miércoles, 11 de febrero de 2015

Marga Gil Roësset, la mujer que buscaba lo absoluto (Granada Hoy)


"Si tú, espontáneamente, me dieras un beso... y me atrajeras... así... estrechamente... dejándome... oír en tu pecho latirte el corazón... y un poco también la plata de tu voz... Sería glorioso... luego de esta plenitud ¡qué contenta! ...Pero tengo bastante miedo... me parece que tendré que morirme triste... sin beso... ni corazón... ni voz de plata... ni versos... ¡ay!". Existen almas singularmente permeables a la vida cuya extrema sensibilidad se cobra un difícil precio, que a menudo sucumben a la intensidad de sus sentimientos. La artista Marga Gil Roësset (Madrid, 1908-1932) renunció a su prometedora carrera y al futuro. Su suicidio se produjo cuando no tenía más que 24 años, y el amor arrebatado que albergaba por Juan Ramón Jiménez -"eres casi perfecto, pero al casi que no es perfecto tuyo le quiero como al otro", le escribió- le pesaba como la más terrible de las cargas. En el ánimo del poeta de Moguer y de su mujer, Zenobia Camprubí, perduraría el fantasma de aquella joven carismática y talentosa que había frecuentado el domicilio de la pareja -donde realizó un busto de la esposa- y que les abandonó tras dejarles una carpeta con anotaciones en las que confesaba la magnitud de sus afectos. Hoy, ese diario ve la luz gracias a la Fundación José Manuel Lara, que publica Marga, un volumen que respeta la edición que concibió Juan Ramón Jiménez y que rescata del olvido a esta creadora apasionada.

Se cumple con este libro un sueño que ansiaron el Premio Nobel y más tarde su sobrino, Francisco Hernández-Pinzón. "Este diario fue lo primero que mi padre puso en mis manos", relata Carmen, la hija del segundo y actual representante de los herederos de Juan Ramón Jiménez, que recuerda haber quedado impresionada con la personalidad magnética de esa chica y su dolorosa historia. "¿Cómo puede haber este silencio ante una mujer de esta categoría?", se preguntó entonces, asombrada por "una genialidad tan grande, que hubiese escrito algo tan bonito".

A pesar de morir tan joven, Gil Roësset dejó atrás una obra en la que podía apreciarse su virtuosismo. Zenobia se intrigó cuando accedió a las ilustraciones que Marga había realizado, siendo una niña, para los cuentos de su hermana Consuelo, recogidos en El niño de oro, un tomo que enviaron a la esposa de Juan Ramón Jiménez con una evocadora dedicatoria: "A usted, que no nos conoce pero que ya es nuestra amiga". Marga Clark, sobrina de las Gil Roësset, valora que eran "dibujos de una vida interior, de un dramatismo" impropios de la edad de su autora, rasgos de los que se desprendía que "era una persona especial". En el prólogo que firma para el volumen de la Fundación Lara -que también tiene un texto introductorio de Hernández-Pinzón-, Clark revela que el escultor Victorio Macho decidió no aceptar a la joven artista como alumna para "no interferir con su gran talento creativo. Así siguió Marga, trabajando sola: un arte libre, sin normas, sin grandes influencias, con la mirada hacia adentro para crear su propio estilo, su propia voz", argumenta una especialista que ha descrito la figura de su tía en dos libros anteriores, la novela Amarga luz (Funambulista, 2011) y el poemario El olor de tu nombre (Huerga y Fierro, 2008). Clark confiesa que se sintió "dubitativa" cuando se le propuso colaborar en la publicación de los diarios de su familiar. "Acepté porque es un paso adelante en la reivindicación de la vida y la obra de mi tía. Pero Marga entraba en casa de Juan Ramón Jiménez por segunda vez, y yo iba a entrar con ella, iba a cogerle de la mano. Era importante que en un tránsito tan doloroso le acompañara alguien de la familia".

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