Capítulo XVI de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»

CAPÍTULO XVI

Donde se da noticia de las tristes consecuencias de la aventura del palacio

-       ¿Cómo está hoy?
Bartolo formuló la pregunta en un cuchicheo ansioso, sin dar tiempo a Antonia de abrir enteramente la puerta del piso de Frank.
-       Algo mejor. Ha recobrado la conciencia y está lúcido, pero se encuentra muy débil. El ataque que tuvo en el Palacio de San Telmo fue grave y los médicos dicen que debe mantener reposo absoluto y olvidarse de todas esas chorradas de detectives. Han preguntado qué ocurrió en la recepción para que tuviese esa crisis.
-       Ni la menor idea. Reconoció a gente que había visto en Morón y salió corriendo. Yo me lo encontré insconciente, tendido en el suelo en una sala del palacio.
-       Bueno, pues mucho cuidado, Bartolo. Está en situación de riesgo y si sufre otro ataque parecido es muy probable que no sobreviva.
Bartolo retuvo un suspiro apesadumbrado, pero cuando entró en el cuarto de Frank su cara mostraba la expresión jovial de costumbre:
-       ¡Buenos días, hefe! Ya teníamos ganas de verle en casa. Se ha pasado casi un mes en el hospital. ¡Que es usted más duro que Toni Romano! Dentro de nada estamos otra vez persiguiendo chorizos y corruptos.
-       No sé Bartolo, no sé…
-       ¡Que le digo yo que sí! ¿Pero qué le pasó en San Telmo? Salió usted escopeteado que parecía Joaquín corriendo por la banda; no había manera de seguirle. Después de buscarle como un loco me lo encontré listo de papeles en un despacho de la segunda planta.
-       Fue muy fuerte, Bartolo. Todavía no sé si fue sueño o realidad.
-       ¿Se trata de aquellos tipos de Morón y de la Junta que vimos en la recepción? El elefante de negro le estaba provocando y usted se tiró a por él como un torito de Miura. ¡Qué casta tiene! Va usted siempre de menos a más, como las ganaderías de categoría.
-       No, Bartolo, no fue eso.
-       Venga, hefe, que uno no lee el Babelia pero tampoco se chupa el dedo.
-       Te aseguro que no tiene nada que ver con lo que dices. Es verdad que me fui corriendo detrás del grupito; cuando me vieron salieron de estampida y la cosa me escamó. Pero no pude darles alcance…
-       ¿Entonces?
-       Es lo que estoy intentando decirte. Algo muy raro pasó después y no sé si lo soñé o si sucedió realmente.
-       ¿Soñó con la Elisabeta esa otra vez? Porque cada vez que sueña con ella se me pone usted como una moto. A mí me parece que lo que usted necesita es carenarse un poquito los bajos, que lleva dos o tres décadas sin hacerse el mantenimiento básico de fábrica.
-       ¡No seas bruto Bartolo! ¡Siempre estás con lo mismo!
-       Bueno hefe, no me lo estoy inventando yo, que el Freud ese ya decía que todos los problemas de la azotea vienen de los bajos.
-       ¡Qué cacho de bestia eres!
-       Sí, sí…Bestia pero feliz. Que yo me cambio el aceite regularmente, como puede confirmar mi señora. Por eso no me verá a mí comerme el coco.
-       Para ti la perra gorda, Bartolo.
-       ¿Ve usted? Mucho Babelia y mucha novela negra pero se me queda sin argumentos…
Frank alzó la mirada al cielo y en su rostro se marcó un rictus de impotencia y cansancio. Bartolo percibió que su patrón comenzaba a respirar agitadamente y cambió de tercio, asustado:
-       Aquí traigo los periódicos del día. ¿Les damos el repasito de siempre para ver si hay material para trabajar?
Frank no contestó; miraba hacia la ventana, totalmente ausente. Bartolo no se atrevió a llamar de nuevo su atención. Se acomodó en el silloncito y se quedó adormilado.
Cuando despertó, Frank seguía en la misma posición, en completo mutismo y con la vista fugitiva por el balcón entreabierto. Bartolo salió calladamente de la habitación y buscó a Antonia, ocupada en preparar el almuerzo en la cocina.
-       Antonia, me preocupa el hefe. Está muy deprimido. No lo he visto así ni cuando el Betis bajó a segunda la última vez. Ni cuando a Curro le devolvieron un toro a los corrales en Tarragona en el 95… ¡Ni siquiera cuando murió Bambino!
Bartolo se persignó elevando los ojos empañados a las alturas celestiales. Antonia cortó de raíz el trance místico:
-       Parece que es normal caer en depresión después de un infarto. Pero le conozco como si le hubiera parido y acaba de llegar algo que le va a animar.
-       ¿Qué es?
Antonia entregó a Bartolo un sobre:
-       Llévaselo.
-       ¿Pero qué es?
-       No sé qué hay dentro, pero mira...
Antonia señaló con el índice el destinatario y a continuación el remitente. Bartolo comenzó a dar gritos desde la cocina:
-       ¡Hefe! ¡Hefe!
Cuando entró en la habitación de Frank este había vuelto de su ensimismamiento y miraba a Bartolo con aire huérfano. Bartolo le tendió el sobre:
-       ¡Mire lo que acaba de llegar!
Frank leyó el destinatario en voz alta: “Sr. Frank Stain, detective privado”. Giró el sobre y leyó el nombre del remitente: “Álvaro Benamejí y Benamejí”. Se incorporó en la cama como si hubiera recibido una descarga eléctrica y sus ojos salieron de golpe de la modorra cansina que los había nublado toda la mañana.
-       ¡Pero ábrala, por la gloria de su madre!
Frank rasgó nerviosamente el sobre y extrajo un tarjetón, que leyó con un ligero temblor en la voz:
- “Don Álvaro Benamejí y Benamejí se complace en invitar al Sr. Frank Stain, detective privado, acompañado del investigador junior, don Bartolo Andorga, a un almuerzo en su residencia el martes 29 de octubre”.

(Continuará...) 



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