Capítulo XXII de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»

CAPÍTULO XXII

Donde se pone fin a esta historia de la forma en que a continuación se verá

Bartolo hablaba en susurros nerviosos con Antonia en la cocina:
-       ¿Pero qué le pasa?
-       No lo sé y los médicos tampoco lo saben. Llegó de Barcelona muy abatido, se metió en la cama y no se ha vuelto a levantar. Lo único positivo es que ha recuperado la razón, pero está muy mal y los médicos andan muy preocupados. Dicen que si sigue así puede sufrir un ataque parecido al de San Telmo.
-       ¿Qué le sucedió en Barcelona?
-       No suelta prenda. El primo de Macarena asegura que hizo apenas lo que se le pidió: montarle una pequeña broma para que se olvidase de las tonterías de detectives.
-       Pues no sé qué broma sería, pero lo que parece evidente es que al primo se le ha ido la mano.
Una voz se dejó oír, débil, desde su cuarto:
-       ¿Está ahí Bartolo…?
Bartolo respondió a gritos mientras se acercaba al dormitorio de Frank:
-       ¡Aquí estoy, hefe!
-       No me llames jefe, Bartolo. Ya se me ha pasado toda esa locura. Háblame de tú y llámame Paco, como antes.
-       ¡Usted es mi hefe y no hay más que hablar!
Paco estaba recostado en la cama sobre un gran almohadón. Su rostro macilento ofrecía un aspecto muy desmejorado, que causó una fuerte impresión a Bartolo. Hablaba de corrido, pero en un tono mortecino y apagado, sin el vigor que en él era habitual:
-       ¿Cómo va tu trabajo en la agencia NIIDEA? ¿Te van a hacer funcionario?
Bartolo correspondió a la sonrisa cansada de Paco con una expresión risueña:
-       Al principio no estuvo mal. Iba unas pocas horitas, más que nada a tomar un cafelito y a charlar con los compañeros, y las actividades eran divertidas…
Bartolo vaciló un instante:
-       …pero enseguida empezaron a pedirme que firmara papeles como “tutor, evaluador y preparador” de cursos de formación para parados. ¡Imagínese! ¡Yo, que estoy en el paro desde hace años y que acabé el BUP con fatiguitas! Mi mujer me dijo que me quitase de en medio cagando leches y eso es lo que hice ayer mismo. Una pena, porque en la agencia había billetes para asar doscientas vacas…Así que aquí estoy de nuevo, más parado que el barco de Chanquete. ¡Y encima usted ahora tampoco me va a dar trabajo!
-       No te preocupes. Ya encontraremos remedio.
-       ¡Como no empiece a hacer la calle no sé qué remedio vamos a encontrar!
Paco cerró los ojos y su sonrisa se apagó lentamente. Bartolo deshizo la mueca de alegría y contempló afligido a su antiguo jefe. La respiración de Paco adquirió el ritmo regular del sueño. Bartolo se levantó y salió cabizbajo de la habitación.
Los días siguientes transcurrieron de una manera que casi podría describirse como plácida. Paco, que se iba debilitando a ojos vistas, no tenía familia cercana y no quiso recibir visitas. Sólo sus amigos de infancia, Macarena y Pepe, tenían el paso franco para verle a diario, en visitas que las fuerzas menguantes de Paco iban haciendo cada vez más cortas.
Y, por supuesto, Bartolo, que en las semanas de convivencia con Frank Stain se había convertido en la persona más próxima a él, con una naturalidad misteriosa y sorprendente para todo el mundo menos para Paco y Bartolo.
Éste no salía de la casa de su ex jefe, durmiendo en una habitación contigua y sentado discretamente en un silloncito en el cuarto del enfermo durante el día. Cuando Paco despertaba de sus ratos de modorra, cada vez más largos, se encontraba siempre con la mirada afectuosa y reconfortante de Bartolo.
-       Bartolo, he hablado con el notario.
-       Lo sé. Ha venido tres veces.
-       Te voy a dejar todo lo que tengo. Tendrás que pagar bastantes impuestos pero te quedará una suma sustancial que os sacará de apuros a ti y a los tuyos.
-       ¡Hefe, yo no estoy aquí por su dinero! ¡Hemos sobrevivido hasta ahora y saldremos adelante sin ayuda!
-       Lo sé, Bartolo, lo sé. Pero yo quiero hacerlo y tú no te vas a negar. Sólo tengo unos parientes lejanos con los que no guardo relación y que además son antitaurinos y animalistas. Aunque no soy rico, heredé de mis padres un pequeño capitalito que a vosotros, sobre todo a tus hijos, os puede venir muy bien. Y lo hago también de forma egoísta, Bartolo. Así me aseguro de que alguien se acuerda de mí el día de mañana.
-       ¡No diga eso! ¡A mí no me hace falta que me deje dinero para acordarme de usted!
-       Ya lo sé. Por eso precisamente quiero dejártelo.
-       ¡Bueno, ya veremos! ¡Y aquí nadie está hablando de mudarse al otro barrio!
Al cabo de una semana a Paco apenas le quedaban fuerzas y los médicos confirmaron que el final estaba cerca. Paco encajó la noticia con la misma serenidad que había mostrado desde el inicio de su enfermedad. Recibió la extremaunción y se despidió de Macarena, Pepe y Antonia.
Bartolo le acompañó hasta el último momento, sentado en el silloncito día y noche. Paco dormitaba casi todo el tiempo. El último día, el enfermo pareció recobrar fuerzas:
-       Bartolo…
-       ¿Qué, hefe?
-       ¿Hice mucho el ridículo cuando iba por ahí disfrazado de detective? Dime la verdad.
Bartolo miró aquellos ojos hundidos y aquel rostro demacrado y tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar su emoción:
-       ¡Ridículo ninguno, nunca! ¡El ridículo lo hicieron todos esos políticos y empresarios chorizos a los que usted puso en evidencia!
-       Pero no hemos conseguido nada, Bartolo.
-       ¡Cómo que no! ¡Les hemos metido el miedo en el cuerpo! ¡Y ya me encargaré yo de hablar con algún periodista para contarle lo que hemos descubierto y que se denuncie toda esa corrupción!
-       Desengáñate, Bartolo. El problema no es que se denuncie la corrupción en la prensa, sino que los ciudadanos estemos realmente dispuestos a luchar contra ella, contra los abusos de poder y contra las pequeñas corruptelas en nuestra vida privada, en nuestro trabajo, en nuestro barrio…Se nos va la fuerza por la boca criticando en la barra del bar, pero nadie toma una actitud. Todos somos culpables.
Paco cayó de nuevo en un sueño profundo, del que sólo despertó una última vez para dirigirse a Bartolo con voz muy débil:
-       Bartolo, ponme a Bambino, anda. Está encima de la cómoda. Y abre la ventana, por favor.
Junto al aparato de música había una pila de CDs. El primero de ellos eran los grandes éxitos de Bambino. Bartolo lo introdujo en el aparato y lo puso en marcha. La voz rota del cantante de Utrera llenó la habitación:
“Payaso,
soy un triste payaso,
oculto mi fracaso con risas y alegrías
que me llenan de espanto,
payaso, soy un triste payaso
que en medio de la noche
me pierdo en la penumbra
con mi risa y mi llanto”.
Bartolo había abierto de par en par el ventanal que daba al balcón y la luz lánguida de la tarde soleada de otoño acarició el rostro de Paco.
Con los ojos cerrados, éste sintió el sol en la cara como una mano leve y reparadora, como lo sentía de niño al caer la tarde al final del verano en la playa de Cádiz, como lo sentía andando de la mano de sus padres por la avenida de la Palmera camino de Heliópolis, o sentado entre ellos en la Maestranza, en un día radiante de Feria.
Sus padres le sonrieron igual que entonces y Paco se sintió en paz, como si regresase a casa de un viaje que hubiera durado toda la vida.

FIN

Comentarios

Marluce Copati ha dicho que…
Un lindo y emocionante final lleno de ternura y generosidad!
Impecable!
Sihem Bouzidi ha dicho que…
Une fin poignante et sobre.
Ou plutôt, poignante car sobre.
Et quel plaisir d'avoir vu mon personnage préféré, Bartolo, prendre de l'épaisseur - pas que physiquement ! - et la lumière au fil des chapitres jusqu'à ce dernier, tandis que Franck/Paco s'amenuisait (au propre comme au figuré). Bartolo est pour moi LE protagoniste de ce roman.
Quel dommage néanmoins que les aventures de Frank Stain, comme la vie, prennent fin si vite ! Elles auront été la petite douceur de mes soirées confino-ramadanesques...
¡Mil gracias Juan!
Julio Herraiz ha dicho que…
Gracias por habernos hecho más llevadero el confinamiento con esta pequeña joya engastada de risas hefe, pero también de advertidos pensamientos.

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