Capítulo XVII de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»

CAPÍTULO XVII

Donde se da cuenta del almuerzo de nuestros héroes con Don Álvaro Benamejí y de otros inesperados y emocionantes encuentros y reencuentros que acontecieron en el mismo lugar

Frank dejó escapar una sonrisa socarrona cuando Bartolo apareció en el salón  encajado en un terno de un marrón desfallecido con ínfulas de beige, camisa amarilla con gemelos dorados y corbata a juego con pasador de oro de su peña taurina:
-       Vaya Bartolo, de tabaco y oro…
-       ¿Le gusta? ¿No me doy un aire a Morante?
-       ¡Ya quisiera Morante! ¡Pareces el mismo Curro de paisano!
Bartolo reparó en que ni siquiera para esta gran ocasión había relajado Frank su rigurosa etiqueta detectivesca, gabardina y borsalino incluidos. Se abstuvo de hacer comentarios y siguió a su jefe ascensor abajo hacia el garaje, en busca del 1500.
Cuando llegaron a la dirección que indicaba la tarjeta de invitación, en una calle cercana a la catedral, se dieron de bruces con un caserón barroco andaluz, en cuyo portón de entrada un portero uniformado les hacía señales para que aparcasen en el interior. Otro sirviente les esperaba al pie de la escalera y, tras desembarazar a un desconfiado Frank de gabardina y sombrero, les acompañó a un salón del primer piso en el que tres personas departían de pie tomando un aperitivo. Frank y Bartolo reconocieron al instante a los integrantes del grupo que Frank había perseguido sin éxito en la recepción del Palacio de San Telmo.
Alvaro Benamejí, cómodamente instalado en la cincuentena, alto, de rostro anguloso y bronceado y hechuras fibrosas, destacaba entre los tres por la elegancia displicente de quien ha heredado generaciones de riqueza y poder: zapatos marrones ingleses, pantalones grises con dobladillo, chaqueta de tweed en tonos verdosos, pañuelo blanco en pico en el bolsillo, camisa celeste y corbata azul de lana, todo ello en el punto exacto de uso: ni demasiado gastado ni nuevo en demasía. Benamejí dio la bienvenida a los recién llegados con una sonrisa acogedora e hizo las presentaciones:
-       El señor Frank Stain, detective privado, su ayudante e investigador junior, don Bartolo Andorga, don Antonio Ortega, empresario, y don Benito Estrella, Director General de Energía de la Junta.
Frank y Bartolo estrecharon las manos tendidas y aceptaron las bebidas que les ofrecía un camarero de uniforme gris oscuro y guantes blancos. Frank tuvo un sobresalto al saludar a Ortega: en la recepción de San Telmo no había podido fijarse bien en él; ahora reparaba en que era exactamente igual que el Ortega que le había torturado y golpeado en sueños. El mismo aspecto rudo y tosco que el traje gris de marca cara sólo conseguía acentuar.
El Director General de la Junta, por su parte, hacía gala de la misma elegancia relamida que Frank recordaba de San Telmo. A diferencia de Benamejí, todo en él (el bronceado, la chaqueta azul, los pantalones beige, los mocasines marrones de borlas, la corbata Hermès de colores vivos, el pañuelo excesivamente a juego con la corbata) era demasiado nuevo, demasiado perfecto, demasiado conjuntado. Hasta su actitud, exageradamente desenvuelta, contrastaba con la naturalidad del anfitrión.
Parapetado en un silencio discreto, Bartolo observaba atentamente al trío –que se dirigía sobre todo a Frank– y no detectó el menor asomo de burla o ironía. Todo se desarrollaba con absoluta normalidad: Benamejí, Ortega y Estrella parecían sinceramente interesados en la conversación y se comportaban sin reservas aparentes.
El dueño de la casa conducía la charla por derroteros insustanciales y amenos: la falta de lluvia, la historia de la casa, los toros, el fútbol, el flamenco. Bartolo tuvo la impresión de que el anfitrión conocía perfectamente las aficiones de Frank e incluso las del propio Bartolo (a quien Benamejí procuraba educadamente mantener siempre dentro de la conversación), sin que en ningún momento lo hiciera explícito. 
Cuando pasaron a la mesa en un comedor contiguo, Frank dio una camballada casi imperceptible y Bartolo no pudo reprimirse:
-       Hefe, que parece usted Chiquito de la Calzada dando el pasito de la muerte. Sólo le falta el gritito.
Frank se volvió hacia su ayudante como picado por un tábano y a Bartolo no se le escapó un rápido cruce de miradas cómplices entre el anfitrión y sus dos acompañantes. Bartolo se percató entonces de que él también había bebido demasiado, azuzado por Benamejí, que le había animado a probar durante el largo aperitivo toda clase de olorosos y palo cortados con la excusa de que Bartolo, devoto fiel de la Cruzcampo, desconocía esos vinos.
Cuando se sentaron a la mesa se hizo un breve silencio que el anfitrión rompió con un inesperado cambio de tercio y de registro, al tiempo que desplegaba despaciosamente sobre su regazo el vuelo de una gran servilleta blanca de hilo con las iniciales de la casa, como un torero que se abre de capa en el ruedo para iniciar la faena:
-       Bueno, señor Stain. Es usted un hombre exquisitamente educado y ha evitado hasta ahora plantear abiertamente la pregunta que sin duda le estará dando vueltas en la cabeza desde que recibió mi carta: ¿por qué esta invitación?
Frank hizo un gesto torpe de protesta que Benamejí pasó por alto:
-       Sí, Frank (si me permites el tuteo después del rato tan agradable que acabamos de pasar). No te preocupes; yo también me lo preguntaría si estuviese en tu lugar y probablemente no sería tan discreto como tú.
Frank volvió a hacer un aspaviento, no quedó claro si de asentimiento a la propuesta de tuteo o de rechazo a la autocrítica de Benamejí, que prosiguió el trasteo sin dejarse distraer:
-       Por eso creo que es bueno jugar con las cartas boca arriba. Sabemos que estás…(Benamejí se detuvo un instante y sonrió cálidamente a Bartolo)…que estáis investigando una planta de energía eólica que Antonio Ortega y yo estamos montando en Morón, en un trozo segregado de mi finca Las Cabañuelas.
A Frank y a Bartolo se les disiparon súbitamente los vahídos alcohólicos. Frank estudió el semblante impenetrable de Benamejí, que sonreía ante el cambio de actitud de su interlocutor.
-       Te dije que iba a hablar sin tapujos… No te sorprenderá si te cuento que nos han llegado noticias de vuestras andanzas el otro día en Morón. Tras hablarlo entre nosotros llegamos a la conclusión de que resultaba preferible agarrar el toro por los cuernos y aclarar las cosas desde el principio para evitar malentendidos. Verás, Frank: es verdad que Antonio y yo nos hemos asociado en este parque eólico y en otros negocios, como la venta El Cacareo que visitasteis recientemente.
Benamejí subrayó el efecto de sus palabras con una pausa inaprensible, antes de continuar:
-       Son negocios perfectamente legales en los que no tenemos nada que esconder.
Frank retrucó con tono adusto:
-       ¿Es legal dar de alta la instalación antes de que esté terminada para acogerse a unas primas que van a desaparecer?
Benamejí no descompuso la figura y cedió los trastos con la mirada al Director General de Energía:
-       Es apenas un problema de plazos administrativos por pocos días. Una cuestión legal discutida y discutible. Las primas antiguas son esenciales a fin de asegurar a los inversores la rentabilidad de la instalación y para la Junta lo prioritario es la creación de empleos en una comarca deprimida, gracias a dos valientes empresarios que están arriesgando su capital. Desde el gobierno regional no vamos a poner palos en las ruedas a una iniciativa empresarial que beneficia a la sociedad.
-       Los plazos legales no son una cuestión discutida y discutible. No respetarlos supone una violación flagrante de la Ley.
Benito Estrella no perdió la compostura:
-       Vamos, Frank. Esas son objeciones de leguleyos que, en último término, llevan a judicializar cuestiones que deben ser resueltas siempre mediante el diálogo. Tenemos que evitar una deriva judicial que sólo causa dolor y fracturas.
Ortega salió del burladero refrenando su impaciencia:
-       Como ha dicho el Director General, están en juego muchos empleos en una comarca que los necesita con urgencia. Y nosotros no estamos robando dinero a nadie. Se trata de dinero público….
-       ….que como a estas alturas es de sobras conocido, no es de nadie…
Benamejí había rematado la faena coral adornándose con una sonrisa irresistible, pero Frank parecía inmune a toda seducción:
-       ¡El dinero público es de todos y si los ciudadanos no controlamos cómo se gasta nadie lo va a hacer!
El anfitrión respondió calmamente, evitando otra intervención de Ortega, que se revolvía en su silla cada vez más nervioso:
-       Frank, Frank… Sé razonable; incluso si hubiese habido alguna iregularidad sería apenas de naturaleza administrativa. Aquí nadie se ha metido dinero público en la faltriquera para su enriquecimiento personal.
Los ojos de Bartolo se escaparon hacia la corbata Hermès y el Patek Philippe del Director General, que olía ensimismado la copa de Vega Sicilia Único del 2007 que le acababan de servir. Bartolo también olfateó extasiado su copa después de agitarla en círculos, como había visto hacer al alto cargo de la Junta. Frank, mientras tanto, seguía acudiendo con fijeza al caballo:
-       ¡Eso habría que verlo y en cualquier caso la ley está para ser cumplida! ¡Es el fundamento esencial del Estado de Derecho y de nuestra Constitución!
Benito Estrella regresó por un momento de la Ribera del Duero:

-       ¡El Estado de Derecho! ¡La Ley! ¡La Carta Magna! ¡Que afición enfermiza tienen algunos a las palabras grandilocuentes y pomposas! Los progresistas preferimos hablar más modestamente del marco de seguridad jurídica…¿Porque tú serás progresista, verdad Frank?
Estrella clavó en Frank unos ojos inquisitivos como un taladro. Frank le miró desconcertado y Benamejí se apiadó del detective:
-       Como decía un amigo mío, Frank es un progresista de orden, como yo.
Benamejí sonrió afable a Frank, pero éste había superado ya la pájara:
-       ¡El respeto de la Ley no es una cuestión formal! ¡Es la única protección que nos queda a los ciudadanos de a pie frente al abuso de poder y a la corrupción!
-       ¿Nos estás acusando de ladrones, mentecato?
Ortega se había levantado iracundo y apuntaba a Frank con un dedo índice inquisitorial. El anfitrión terció en su habitual tono mesurado, mientras sus ojos escrutaban a Ortega con dureza:
-       Antonio, vamos a tranquilizarnos todos. Aquí nadie está acusando a nadie de nada. Se trata de una charla entre amigos para deshacer equívocos.
-       ¡El mamarracho éste sí nos está acusando y yo no se lo voy a permitir! ¡Que tenga mucho cuidado conmigo! ¡Si me sigue buscando me va a encontrar! ¡Buenas tardes!
Ortega empujó violentamente la silla hacia atrás y salió del comedor dando un portazo. El grupo permaneció en silencio hasta que Benamejí dejó oír de nuevo su voz despreocupada:
-       Mil perdones. No hay que tenérselo en cuenta. Antonio es un bendito, aunque  tiene mucho genio y a veces se le nota que no ha recibido una educación muy esmerada…¡Pero tiene mucho mérito! Es un hombre que se ha hecho a sí mismo desde la nada…Bueno, vamos a dejarnos de conversaciones aburridas y vamos a dedicarnos a las cosas que de verdad importan. ¿Qué me decís del vino? Pues ahora viene lo mejor: con el postre nos vamos a tomar un Château d´Yquem del 2011 y después vamos a probar los rones y puros que me acaban de traer de Cuba….Y para terminar os tenemos preparada una sorpresita…
Benamejí lanzó una mirada de inteligencia al Director General y retomó la conversación ligera del aperitivo, con una naturalidad que no hizo sino acrecentar la admiración incondicional de Bartolo. Frank continuaba arisco y abanto, pero la simpatía arrolladora de Benamejí lo fue doblegando poco a poco. Al cabo de un par de horas intensamente regadas de alcohol y sembradas de bromas y chistes reinaba un ambiente eufórico. Nadie parecía recordar ya el incidente ni la espantada de Ortega.
-       Y ahora…la sorpresa de fin de fiesta. ¡Que me sigan los valientes!
El dueño de la casa se levantó de la mesa con la copa de ron añejo en la mano y el Cohiba Lancero en la boca y guio a sus comensales por un laberinto de pasillos y escaleras festoneados de cuadros de antepasados y estampas de toros y caballos, hasta una gran puerta de madera, detrás de la cual se escuchaba un murmullo de risas, cristales y música.
-       Señores, entren conmigo en el Paraíso.

Benamejí empujó con suavidad las dos hojas de la puerta y sonrió al ver el efecto que producía en sus boquiabiertos invitados la visión que se materializó ante ellos: una docena de chicas con cuerpos de vértigo bailaban frente a algunos invitados como si estuviesen a punto de iniciar un desfile de Victoria´s Secret.
El anfitrión hizo un gesto a una chica morena, de estatura mediana, ojos claros y piel canela, que se aproximó y se dirigió a Frank con una sonrisa radiante:
-       ¡Hola meu amooggggg! ¡Qué bom te ver de novo!
Benamejí sonrió con intención a un Frank atónito:
-       Olvidé comentar que Antonio Ortega y yo somos dueños también de Locura Tropical Ardiente.
Frank alzó la vista por encima de la sonrisa resplandeciente de Carmen Miranda y alcanzó a ver el brillo esquivo de las manos del Señor de los Anillos, desvaneciéndose como un sueño de lentejuelas por una discreta puerta al fondo del salón.

(Continuará...) 

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