Rescate de lo que fuimos

 

A veces vivimos de espaldas a nuestro pasado, la curiosidad por saber de dónde venimos no es lo suficientemente fuerte cuando nos queda toda la vida por delante. Un día tu padre o tu madre dejan de recordarte quién fuiste, esos ecos del pasado se apagan y, de repente, aparece una extraña fuerza que te impulsa a recuperar las voces que no atendiste, las historias que no te interesaron y sin apenas darte cuenta reconstruyes lo que creíste ya desaparecido. Reconstruyes las vidas de ellos, de los padres, de los abuelos, de los que se fueron, e inicias un viaje fascinante de aprendizaje. Y es que, a veces, los muertos están mucho más presentes en nosotros mismos de lo que creemos, tienen un poder extraño que nos fortalece.

El legado de mi padre se limita a un montón de libros, algunas traiciones, una generosidad inmensa y tres ideas que son tres faros en mis peores momentos de oscuridad. «Toma —me dijo—, lee lo que escribió tu tío abuelo, lee, entérate de lo que es un exilio, de lo que es una guerra civil. ¡Lee!». A los veinte años la vida es una cadena de expectativas, deseos y sueños que la ralentizan, la convierten en algo inmutable y casi eterno, no hay tiempo para mirar más allá de nosotros mismos, lo inmediato prevalece. Pasan los años y los espacios que ocupamos parecen abrirse bajo nuestros pies y entonces nos aferramos a los años pasados, el futuro deja de estar ahí. Vuelven a sonar los ecos de aquellas personas que nos quisieron, nos hablaron, nos mostraron el mundo imperfecto que ellos vivieron.  

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