lunes, 11 de abril de 2011

"El testamento del hijo pródigo" en La biblioteca imaginaria


La editorial Funambulista nos acerca un título de los grandes, el final de una trilogía: El testamento del hijo pródigo, escrito por Soma Morgenstern, un judío nacido en 1890 en Budanow. Su familia era religiosa y su educación fue esmerada, estudió en Viena derecho y ejerció el periodismo desde 1927 hasta el 1934, en el periódico Frankfurter Zeitung, siendo sus amigos grandes intelectuales de la época.


Su trilogía la comenzó a principio de los treinta y le llevaría una década, y muchos cambios de residencia, acabarla. Huyó de Austria en 1939 por culpa del nazismo. Casi toda su familia fue exterminada. En 1941 terminó la trilogía con este libro en Nueva York. Consiguió la nacionalidad americana cinco años más tarde.


Este Testamento del hijo pródigo, a pesar de ser la última de las novelas que componen su trilogía, se puede leer independientemente, al igual que las otras dos. Cierto que se nombrarán personajes y situaciones anteriores, pero tratadas de tal modo, que es como si acabaran de suceder; te adentras en ellas y desde ellas, te remontas a la historia que ha estado contando y que seguirá, ya que el final del libro no es un final, como sucede en las sagas.


Aquí, las vidas de los personajes se entrecruzan como algo natural, digamos que uno de los mayores logros es que asistes a sus movimientos, diálogos, situaciones, anhelos, aspiraciones, a sus vicisitudes diarias, desde el lugar privilegiado del espectador omnipresente, que no puede intervenir pero que lo ve todo; las evoluciones de cada uno y del conjunto de todos entre todos.


Se asiste a la vida íntima de un pueblo de judíos húngaros ortodoxos que chocan frontalmente con aquellos que no desean que prosigan donde estaban. Intrigas, asesinatos, facciones, pulso de poderes. Ante nosotros se muestra uno de los dramas más antiguo de todos; la traición, de la mano de la rebeldía, con la vuelta a la norma, el intento de sobresalir, de sobrevivir. Y en medio de muchos dramas, de muchos personajes involucrados, resalta el más importante: el hijo pródigo, aquel que rechazó la religión judía por el cristianismo, y nos hace llegar, a nosotros, y a ellos, su hijo, su hermano traicionado, el testamento que escribió, antes de morir, en una guerra ya lejana. Seguimos las palabras que el hijo lee ante nosotros, en ese cuarto del Abuelo, de noche ya, y con la mujer nerviosa, porque hace mucho que no salimos, y hemos de comer, y se afana en las cocinas y espera, espera a que escuchemos su porqué.


Es un libro hermoso, sensible que nos muestra la vida de un puñado de personas que, como nosotros que asistimos a sus dramas, quieren saber más.

Eva Monzón Jerez

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