martes, 3 de marzo de 2015

Artículo de Arcadi Espada sobre "No hay dos iguales" en El Mundo

ACABA de publicarse en español un libro tremendo en una edición amorosa y bella: No hay dos iguales, de Judith Rich Harris (Editorial Funambulista). La edición lleva una pequeña nota mía, que confieso por dramático conflicto de intereses. En 1998 Rich Harris trastornó la psicología con El mito de la educación, uno de los libros más importantes que he leído nunca y el que más bien me ha hecho. Su tesis es sencilla de formular y difícil de asumir. La personalidad del adulto la deciden la biología y la influencia del grupo. Por grupo cabe entender los pares del niño: el niño de Rich Harris no quiere ser un adulto perfecto sino un niño de éxito. Y la educación, entendida tradicionalmente como la sagrada misión paterna, es irrelevante en la formación de la personalidad. La tesis, tan contraintuitiva y escandalosa, provocó un formidable debate en los países interesantes. Es cierto que reducir la educación a un mito alivia la frustración de tantos padres que observan cómo sus esfuerzos educacionales dan como resultado unos hijos imprevistos. Pero, por otra parte, el libro apunta al fragilísimo corazón del sentido humano: la evidencia de que para la abrumadora mayoría de hombres la obra de su vida son sus hijos. Es comprensible que privarles de esa autoría solo sume desolación a la experiencia; y explica la violencia intelectual y moral con que las tesis de Harris fueron recibidas.
El ensayo que ahora publica la editorial de Max Lacruz, quien añade, por cierto, una vibrante Nota del Editor para continuar la discusión hasta el mismo borde del libro, condensa la diatriba que durante años ha enfrentado a Rich Harris con sus críticos. La prosa de la psicóloga se exhibe en toda su limpidez de navaja, pero al mismo tiempo nunca deja de tener el calor y la sensibilidad del que abate árboles centenarios. Cualquiera que aprecie la discusión racional (lo que la vulgaridad del ambiente llama polémica y polémicos) quedará literal y paradójicamente hechizado por su encaramiento con Frank Sulloway, el autor de Rebeldes de nacimiento, un libro célebre que atribuye al orden de nacimiento las diferencias de personalidad de los hermanos.

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