Capítulo XIV de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»


CAPÍTULO XIV


De cómo Frank Stain y Bartolo Andorga asistieron a una gran recepción oficial en el Palacio de San Telmo y de lo que en ella aconteció


-       ¡Hefe! ¡Hefe! ¡Despierte de una vez, hombre de Dios!

Bartolo Andorga comenzó a propinar tortitas en la cara a su patrón, que se retorcía dormido en el sillón dando voces desgarradas:

-       ¡Lisbeth, Lisbeth!! ¡No me abandones…!

-       ¡Pero qué manía con la Salamandra…!

Bartolo siguió palmeando el rostro de Frank hasta que éste abrió por fin los ojos con expresión aturdida:

-       ¿Qué pasa? ¿Por qué me estás pegando, Bartolo?

-       Porque no se despierta usted ni pa los catalanes y falta menos de una hora para la recepción en San Telmo.

Poco a poco Frank fue volviendo en sí:

-       ¿Qué recepción?

-       ¡La de la Junta, hefe! ¡Y usted todavía sin vestir!

El detective reparó en que su asistente lucía el traje azul, la camisa blanca, la corbata con el escudo del Sevilla y el pasador de su hermandad de las grandes ocasiones.

-       ¡Cámbiese rápido que no llegamos! ¡Por la gloria de su madre que en paz descanse, que me juego el puesto de interino!

Frank se incorporó pesadamente y desapareció por la puerta del pasillo. Un cuarto de hora después reapareció con el uniforme de detective. Bartolo le miró con desaliento:

-       ¿No se puede usted quitar por una vez el sombrerito y la gabardina? Vamos a ser el cachondeo de los junteros.

Frank había recuperado por completo la compostura y el brío:

-       A ver quién se cachondea de quién. Vamos a buscar un taxi. En San Telmo va a ser imposible aparcar.

Bartolo dio un suspiro de alivio. En su fuero interno le mortificaba la perspectiva de aparecer en la Presidencia de la Junta de Andalucía conduciendo el armatoste de su jefe.

Tuvieron suerte; encontraron un taxi con rapidez y a las nueve en punto entraban resueltamente por la puerta principal del Palacio de San Telmo, tras entregar la invitación a un conserje boquiabierto.

La recepción tenía lugar en los jardines situados en la parte trasera del palacio, abarrotados por una multitud compacta que lucía sus mejores galas y un intenso moreno veraniego.

Bartolo contempló extasiado a todo el who-is-who meriodional concentrado en aquel espacio acotado, desde miembros del gobierno autonómico a altos cargos regionales, pasando por líderes políticos y sindicales, empresarios, jueces, artistas, intelectuales, deportistas, periodistas y personajes variopintos de la farándula sureña.

-       ¿Se da cuenta del personá que hay aquí, hefe? ¿Pero se ha fihao? ¡Animalito mi primo! ¡Loh vello de punta!

Frank proseguía su travesía a través de la multitud, insensible a la excitación de su subordinado. A medida que avanzaban les llegaban frases sueltas como ráfagas. Frank tenía la incómoda sensación de estar entrando sin permiso en la intimidad de unos y otros:

 

-       Eso te lo arreglo yo. Le digo al Director General de Industria que revise la decisión. ¡Faltaría más!  Llámame el lunes al despacho y me lo recuerdas.

-       Me parece estupenda la idea del concurso televisivo. ¿Lo haría tu productora, como siempre?

-       ¿Tú te puedes enterar de cómo está ese asunto en el Juzgado de tu mujer?

-       Sí, hombre, lo de la subvención está arreglado. No te pongas nervioso. Y lo de la recalificación del solar está hablado con el alcalde.

-       ¿Le puedes recordar a la Presidenta la Embajada que quiere mi hijo, para que haga una gestión con Moncloa?

-       ¡Pero mujer! ¡Si el premio literario lo financiamos nosotros! ¿No vamos a tener mano?

-       ¡Estoy de los vecinos de la playa hasta los güevo! ¡Ayúdame con la renovación de la licencia del chiringuito!

Todavía no se había apagado por completo la luz incierta del final del día y ya una multitud de lámparas y farolas brillaban previsoras por todo el jardín.

Un foco iluminó la puerta del palacio, que daba acceso a los jardines por una gran escalera. Un bisbiseo de expectación recorrió la concurrencia. Una figura femenina vestida de blanco y verde emergió del umbral y descendió lentamente la escalinata con una gran sonrisa.

Los invitados prorrumpieron en una ovación cerrada, interrumpida por los compases iniciales del himno de Andalucía, entonado solemnemente por los asistentes. Bartolo se sumó con entusiasmo al coro y observó por el rabillo del ojo a Frank, que permanecía en silencio:

-       ¡Hefe! ¡Por lo menos mueva los labios!

-       Como decía el Mairena de Antonio Machado, “un andaluz andalucista es un español de segunda clase y un andaluz de tercera”. Yo en esto del andalucismo soy objetor de conciencia.

-       ¡Pues pida una prórroga de estudios, que yo me estoy jugando las habichuelas!

Frank no sólo siguió mudo hasta la conclusión del himno, sino que, para zozobra de su subordinado, rezongó durante todo el acto de izado de la bandera de la Comunidad Autónoma y durante la ofrenda floral de la Presidenta ante el busto de Blas Infante.

-       ¡Loh vello de punta, hefe, con el homenaje al Padre de la Patria Andaluza!

-       ¡Pero qué Padre de la Patria Andaluza ni qué niño muerto! ¡Mi padre está criando jaramagos desde hace diez años y aquí sólo hay una Patria que es España!

-       ¡Hefe, que ahora el que parece de Vox es usted! ¿No sabe que el Estatuto de Autonomía dice que Andalucía es una “nacionalidad histórica” y una “realidad nacional”?

-       ¡Como si yo digo que soy Brad Pitt!

-       ¡Hombre, no exagere! ¡Ni calvo ni con dos pelucas!

Un murmullo de agitación reverberó entre la concurrencia y sirvió de excusa a Bartolo para poner fin a la discusión con su patrón:

-       ¡La Presidenta viene hacia aquí!

La jefa del gobierno regional, acompañada de un numeroso séquito, había comenzado a circular entre los invitados deteniéndose aquí y allá para departir con algunos de ellos. En pocos minutos llegó a la altura de Frank y Bartolo y sonrió al ver la indumentaria del primero:

-       ¿Y esta criatura tan graciosa disfrazada de teniente Colombo? ¿Qué pasa, que adelantan el carnaval?

Bartolo se anticipó a la reacción de su jefe:

-       Presidenta, le presento al famoso detective privado Frank Stain.

-       ¿Frankenstein? ¡Ay qué arte chiquillo! Pero para Frankenstein le faltan un par de potajitos…y los tornillitos en la cabeza…

La Presidenta sonrió con intención al séquito. La cara amostazada de Frank presagiaba marejada. Bartolo siguió al quite:

-       Yo soy su investigador junior, Bartolo Andorga, para servirla.

Un asesor susurró algo al oído de la Presidenta, que miró a Frank con más interés:

-       ¿Y qué investigas tú, Frank, miarma?

-       Lucho contra la corrupción.

-       Eso está muy bien, Frank. Yo también lucho contra la corrupción. La corrupción me quita el sueño. No me deja vivir. Pero esas cosas hay que hacerlas como es debido. No se puede andar por ahí como si uno fuera Robin Hood, o mejor dicho Curro Jiménez, que es más nuestro. Para eso tenemos la Oficina de Prevención del Fraude y la Corrupción en Andalucía.

El asesor volvió a susurrar al oído de la Presidenta.

-       ¡Uy, que me dicen que aún no la hemos montado! ¡Es que son tantas las cosas que tiene una en la cabeza! Bueno, Frank, mientras la creamos tú le pasas tus denuncias a mi jefe de gabinete, que se encargará de darles seguimiento.

La Presidenta ignoró el conato de protesta de Frank y dio por concluida la audiencia. Bartolo se interpuso:

-       ¡Presidenta! ¡Perdone! ¿No habría posibilidad de un trabajito para mí de interino en cualquier puesto de la Junta? Es que estoy en paro y tengo cuatro churumbeles. El hermano de mi madre es Perico Manzano, de la UGT de Triana.

La Presidenta contempló unos segundos a Bartolo, que sudaba a chorros y la miraba implorante. Al cabo de unos segundos se dirigió a su asesor:

-       Mira a ver qué se puede hacer. Y dale al amigo Frank las señas de mi jefe de gabinete.

La comitiva continuó su camino a través de la multitud. Bartolo no pudo reprimir su entusiasmo pese a la mirada reprobadora de su jefe:

-       ¡Se lo dije, se lo dije! ¡Que me hacen interino!

Frank remedó la voz de Bartolo:

-       “El hermano de mi madre es Perico Manzano…”. Patético, Bartolo.

-       Hombre, hefe. Patético es llevar quince años tieso como la mojama. ¡Y no me vaya a dar la matraca con la corrupción y los enchufes que le conozco! Esto es sólo un poquito de netguorquin, como Florentino Pérez en el palco del Bernabéu.

Bartolo percibió que la atención de Frank se había desviado. El detective miraba por encima de su hombro hacia el palacio con expresión de asombro, como si hubiese visto al mismísimo Bambino redivivo:

 

-       ¿Qué le pasa hefe?

Bartolo se volvió hacia el punto en el que estaban clavados los ojos del detective, sin identificar a nadie que pudiera conocer:

-       ¡El Señor de los Anillos!

Frank apuntaba hacia el mastodonte, vestido de negro de los pies a la cabeza, las manos refulgentes de pedrería. La mole humana permanecía de pie ligeramente detrás de un trío al que parecía dar protección. El detective concentró su atención en uno de los integrantes del grupo. Aquella cara rosácea y abotargada le resultaba familiar, aunque no lograba identificarla:

-       Y el del traje azulina…

-       Es Benito Estrella.

La voz venía de atrás. Frank y Bartolo se dieron media vuelta y se encontraron con un tipo jovial con barba cana y porte aristocrático, que les extendía sonriente la mano:

-       Me llamo Roberto Flórez…

Frank estrechó la mano tendida:

      -    ¿Quién es ese Benito Estrella?

-       El Director General de Energía de la Junta.

Un fogonazo iluminó la memoria de Frank. ¡Era el alto cargo que iba de gracioso en la mesa de junteros en Locura Tropical Ardiente! ¡Y que también estaba en la mesa del reservado de la venta El Cacareo junto a los otros dos miembros del grupo! Frank conocía la contestación a su siguiente pregunta; aun así la formuló:

-       ¿Y los otros dos?

-       Son Antonio Ortega, el factótum del partido socialista en Morón y su comarca, y Álvaro Benamejí, un señorito de Morón que según dicen anda en negocios con Ortega y con Estrella.

El Señor de los Anillos miró en dirección a Frank y le envió una sonrisa hostil que sobrevoló la muchedumbre. El movimiento silencioso de sus labios esculpió cuatro sílabas que Frank entendió con la misma nitidez que si se las hubiese gritado al oído:

-       ¡CA-RA-PI-TO!

El Señor de los Anillos llamó la atención de Ortega, quien levantó la cabeza y encaró a Frank con gesto adusto. Dijo algo a sus dos acompañantes y el grupo al completo subió la escalinata y abandonó la recepción.

Cuando Bartolo se quiso dar cuenta, Frank había desaparecido entre la masa de invitados.



(Continuará...) 

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