los anhelos de quienes optan por la eterna reivindicación de la diferencia.
El independentismo, como saben, ya ha estudiado los perjuicios de la españolidad para el ser humano. Con la ayuda de quienes titubean al hablar de la unidad del Estado de Derecho, los separatistas manipulan el pasado y el presente, y fantasean con los vicios de un adversario al que conseguirán doblegar en cuanto se debilite un poco más.
Algunos lo verán como un cuento de princesas y hechiceros, pero lo cierto es que esa quimera es repetida en todos los medios que reciben apoyo institucional. Así se ha consolidado el fetiche de un ogro centralista, castizo y manirroto, incapaz de negociar y menos aún de dialogar.

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