viernes, 29 de junio de 2018

Sangre en la hierba en La Razón

David Cerdá, entre muchas otras actividades que le ocupan la vida, se dedica a pensar y a reflexionar. En ocasiones lo que saca de esas cavilaciones lo pasa a papel y le sale un libro como «Sangre en la hierba (Los porqués del fútbol)», editado en Funambulista, que dedica a trata de explicar por qué lo amamos u odiamos de manera tan visceral. A primera vista parece una cuestión fácil de dirimir, pero como sucede con las grandes cuestiones de la existencia humana, y el fútbol es una de ellas, no hay una respuesta clara que desvele el origen de una pasión de estas proporciones. «Se trata de algo terrenal, que todos podemos hacer», explica mientras trata de encontrar una explicación saludable. Al ser algo terreno, sus héroes, los futbolistas, adoptan la forma de los grandes héroes clásicos al asumir lo mejor y lo peor de nosotros. Tienen las mismas pulsiones: honradez, elegancia, suerte, solidaridad, por hablar del lado positivo, pero también lo peor de la mala bilis que todos llevan en su interior. «Podemos sentir empatía por lo que sucede en el campo, porque en cierto modo es una especie de metáfora de la vida».
El autor ahonda en «un deporte de pobres», porque no se necesita nada más que algo para darle con el pie. En cualquier calle del mundo, un niño o un anciano puede sentirse como el mejor delantero centro al meter una lata de refrescos por un hueco hecho en la pared. Es la magia. «Se trata de un deporte que está lleno de cenicientas, es muy injusto a veces y presenta grandes miserias». Por eso, pese a que ahora no haya tantos, los jugadores con vidas complicadas, los antihéroes, reciben los mayores elogios, las grandes muestras de adhesión y el honor de colocarse en la cima de los semidioses del balompié. Ahí están Cruyff, Best, Maradona o Mágico González; personalidades repletas de aristas ante las que no se puede enfrentar casi ninguno de los grandes astros, como dicen en Sudamérica, del panorama actual. Vidas que sirven al resto de la humanidad de espejo en el que mirarse para amar o para odiar.

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