El modo en que se hace frente a un revés de la vida o a un infortunio inesperado suele ser altamente revelador del temple que uno posee. El estoicismo, la rabia, la tranquilidad o la iracundia son las válvulas de escape más habituales. El humor, por el contrario, es menos frecuente. Jorge Luis Borges, desdeñado eterno por la academia sueca, definía su postergación del premio Nobel de Literatura como “una costumbre escandinava”; y el no menos genial Mark Twain, en el año 1897, dirigió un telegrama a la redacción del New York Journal con motivo de la noticia periodística donde se anunciaba su muerte, a la que tildó de “exageración”. Marcel Proust, uno de los más grandes novelistas franceses de la Historia, se vio sorprendido a principios del siglo XX por un desagradable enredo: un hábil ingeniero llamado Henri Lemoine afirmaba que había descubierto la fórmula para fabricar diamantes de una manera sencilla y con un coste ridículo. La polvareda que se derivó de tal asunto lo...