Avance editorial del libro que se publicará en septiembre: «Y LA MORTAL BELLEZA DE LA GLORIA», de Javier Ruiz Martín

                                                              

Y LA MORTAL BELLEZA DE LA GLORIA

Vida e infortunios del capitán Francisco de Cuéllar


El que acabó siendo el capitán Francisco de Cuéllar (Navahermosa -Toledo, 1558 - Madrid, 1615) vivió una sucesión de tragedias que fraguaron su personalidad. Su origen judío le enfrentó pronto a la cruel realidad, y a una Inquisición que violentó su entorno familiar y su infancia. Debido a esto, ya de  niño  hubo de iniciar una temprana lucha por reafirmarse en un mundo despiadado, una sociedad brutal en que los poderosos aplastaban implacablemente a los débiles y a los diferentes. Este libro abarca veinte años de tribulaciones de Cuéllar, su quebrantada niñez, desde 1568, en una pequeña aldea de realengo de la Sagra toledana, pasando por su posterior alistamiento en los Tercios en Madrid, su formación como guerrero y sus viajes por el océano, hasta el año de 1588, la fecha del desastre de la Gran Armada, en la que Cuéllar participó como capitán de una compañía de la infantería embarcada, con su fiel amigo Anacleto el Endemoniado, personaje de inspiración homérica rescatado del sueño abisal de la Historia. El barco de la Invencible en el que ambos  navegaban naufragó frente a las costas de Irlanda. Cuéllar logró sobrevivir durante meses en las inhóspitas tierras enemigas, espoleado por el afán de hallar vivo a su amigo y poder regresar así  juntos a España. 
Bella y desgarradora parábola de la existencia humana, tapiz histórico de brillo épico que solo la literatura y la imaginación saben tejer, Y la mortal belleza de la gloria nos habla acerca de la amistad, el amor, la libertad, la voluntad, el sacrificio y la justicia  pero también sobre la soledad, la guerra, la crueldad, el fanatismo, la arbitrariedad;  en definitiva nos habla sobre todo hombre y su destino... Es, asimismo, una honda reflexión acerca de la aniquilación del ser amado y del vano empeño en recuperarlo. Y, por añadidura, quiere ser un homenaje a la novela histórica y de aventuras. En sus páginas resuenan las voces de innumerables autores que perduraron, y tal vez perdurarán, durante generaciones, formando parte de esa leyenda blanca que debiera configurar la Historia de España.


Javier Ruiz Martín (Madrid, 1964), poeta, novelista, ensayista y medievalista, es autor de la traducción del latín del inclasificable libro de memorias titulado Los 27 papas del cardenal Belluga, de la novela Luisa de Cervantes. Una vida imaginada, del atípico libro El callejero maldito, así como de los postfacios «Maria, gorrión y curruca capirotada» en Cartas de una novicia (Historia de una curruca) de Giovanni Verga y «Colón, ¿un héroe quijotesco?» en Colón, el Quijote de los océanos, de Jakob Wassermann y de la traducción del relato de Amelia B. Edwards, Cómo el tercer piso conoció a los alfareros, inserto en la antología titulada Cuatro damas del misterio de  L. May Alcott, V. Lee, A. B. Edwards, M. Oliphant. Toda su obra está publicada en editorial Funambulista.



LIBRO PRIMERO

Año 1568

 SE FORJA UN ESPÍRITU

 I

 

          Por causa del miedo y la superstición, nadie osaba hablar de locura, mas todos pensaban en ella. Don Lucas se estaba esforzando para no mencionarla en su homilía, pero en una ocasión se le escapó y los vecinos de Magán, presentes sin excepciones en la iglesia, sintieron una morbosa curiosidad ante el inesperado descuido de su párroco.

    Hacía mucho calor, y en los bancos de madera de pino traídos del aserradero de Toledo durante el último invierno el olor a sudor se volvía insoportable porque el sermón se alargaba más de lo habitual debido a la trágica circunstancia de que el joven príncipe Carlos, el loco, había muerto.

    La voz del cura no se oía bien con el constante tañido de las campanas lejanas, los llantos y suspiros de las mujeres y las exclamaciones que secundaban las reflexiones contenidas en la prédica.

    En el primer banco estaban sentados los alcaldes, los regidores, el alguacil y el escribano. Entre ellos destacaba la figura grave y seca de Juan Bautista de Chinchilla, el único hidalgo del pueblo, que iba vestido de un negro terciopelo raído que parecía la piel de un perro sarnoso. Las cuatro cofradías de Magán se habían disputado el siguiente banco, pues todos querían estar lo más cerca posible del altar durante la celebración de la misa. Las cofradías de la Concepción de Nuestra Señora y la de san Andrés habían ganado la batalla, y sus más ínclitos representantes llenaban el segundo banco, con gesto contrito y cierto aire de triunfo. Los miembros importantes de las otras dos se hallaban en el tercer banco, y miraban con recelo y un poco de odio a los que estaban en el segundo, porque sabían que, en definitiva, el privilegio de ocupar ese sitio en la iglesia se sustentaba en las rentas de sus respectivas cofradías, que triplicaban las suyas. El resto de vecinos se amontonaban en los otros bancos. Algunos permanecían de pie, y varios niños se habían sentado en el suelo, muy cerca de las reliquias de san Marcelo, el papa mártir, que el cura  había colocado hacía pocos días junto a la urna que contenía un pedazo de piedra de la tumba de Cristo. Todos estaban impacientes por que terminara la predicación y don Lucas iniciara el ritual de la consagración de la hostia para comulgar. 

    El dolor por Carlos era sincero, ya que había sido bastante querido, y también lo era su padre; aunque los rumores acerca de la extraña muerte del príncipe comenzaban a extenderse como bandadas de pájaros enlutados por los cielos de España y ensombrecían la conciencia de Felipe II, que apenas había conseguido dormir desde que su hijo pasara al purgatorio en virtud de sus actos terrenales, tan reprobados en la Corte.

    Don Lucas terminó el sermón, alzó la hostia y los feligreses se arrodillaron. Solo llenaban el silencio las insistentes campanadas de las iglesias de Mocejón, Olías, Villaseca y tal vez las de Villaluenga. La Sagra entera lloraba por el príncipe Carlos.

    Leonor se inquietaba siempre que acudía a misa, porque sabía que muchos ojos la observaban para comprobar si comulgaba. De niña, viviendo con sus padres en Alcalá de Henares, comprendió la necesidad de demostrar de puertas afuera que era una auténtica cristiana. «Pero de puertas adentro —le había dicho un día su padre— lo que hagamos solo es asunto nuestro». Leonor recordaba ahora las palabras de su padre, inspiradas por la voluntad de sobrevivir en un mundo hostil; así pues dejó el banco y se metió en la fila de comulgantes que avanzaba hacia el altar. Cuando llegó su turno abrió la boca, y don Lucas posó el cuerpo blanco y redondo de Cristo sobre su lengua. Leonor se volvió y buscó su hueco en el banco, pero no se pudo sentar porque estaba ocupado; entonces se fue hacia el fondo de la iglesia, donde se hallaba su hijo Francisco, sentado en el suelo con los otros niños. Leonor se arrodilló, como los demás fieles, y esperó la bendición.

    En el camino que llevaba a la ermita dedicada a la Concepción de Nuestra Señora la Virgen María, unos cuantos penitentes avanzaban de rodillas, bajo el espantoso sol del mediodía. Querían implorar a la hermosa talla de madera de roble que intercediera ante Dios, con el fin de sacar lo antes posible a Carlos del purgatorio. De todos eran conocidos los pecados del príncipe, siendo el más terrible de ellos su impulso parricida movido por la desesperación y el resentimiento.

    Los vecinos que salían de la iglesia se iban incorporando a esta penitencia. Los niños hacían lo que hacían sus mayores. Don Lucas se aproximaba a los más ancianos y achacosos y les explicaba que no había obligación para ellos, pues con el sacrificio de los jóvenes, y sobre todo de los niños, la Virgen se iba a sentir más que satisfecha.

    Leonor agarró con decisión la mano de su hijo, tiró de él y le obligó a arrodillarse en el suelo pedregoso. Se arrodilló ella también y juntos se dirigieron despacio hacia la ermita.

    Cuando habían recorrido gran parte del camino oyeron el ruido de unos cascos y luego vieron pasar a don Lucas montado en su burra, muy cerca de ellos. Enseguida llegó el cura a la ermita, buscó la sombra de un arbolillo, y, abanicándose, esperó a todos los penitentes. A medida que estos iban saliendo del camino, el cura les miraba con afecto y les ayudaba a levantarse. Fue contando para sí a cada uno de ellos y recordando sus nombres y apellidos, y cuando alcanzó la cifra de ciento ochenta y ya nadie quedaba para entrar en la ermita excepto él, miró al cielo y dio gracias al Señor porque la lumbre del amor al prójimo seguía encendida en los corazones de todos los vecinos de Magán. Después atravesó el umbral sagrado, subió al pequeño altar y comenzó la segunda misa del día por la salvación del alma del príncipe Carlos.

 

                                       

    Francisco tenía en la rodilla izquierda una herida que no se cerraba. Leonor la limpiaba todos los días con agua, la secaba con cuidado y después le aplicaba un aceite que Prisca, la curandera, había preparado. El niño se había hecho este corte con un canto afilado del camino, el día de la penitencia por el príncipe, cuando estaba a punto de llegar con su madre a la ermita. Un líquido encarnado manchaba ahora el vendaje. Francisco se quejó cuando Leonor empezó a quitárselo para hacerle la cura.

Si te oyera tu padre dijo Leonor mientras manipulaba la venda. La herida quedó al descubierto. Parece que el ungüento de Prisca no está haciendo efecto.

Cuando Francisco oyó a su madre, se asustó y dobló la pierna. Pero ella se la volvió a estirar con cariño.

­—No te preocupes; estas heridas tardan en curarse. Seguiremos unos días más con el aceite.

—¿Qué hacemos si no se cura, mamá?

—Ya pensaré en algo. Tú procura no hacer salvajadas, sobre todo nada de trepar árboles y paredes. Y si el bruto de Anacleto te obliga a hacerlo, me lo dices y me las entenderé yo con él.

Anacleto era el hijo del alguacil de Magán, y de nacimiento le faltaba el brazo derecho. Tenía una fuerza descomunal que le permitía escalar por cualquier sitio con su único brazo. Un día que Prisca, la curandera, le vio subir por una pared de la iglesia como si fuera una araña, dijo:

—Este muchacho está endemoniado.

Los vecinos que oyeron a la curandera cogieron miedo y prohibieron a sus hijos que fueran detrás del Endemoniado. A los pocos días, solo tres o cuatro niños le seguían y jugaban con él, pero, con el tiempo, no le quedó más que un acompañante: Francisco.

    Sin embargo, la inteligencia de Anacleto no era corta aunque lo pareciera. Era capaz de comprender y valorar la fidelidad de Francisco. Cuando le proponía que participara en uno de sus juegos temerarios  y le veía indeciso, siempre le decía:

—Anda, Cuéllar, que nos vamos a divertir.

Francisco admiraba mucho a Anacleto, el Endemoniado, pero no sabía bien por qué; tal vez por su fuerza, o por su terrible apodo, que no era para tomárselo a broma, pues podría traer problemas a sus padres. La diferencia de edad entre los dos niños era pequeña, y considerable la de tamaño. Francisco había cumplido diez años unos días antes de la muerte del príncipe Carlos, y Anacleto, el Endemoniado, tenía ya doce, y una sombra de barba empezaba a extenderse por sus facciones infantiles, tempranamente endurecidas por el callado sufrimiento que le causaba su defecto.

    Una noche Francisco se acostó tiritando, aunque hacía calor. Al poco de dormirse se despertó con una fuerte calentura. Leonor, alarmada, metió seis paños de Segovia en un cubo de agua fría, después los escurrió, los plegó y se los puso a su hijo en la frente, en el pecho, en los brazos y en las piernas. A la luz de la vela de sebo vio que la rodilla dañada tenía una mancha que invadía el muslo. Leonor la palpó con cuidado  y Francisco dio un respingo. Los paños se secaban muy rápido y había que mojarlos sin descanso. Leonor abrió más las ventanas de la casa para que le entrara algo de fresco al niño, pero esa noche de agosto era muy calurosa; solo quedaba esperar con paciencia la llegada de la madrugada, cuando los vientos de la llanura abrasada por el sol empezaban a removerse y se metían en las casas, que parecían hornos. Los vecinos que tenían la suerte de vivir en casas con ventanas orientadas hacia el monte podían dormir mejor durante las tórridas noches de verano. Pero la casa de la familia Cuéllar estaba encajonada en otras tres. Para entrar en ella había que meterse en un estrecho callejón maloliente donde meaban los perros y los gatos. Las dos únicas ventanas que tenía esta casa daban a un patio de vecinos: allí se acumulaban las basuras y anidaban las ratas. Cada cierto tiempo Leonor limpiaba este patio, y el mal olor y las ratas desaparecían. Sin embargo, a los pocos días empezaban a aparecer otra vez los desperdicios que los vecinos de las casas adyacentes tiraban desde sus ventanas, y entonces las ratas regresaban. Todos estos vecinos eran lindos o cristianos viejos, o eso decían ellos, y como carecían de estatutos de limpieza de sangre que lo acreditaran, recurrían a esta clase de desprecio hacia quienes tenían una ascendencia sospechosa.

    Leonor se acostó en el jergón y acarició el cabello a su hijo. Lo tenía muy negro, como su padre. Eran también muy morenas las otras tres hijas que tuvo y que apenas llegaron al año de vida. Vinieron al mundo muy seguidas, y la muerte se las había llevado una detrás de otra sin piedad. El último en nacer fue Francisco, que había logrado sobrevivir a las dos cortas epidemias de peste que golpearon Madrid y muchos pueblos de Toledo en los últimos siete años. Leonor amaba a este hijo más que a su propia vida, y, mientras acariciaba ahora su pelo sudoroso, imploraba a Dios para que le quitara la calentura y curase la herida de su rodilla. La noche avanzaba, pero no corría el aire. El olor a podrido entraba por la ventana. Leonor se acercó más a Francisco, tomó su cabeza,  la recostó con ternura sobre sus pechos y le cantó, como hacía siempre que el miedo y la incertidumbre rondaban. Ah, se sentía culpable por haberle obligado a ir de rodillas hasta la ermita. Pero lo hizo por él, porque no quería que creciera infeliz, acosado por el vilipendio y la constante amenaza de la denuncia. Pensando en estas cosas, se quedó dormida.

    Cuando amaneció, Francisco tenía la pierna muy hinchada y la calentura persistía. Leonor le ofreció pan y aguapié, pero el niño no quiso comer nada.

    Sonaban las campanas de la iglesia llamando a la misa del domingo. Leonor se lavó la cara y las manos, se arregló el hermoso cabello y lo cubrió con un pañuelo, se alisó la camisa, se recompuso la faldilla y el delantal y dijo:

—Marcho a misa. Después me iré a buscar a Prisca, la curandera. Tú no te levantes. Si tienes sed, aquí está el aguapié.

—¿Me voy a morir, mamá? —preguntó Francisco. Leonor le besó en la frente y cogió su mano.

—Tú eres más fuerte que tu amigo Anacleto —le dijo—. Duérmete, que vuelvo enseguida.

Poco después de quedarse solo, Francisco sintió hambre y se comió el pan. Luego se durmió. Pasado un rato, cuando abrió los ojos, vio la ancha sonrisa de Anacleto, el Endemoniado.

—Qué haces ahí tirado como un mendigo. Anda, sal del jergón y vente al prado de Majatual.

—No te oí entrar —dijo Francisco.

—¡Cómo me ibas a oír, si estabas roncando que parecías un mulo!

—Anoche dormí poco. Mira cómo tengo la pierna.

Anacleto echó un vistazo a la pierna hinchada de su amigo. Una expresión divertida transformó su rostro.

—Tendría gracia que te la tuvieran que cortar. Entonces seríamos el cojo y el manco. ¡Menuda pareja!

Francisco se incorporó y recostó la espalda en la pared. El calor, a esa hora de la mañana, era ya sofocante. Por las ventanas abiertas de la casa entraba el olor a podrido del patio. Anacleto se acuclilló, cogió el vaso y bebió un poco de aguapié. Francisco le miraba el brazo hercúleo, cubierto por un vello oscuro y rizado. Intentó imaginar el otro brazo ocupando su lugar en el cuerpo de su amigo; siempre le había fascinado a Francisco ese brazo inexistente que, de algún modo, parecía existir. Había algo en Anacleto, el Endemoniado, que le impresionaba.

—Bebe un poco, que te sentará bien –dijo Anacleto, ofreciéndole el vaso. Francisco bebió y se secó los labios con un borde del jergón. Tenía los ojos cansados y le dolían las sienes. Apoyó la cabeza en la pared.

Anacleto, el Endemoniado, observó de nuevo la pierna de Francisco, y pensó que tenía un aspecto muy malo, pero esta vez no quiso embromarle. Se sentó a su lado, con la intención de contarle una de sus divertidas historias para animarle, pero vio que el otro se estaba quedando dormido, y él también se recostó en la pared, y cerró los ojos.

—Oye, ¿no deberías estar en misa? —le preguntó de pronto Francisco.

—¿Pero tú no estabas dormido? —respondió Anacleto, con los ojos todavía cerrados.

—No dormía, pensaba.

Anacleto abrió los ojos, miró a su amigo y dijo:

—No pienses mucho las cosas, no es bueno.

—Sea bueno o malo, las pienso —afirmó Francisco.

—Y en qué piensas, amigo.

—En que mi madre tiene miedo. Ella cree que yo no me entero, pero lo veo.

—Es normal tener miedo alguna vez, a todos nos pasa —dijo Anacleto.

—Pero es que mi madre tiene miedo siempre, ¿lo entiendes?, siempre. Se levanta con miedo, se acuesta con miedo, come con miedo. Tiene miedo por mí, y por mi padre, que se pasa la vida viajando, y por mis abuelos, que viven en Tánger también con miedo —explicó Francisco—. ¿Sabes una cosa? Yo no quiero vivir con miedo, quiero ser como vosotros –confesó.

—¿Como nosotros?

—Sí, un lindo de la cabeza a los pies, si es que conservo los dos, como toda la gente del pueblo, como tú.

—¡Como yo! —exclamó Anacleto, el Endemoniado—. Si tú supieras. Mi vida está llena de sufrimiento.

—Pero no tienes miedo, Anacleto, y eso es lo que importa.

—Tú tampoco, amigo Cuéllar, aunque no lo creas.

 

                                    

    Durante la celebración de la misa Leonor, sentada en uno de los bancos de atrás de la iglesia, observó que Prisca, la curandera, no estaba. Sentía angustia por haber dejado al niño solo en casa, con esa calentura y la pierna tan mal.

    Don Lucas tenía prisa porque debía marcharse para oficiar también la misa de Mocejón, pues el padre Antonio Prieto, su párroco, había fallecido repentinamente, según le comunicaron la noche del sábado a través de un correo urgente enviado por el concejo del pueblo vecino. Don Lucas estaba de mal humor; le gustaba mucho hacer largas homilías que preparaba especialmente para la más importante misa de la semana. Aunque tenía un amplio repertorio de sermones guardados en el cajón de su despacho para cada ocasión y los casos de apuro, que iba variando según le conviniera, durante la noche del sábado había estado reflexionando acerca del amor conyugal, y había escrito de un tirón un bello y novedoso sermón en el que ponía como ejemplos de sagradas uniones matrimoniales a los reyes de los reinos de España desde épocas remotas, y llegaba hasta los reyes actuales, Felipe II y su esposa Isabel de Valois. También había incluido don Lucas, como paradigma del matrimonio cristiano, a sus propios padres para rematar tan trascendental cuestión. Pero ahora, en la iglesia, tuvo que reducir mucho esta homilía debido a las circunstancias. En cuanto terminó el sermón, don Lucas celebró la Eucaristía con una rapidez poco usual, dio la bendición y despareció como un espectro, dejando a los vecinos del pueblo con la hostia deshaciéndose todavía en la boca. Fuera, junto a  la puerta de la iglesia, tenía el párroco preparada la burra; montó a horcajadas, arreó al animal y se dirigió hacia el camino de Mocejón. Muchos niños le siguieron hasta las afueras de Magán y le desearon que pasara un buen día. El cura hizo el símbolo de la cruz sobre sus cabezas y se alejó imponiendo a la burra un trote impaciente porque veía que era muy tarde, pues el sol estaba ya alto.

    Al salir de la iglesia Leonor fue en busca de Prisca, la curandera. Atravesó la plaza, pasó cerca de la casa del cabildo y concejo y se metió por el camino de la poza. A lo lejos se extendía el prado de Majolías, reseco y agrietado por la sequía. Prisca vivía en la última casa del camino. Había levantado una cerca  para que no se le escaparan las gallinas, pero no le servía de mucho porque estas salían a su antojo por debajo de las maderas y se desperdigaban por el prado, aunque siempre regresaban al corral cuando su dueña les echaba la comida. Leonor franqueó la cerca y llamó a la puerta de Prisca, pero nadie le abrió. Volvió a llamar y aguardó un rato. Nada. Entonces gritó:

—¡Hola!

Unos vecinos se asomaron por las ventanas de sus casas para curiosear. En ese momento Prisca, la curandera, abría la puerta y Leonor entraba en la casa.

 

                                  

    Francisco y Anacleto dormitaban recostados en la pared cuando llegaron Leonor y la curandera. Lo primero que esta hizo fue examinar la pierna hinchada y la herida; después abrió la caja que traía consigo  y sacó un frasco que contenía un líquido verde que extendió por la pierna de Francisco, desde la ingle hasta el pie. Luego encendió el fuego y calentó en un puchero un preparado de hierbas de un olor tan intenso que durante un tiempo aplacó la pestilencia que venía del patio. La curandera vomitó dentro del puchero y removió el contenido hasta convertirlo en una pasta que empezaba a oler peor que el patio; retiró el puchero del fuego y, sosteniéndolo por el asa, lo dejó en el suelo, al lado de Francisco.

—Lo que voy a hacer ahora te va a doler, porque la pasta está abrasando —dijo Prisca—, pero, en cuanto esta se enfríe, empezarás a sentir alivio en la pierna, ya verás.

La curandera cogió de nuevo el puchero y vació lentamente casi todo su contenido en la pierna hinchada. A Francisco se le saltaron las lágrimas, pero no se quejó. Leonor lloraba y miraba a su hijo, y Anacleto, el Endemoniado, daba vueltas alrededor de la habitación como una bestia acorralada. Sufría por su amigo.

—¡Endemoniado, así no ayudas! ¡Te sientas de una vez o te largas! —le regañó Prisca.

—Vale –musitó Anacleto, y se sentó.

—Conviene deshacerse de esto —dijo la curandera, señalando el preparado sobrante—, porque, si se enfría, el puchero se echará a perder.

Leonor cogió el puchero todavía caliente, se acercó a la ventana y arrojó el preparado al patio.

—Ahora esta pierna hay que envolverla bien —dijo Prisca, la curandera—. Necesito trapos.

Leonor abrió el cajón de una cómoda y sacó todos los paños de Segovia que tenía. Eran parte del ajuar que trajo cuando se casó. Eso había y poco más, porque entonces sus padres tenían todos los bienes confiscados por el Santo Oficio, y la dote que estos pudieron preparar para su hija se vio muy mermada debido a esta circunstancia.

    Prisca, la curandera, cogió los paños y con ellos envolvió la pierna de Francisco. Hizo varios nudos para que no se cayeran y dijo:

—Ya está, niño. Durante tres días con sus noches habrás de estar muy quietecito. Al cuarto día vendré a ver tu pierna. También tienes que beberte esto —le dio un vaso con un brebaje tinto—. Empieza ahora mismo. Te tiene que durar hasta el miércoles. Sentirás que la calentura se va y que la pierna te duele menos. Ah, y repite cada día estas palabras que te voy a decir al oído, son para reforzar los efectos de la pócima.

La curandera aproximó su boca a la oreja de Francisco y dijo algo que solo él oyó. Anacleto miraba con curiosidad, y Leonor, esperanzada.

    Prisca, la curandera, cogió su caja y se puso en pie. Leonor sacó un real.

—Guárdate eso. Con que me des un trozo de pan para recuperar lo que he echado por mi boca en ese puchero, me sentiré pagada.

Dijo la curandera, y recibió el pan de Leonor. Masticándolo, se marchó.

   

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    A los tres días la calentura había cedido, y, al cuarto, volvió Prisca para oler la pierna de Francisco.

—Ya no tienes calentura, y la pierna huele mal. ¿Rezas las palabras que te dije?

—Sí, las rezo.

—Volveré dentro de once días.

Leonor le ofreció de nuevo el real, pero Prisca no quiso cogerlo.

    Pasados los once días se presentó Prisca, la curandera, con un martillo en casa de Leonor. Desató los nudos que había hecho, retiró los paños de la pierna y con el martillo rompió el preparado, que se había endurecido como si fuera una coraza después de tanto tiempo. Lavó la pierna con agua y observó la cicatriz de la rodilla.

—La herida se ha cerrado y ya no hay hinchazón. Veo que me has hecho caso y has rezado —dijo.

Leonor insistió a la curandera en que aceptara el real, pero esta no quería.

—Me pagaste el otro día con el pan. Hoy estoy más que pagada porque tu hijo se ha curado.

Leonor la besó en la frente. 


CONTINUARÁ...



 

 

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