Capítulo XIII de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»


CAPÍTULO XIII


De las discretas razones que se pasaron entre Frank Stain y Bartolo Andorga y de una misteriosa invitación


En los días posteriores a la aventura del top manta Frank mostró un sosiego desacostumbrado. Permaneció encerrado en su casa sin llamar a su asistente, cada vez más inquieto por la pasividad de su jefe. Bartolo resolvió ir él mismo a la montaña.

Cuando entró en el salón, Frank estaba concentrado en su lectura habitual del Babelia, que solía espaciar a lo largo de la semana en pequeñas dosis que le hacían más llevadera su digestión. Con una disciplina espartana, procuraba seguir las recomendaciones de lectura del suplemento literario de El País con la esperanza de conseguir elevarse algún día a la altura de sus héroes detectivescos y letraheridos: Carvalho, Montalbano, Bevilacqua y Mario Conde (el bueno).

Frank intentaba tranquilizarse a sí mismo diciéndose que aún era demasiado pronto para extraer conclusiones, pues los primeros resultados de su cruzada cultural no eran muy alentadores.

Se había zampado de una sentada las cinco novelas de los Episodios de una guerra interminable de Almudena Grandes, que le habían resultado apasionantes pero que le habían sumido en una profunda crisis existencial: Frank era ahora consciente con profundo pesar del oscuro pasado de su familia.

Su padre (que heredó de su abuelo el ultramarinos del barrio) había sido persona de orden y hermano devoto de la hermandad del distrito, pero había combatido en la guerra civil en el bando faccioso. Frank no podía engañarse a sí mismo: ¡SU PADRE HABÍA SIDO UN FASCISTA!

Pero más doloroso, si cabe, fue recordar que él mismo había contribuido a la ignominia familiar, pues en su niñez había sido (Frank se estremecía sólo de pensarlo)… ¡FLECHA DE LA OJE!

Frank se vio a sí mismo vestido con su boina roja, la camisa gris niebla y el  pantalón corto marrón en los campamentos de verano y no pudo evitar un desagradable hormigueo en la barriga. Pasó varios días sumido en un hondo abatimiento. Era carne de la Ley de Memoria Histórica y lo sabía, aunque le aliviaba recordar que Andrea Camilleri, el creador del inmortal comisario Montalbano, había sido balilla del Fascio y, con apenas diez años, había escrito al Duce ofreciéndose voluntario para combatir en Abisinia. Que Camilleri se hubiese convertido en un leal comunista años después era prueba irrefutable de que nunca había que perder la esperanza. ¡También Frank podía encontrar la redención en Unidas Podemos!

Frank albergaba la secreta esperanza de descubrir algún día que su padre había sido en realidad un valiente comunista que, a escondidas de su familia, había luchado clandestinamente contra la Dictadura durante años, como el sargento de la Guardia Civil Miguel Sanchís en El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes, un héroe de guerra del bando faccioso que inesperadamente se inmolaba para salvar a los maquis a los que supuestamente perseguía, gritando con lágrimas en los ojos “¡Viva el Partido Comunista de España!” antes de quitarse la vida.

Nino, el niño protagonista de la novela, lo había intuido: “…había visto la cara de estatua clásica, serena, luminosa, que ocultaba bajo una máscara cruel” el sargento Sanchís, “había visto el rostro inocente, joven y terso, que respiraba bajo la impecable máscara de un impostor implacable”… “Había visto una vez a un arcángel que se llamaba Miguel Sanchís”.

Frank no iría tan lejos como para sostener la condición seráfica de su padre, pero no dejaba de ser cierto que su progenitor había sido siempre un hombre de bien que, tras la guerra, lejos de enriquecerse como tantos otros con el estraperlo, había ayudado desde su tienda de ultramarinos a muchos de sus vecinos hasta quedar prácticamente arruinado, lo que le granjeó el cariño y el reconocimiento del barrio.

Como Los episodios de una guerra interminable demostraban fehacientemente, tamaña bondad sólo cabía en el corazón de un militante comunista. ¿Quién sabe? Quizás su padre había sido siempre comunista y murió sin saberlo.

Bartolo interrumpió los melancólicos pensamientos del detective:

-       ¡A los buenos días, hefe! ¡Qué pasa! ¿Se ha olvidado de mí? Llevamos ya casi una semana mano sobre mano.

-       Ah…Hola, Bartolo. Yo he estado trabajando sin parar.

-       ¿Y…?

-       Por ahora no he encontrado una pista clara para seguir nuestras pesquisas.

-       Me parece a mí que aquellos dos maderos le metieron el miedo en el cuerpo. Se fue usted con ellos sin rechistar, ni siquiera protestó cuando le llamaron Frankenstein y salió de la comisaría manso como un borrego. ¿Qué le dijeron?

Frank se resintió del puyazo:

-       ¡A Frank Stain NADIE le mete el miedo en el cuerpo!

-       Bueno, bueno... No se me ponga así.

-       Es sólo una cuestión de respeto profesional.

-       ¿Respeto profesional? ¿Con aquellos dos pasmarotes?

-       ¡De pasmarotes nada! ¡Eran el inspector-jefe Chaves y el subinspector Chacón!

Bartolo enarcó las cejas y se encogió de hombros:

-       Como si me habla de marcas de alicates.

-       ¡Son los protagonistas de La cream coneshion, un clásico del género negro andaluz!

-       ¡Ese libro lo leí yo y tiene musha guassa! ¡Para que vea que no soy tan inculto! El caso es que esas dos criaturas no se enteraban de nada en toda la novela.

Frank pretendió dar por zanjada la discusión con un suspiro de impotencia. Su asistente volvió a la carga:

-       ¿Qué le dijeron los dos artistas?

-       Que estamos pisando muchos callos y que nos quedemos tranquilitos una temporada.

-       ¿Y si no?

-       Me quitarán la licencia de detective privado.

-       ¡Pero si usted no tiene licencia, cohone!

-       Pues la de armas.

-       ¡Será el tirabeque! Porque usted no ha visto un arma desde la mili.

Frank entrecerró los ojos y se entregó a la meditación zen. Bartolo seguía a lo suyo:

-       ¡Y no se fíe de ese inspector Chaves! ¡Recuerde que en la novela no para de hacerle la pelota a la madre de Carlos, el amigo cortijero del protagonista. ¡Ese policía es un alfombrilla de la Casta!

-       ¿Ahora eres de Podemos, Bartolo? Un día amaneces voxista y al otro te despiertas  podemita.

-       Bueno hefe, en lo de la Casta hay que reconocer que no le falta una miajita de razón al coletas. Y además lo dice la misma novela esa que tanto le gusta: ¡la Crema es la Casta! ¡Yo creo que los de Podemos se inspiraron en La cream coneshion!

-       Visto así…Pero también es verdad que a tu amigo el coletas se le podría decir aquello de Bécquer…

-       ¡Y dale con las marcas de alicates…y encima extranjeros!

     -     Es producto nacional, Bartolo, y los versos los estudiaste en el colegio:

¿Qué es la Casta?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul

(y vientos del pueblo agitan

allá por Galapagar                                                       

tu gallarda coleta antifascista).

¿Qué es la Casta? ¿Y tú me lo preguntas?

La Casta…

     -   ¡Se ha levantado usted gracioso, hefe! Venga, vamos a lo que interesa. Tenemos que ponernos en movimiento, que yo tengo que hacer méritos para colocarme de interino, que se me pasa el arroz. Ahora vienen elecciones y los hacen a todos fijos.

-       Piénsatelo bien, Bartolo. El clientelismo está en la raíz de todos los males de Andalucía y de España y es el origen de la corrupción que padecemos. Enchufar a un pariente, a un amiguete o a un correligionario supone cerrar el camino a personas que no disponen de esos contactos y que probablemente tienen muchos más méritos objetivos para desempeñar esos puestos.

-       Todo eso está muy bien, hefe, pero yo tengo cuatro churumbeles y mis inversiones en Wall Street ya no me rinden como antes.

Frank se disponía a contraargumentar de manera razonada cuando Antonia apareció en el salón con un sobre en la mano.

-       Trajeron esta carta hoy por la mañana.

Antonia tendió el sobre a su patrón, quien leyó el remite con desconfianza.

-       ¿Qué pasa hefe? Nos tiene usted en ascuas.

-       Hablando del rey de Roma…es una carta de la Junta de Andalucía.

-       ¡Ábrala!

Frank rasgó el sobre con torpeza, lo que no hizo sino incrementar los nervios de Bartolo. Tras un pequeño forcejeo con el sobre extrajo un tarjetón.

-       Es una invitación a un acto institucional en el Palacio de San Telmo la semana que viene, para marcar el inicio del curso político y administrativo tras las vacaciones de verano…

-       ¿A usted solo?

-       No, con acompañante.

Bartolo enrojeció de entusiasmo:

-       ¡Lléveme! ¡Que me saco la plaza de interino!

-       Miedo me da aparecer contigo.

-       ¡Me cago en tós mis muertos! ¡Qué me está diciendo!

-       No te me pongas pasivo-agresivo, Bartolo

-       ¡Y usted no me empiece con tiempos verbales complicados, hefe, que desde que lee el Babelia no hay quien le aguante!

-        Es la primera vez en mi vida que me invitan a un acto institucional de la Junta y eso que soy funcionario con más de treinta años de antigüedad.

-       Es que hasta ahora era usted un don nadie, con perdón, y ahora es un detective famoso.

-       No sé, Bartolo, no sé. Puede ser una trampa saducea. No olvides que estamos investigando tramas que afectan al núcleo duro de la Junta.

-       ¡Precisamente por eso, hefe!

Frank guardó la invitación en el sobre y miró a su subordinado con aire de hondo fatalismo:

-       Está bien. Iremos al acto y que sea lo que Dios quiera.


(Continuará...) 

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