lunes, 8 de julio de 2013

"La dulce", vida de dos desgraciados (Paisajes Eléctricos)


Escribía Gustave Flaubert en Noviembre (Impedimenta, 2007):“comprobad si no cómo los literatos representan siempre un mismo prototipo y lo describen cien veces sin cansarse jamás”. Algo así podría decirse del protagonista de La dulce (Funambulista, 2013), de Fiódor Dostoievski, el dueño de una casa de empeños, personaje sin nombre que nos cuenta la trágica historia de amor con su mujer, incrédulo, en tanto que ella yace muerta sobre la mesa del comedor. Lo que dice Flaubert es verdad, pero con un matiz, y es que con esta descripción -escrita a finales del siglo XIX- de un prototipo que es un pobre desgraciado, Dostoievski se adelanta a los existencialistas, pero también a Joyce. Es, pues, el creador pionero de ese prototipo de hombre angustiado por su propia vida.
La dulce es una nouvelle y forma parte de los textos que Dostoievski publicaba regularmente en su sección Diario de un escritor, sus colaboraciones periódicas para la prensa y que Páginas de Espuma reunió en 2011 -en un volumen de más de mil seiscientas páginas- al cuidado de Paul Viejo. La obra está escrita en los meses de octubre y noviembre de 1876 y se publicó precisamente en noviembre de 1876, poco después de que Dostoievski acabase de escribir su novela Los demonios.  En la nota introductoria (a modo de justificación, pero también de poética) que el propio escritor incluyó en su momento, nos advierte de que se trata de un “relato fantástico”, en el sentido de que “tiene formalmente un elemento fantástico” (aunque Dostoievski lo sienta como completamente real): el cuerpo suicida de la mujer del prestamista que yace sobre una mesa, y que sirve apenas como excusa, tal que catalizador. Pues no interpela la voz del protagonista al finado (como pasaba, por ejemplo, en Cinco horas con Mario, de Delibes) e incluso habla tal que si ella no estuviese de cuerpo presente, sino que el protagonista de La dulce, se habla a sí mismo o a un improbable jurado. Es así más un intento de registro judicial, de acta notarial, de confesión, pero también de exculpación piadosa. Un complejo discurso nocturno. Escuchemos por un segundo algo que escribía Mijail Kuráyev en Ronda Nocturna (Acantilado, 2007), decía: “Sí, no hay duda de que por algo las noches blancas han sido dadas a los hombres, por mucho que tal vez nunca sepamos la verdadera razón”. Así, podría darse una definición al vuelo de esta novela de la siguiente manera: una larga noche blanca en la que un hombre encuentra la razón de su vida, se aclara y entiende el por qué del suicidio de su mujer.  Claro que tal razón no es lógica, ni siquiera casi comprensible; pues se trata de una razón poética, mítica, previa al logos, de un malestar íntimo y que el lector sobreentiende de manera intuitiva. Dicho de otra manera, es el anti-motivo de un anti-héroe. Anti héroe que, como bien apunta Gonzalo Gómez en el postfacio, se emparenta con otros anti-héroes de Dostoievski como, por ejemplo, el del protagonista de Apuntes del subsuelo (de hecho, en la página 89 Dostoievski se autocita, sin anunciar el hipotexto). Respecto a la adaptación del relato al cine y que hiciese el director Robert Bresson con el título de Una mujer dulce, dejó dicho éste que “por encima de los hechos hay una vida más profunda y sobre todo hay una presencia que si usted quiere, es la presencia de Dios. Estas son las cosas que me interesan a mí personalmente: esa presencia constante de algo más que la presencia de las gentes actuando y hablando, algo más profundo y que va más lejos” [1]. El prestamista de la novela de Dostoievski lo expresa de una manera más prosaica, dice “hay ideas que desde el momento en que se pronuncian, si las decimos con palabras, resultan una tontería tremenda”. Así la justificación que el hombre arguye para el suicidio de su mujer.
La historia de La dulce comienza cuando en la vida de un amargado prestamista de cuarenta y un años (“alto, proporcionado, educado y […] nada feo”, según propia confesión) aparece una muchacha dulce y buena, una muchacha de ideas simples, de dieciséis años de edad, huérfana y que vivía tiranizada por dos tías -sirviéndoles de criada- que, además, quieren “venderla”. Y es que quieren que se case, pues, con un tendero viejo. Para poder marcharse de la casa de sus tías (y evitar así el arreglo matrimonial), la muchacha dulce necesita un trabajo y, por esta razón, pone anuncios en el periódico La voz. Pero necesita dinero para pagar los anuncios. Es así como conoce al prestamista, yendo allí a empeñar diversos objetos. El prestamista aprovecha que cada vez la muchacha está más desesperada y, dado que, como se suele decir, no tiene donde caerse muerta, comienza a seducirla, “mediante alusiones, rodeos y frases misteriosas”, hasta que finalmente le propone matrimonio. Ella acepta y ambos se mudan al apartamento de dos estancias del prestamista: “una grande con espacio para el negocio; la segunda, también grande, es nuestro cuarto, con su cama”. Al principio, ella le ayuda con el negocio y le trata “con amor”, un apasionamiento juvenil al que el prestamista responde “con el silencio, un silencio indulgente, claro…”. En fin, que juega a hacerse el enigmático, con la intención de presentarse a ella sin mediaciones. Y es que es su idea que ella, a través de su silencio, le vaya descubriendo y entienda que “lo más importante [es lo que] yace oculto en mi interior”. Esta es la razón de que no le explique a ella nada de su propia vida, ya que quiere que sea ella quien lo averigüe; lo que esto esconde, sin embargo, es que la trata como a una subordinada ciertamente incapaz. Dice, en un momento determinado: “a las mujeres siempre les ha perdido una cosa: su falta de originalidad”.

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