miércoles, 25 de enero de 2017

La ventana de los libros: Se llama usted Michelle Martin


Los monstruos sí hablan, si no que se lo pregunten a Nicole Malinconi, la periodista que accedió a reunirse con una madre de familia, acusada (y condenada) de ser cómplice de asesinato, violación y tortura a varias menores de edad. ¿Con qué propósito? Con el de escuchar su versión e intentar entender sus motivaciones (criminales). Por darles sólo un dato terrible, esta mujer dejó morir de hambre en el sótano de su casa a dos niñas de ocho años que su marido había secuestrado. Usted se llama Michelle Martin es el resultado periodístico-literario de esos encuentros entre la periodista y la condenada que ahora publica la Editorial Funambulista y que se convierte en un ensayo sobre la maldad, sobre el perdón y sobre la crueldad. Aquí a España, las noticias del caso, que cumple casi veinte años, llegaron de refilón, pero en Bélgica, esta condenada y su marido aterrorizaron a todo un país, que se echó a la calle en la manifestación de repulsa más multitudinaria desde la Segunda Guerra Mundial.
            Sí, los monstruos sí hablan. Michelle Martin, que hace llamar a esa periodista para proponerle escribir un libro a medias que recoja su historia en la cárcel, toma la palabra para reivindicar su versión, para defender su ‘inocencia’. Dice que ella estaba anulada por su marido -ejecutor de los crímenes-, que no tenía juicio crítico, que no se atrevía a denunciarlo, que sí conocía que él secuestraba, violaba y torturaba a menores, pero que no tenía fuerzas para llevare la contraria. “¿Por qué?”, le pregunta la autora. “No lo entiendo, nadie lo entiende”. Y ella insiste en que eso ya pasó, en que no es la misma persona de entonces, en que eso no debería marcar su vida. La pregunta recae también en el lector a raíz de un dato: Michelle Martin, acusada a treinta años de cárcel, decide pedir la libertad condicional a los diez años de su encierro. La consigue en 2012 y nadie, absolutamente nadie, quiere hacerse cargo de ella: nadie le da cobijo, ni trabajo. Es un juez el que decide acogerla porque cree que esta sociedad debe reintegrar a los que se han arrepentido. 

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