Capítulo XII de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»

CAPÍTULO XII


De cómo nuestros héroes se encontraron casi por azar con su siguiente aventura


Eran las ocho de la mañana y una brisa todavía fresca se colaba por la ventana del salón. Frank repasaba el Babelia. Con una vaga sensación de mareo, pasó de un libro sobre el movimiento Campo Adentro (que, según la reseña, pretendía “ensayar estrategias culturales de mitificación del pastor como forma de empoderamiento”), a otro sobre “Xenofeminismo”, una propuesta que, de acuerdo con el artículo, partía e iba más allá del ciberfeminismo y el posthumanismo, dando “la necesaria puntilla al proceso de embarazo como algo natural”.

Bartolo entró con los periódicos del día cuando Frank intentaba fatigosamente saborear un té de cúrcuma recomendado por Apicius.

-       Buenos días, hefe. Aquí le traigo la prensa. ¿Qué le pasa? ¡Tiene usted más mala cara que un pollo de Simago!

Frank hizo un gesto hacia el Babelia y la taza de té. Su asistente no dejó pasar la ocasión:

-       ¡Anda que no es usted seguío ni ná! Mira que le tengo dicho que con tanta lectura y tanta comida rara le va a acabar entrando algo malo. ¿Quiere que le prepare un cafelito con leshe como Dios manda? Se lo puedo pedir al bar de Manolo.

Frank esbozó un manoteo de rechazo y señaló con impaciencia los periódicos. Cada uno agarró un diario y se enfrascó en una lectura silenciosa, puntuada apenas por el pasar de las páginas y por los melancólicos sorbos de té de Frank. Al cabo de un rato, Bartolo arrojó el último periódico sobre la mesa  camilla:

-       ¡No veo nada, hefe! O, mejor dicho, hay mucho de todo pero es lo de siempre, que a usted ya sé que no le interesa.

-       No es eso, Bartolo. Es que tenemos que escoger muy bien nuestros objetivos. Nosotros no estamos para duplicar investigaciones judiciales, sino para llegar allí donde la justicia no llega. Nosotros somos los defensores de la sociedad civil.

-       Ya, ya…Que parece usted de Ciudadanos: mucha labia pero a la hora de la verdad se centra usted menos que el Albert Rivera ese.

-       ¿Sabes lo que vamos a hacer? Nos vamos a ir a la calle. En las novelas negras clásicas muchas investigaciones empiezan por pura casualidad, con algo que le ocurre al detective fuera de su oficina. Como le pasa a Philip Marlowe en Adiós muñeca, cuando se encuentra casualmente con Moose Malloy, o a Toni Romano en Las apariencias no engañan, cuando está tranquilamente tomándose una copa en El Gavilán y asiste al asesinato de don Valeriano Cazzo por el misterioso joven rubio de la cara picada de viruela con el que Toni ya había tenido un incidente en la sala de baile La Luna de Medianoche, donde por aquel entonces trabajaba como vigilante armado…

-       Vale, vale, hefe. Se enrolla usted más que un pregonero de Semana Santa. ¿Adónde vamos?

 

-       Al centro, que es donde hay más movimiento. Espera un momento que me vista.

-       ¿Se me va a poner otra vez el uniforme de Teniente Kojak? ¿Con la que está cayendo?

Frank no respondió. Se internó por el pasillo, del que emergió diez minutos más tarde trajeado y acicalado con su gabardina y borsalino. Bartolo miró al techo con impotencia y siguió a su jefe hacia la calle.

Eran cerca de las diez de la mañana. La temperatura, aún tolerable, aumentaba implacablemente minuto a minuto. Tres horas después los termómetros de la calle marcaban más de treinta grados y todo indicaba que estaban lejos de haber tocado techo. Pese al incesante pasear no habían detectado nada de interés y Bartolo bufaba de cansancio y de calor:

-       Hefe, aquí sólo hay turistas en camiseta y calzoncillos y como sigamos dando vueltas van a pensar que estamos haciendo cruising. ¿Por qué no paramos y nos tomamos una cervecita fresquita y una tapita como dos personas humanas?

Frank se detuvo y cerró los ojos. Parecía tentado. Después de muchas vueltas y revueltas habían regresado a la plaza de la Gavidia, frente al Corte Inglés, ocupada por un mercadillo callejero. Cataratas de sudor le corrían borsalino abajo. Bartolo lo miraba con ansiedad.

Se oyeron gritos. Jóvenes inmigrantes corrían en diferentes direcciones con grandes bolsas al hombro. Media docena de agentes de la Policía Municipal intentaban darles alcance. Cuando se despejó el panorama cuatro  subsaharianos habían sido detenidos y estaban sentados en el suelo de la acera. Uno de los agentes pedía por teléfono refuerzos y una camioneta para trasladar a los detenidos. Frank contempló la escena y se arrancó hacia el grupo de agentes y arrestados. Cuando Bartolo se percató, Frank se dirigía ya al policía que parecía al mando:

-       Buenas tardes, agente. ¿Se puede saber por qué han detenido a estos jóvenes?

El policía le miró de arriba abajo:

-       ¿Y se puede saber quién coño es usted?

-       Stain, Frank Stain, detective privado.

-       Lo que nos faltaba. Otro arreao.

-       Agente, yo no le he faltado al respeto y le reitero la pregunta: ¿por qué han detenido a estos jóvenes?

El agente municipal giró en redondo y le dio la espalda desdeñosamente. Frank no se arredró y entró de nuevo decidido al caballo:

-       Como ciudadano tengo derecho a hacerle esta pregunta y a pedirle que se identifique para poner la correspondiente denuncia contra usted por insultos. Además de investigador privado soy funcionario y  licenciado en Derecho.

Bartolo intentó sacar a su jefe con discretos empujones de la escena del crimen. Renunció cuando vio que poco a poco se había formado un nutrido círculo de transeúntes que observaban con suma atención al policía y a Frank. Este intervino de nuevo en el mismo tono pausado:

-       Le pediría que me mirase cuando le hablo y que contestase a mi pregunta sobre su identificación.

 

Un rumor de aprobación se extendió por el círculo, que no paraba de crecer. El policía se volvió hacia Frank y no pudo evitar un mohín de nerviosismo:

-       No era mi intención insultarle. Retiro lo dicho. Soy el agente Olegario Pantoja y hemos detenido a estos ilegales por resistencia y desacato a la autoridad.

-       Gracias agente Pantoja. Lo de ilegales está por ver. En todo caso, ilegales o no, son ciudadanos con derechos humanos que es preciso respetar.

El rumor de aprobación se hizo más fuerte y se dejaron oír algunas voces:

-       ¡Bien dicho!

-       ¡Sí señor!

-       ¡Policía fascista!

-       ¡Y heteropatriarcal!

Bartolo contemplaba asombrado el espectáculo. La sensación de pánico dejó paso al orgullo al ver que la actuación de su superior era jaleada por la masa. Los detenidos miraban arrobados a su salvador, quien comenzó a adornarse mirando al tendido:

-       Estos jóvenes ciudadanos procedentes de África no están cometiendo más crimen que intentar ganarse honradamente el pan con el sudor de su frente, en vez de robar por la calle.

La audiencia –a estas alturas casi una pequeña manifestación– se iba calentando:

-       ¡Así se habla!

-       ¿Quién es este artista? ¿El padre de Monedero?

-       ¡Con dos cojones!

-       ¡Abajo la policía xenófoba!

-       ¡Y heteropatriarcal!

Frank dejó al público desfogarse. Las voces amainaron y volvió a dirigirse al agente, que había perdido el aire arrogante del inicio:

-       Agente, ¿no tiene usted ningún emigrante en su familia?

El policía miraba con desesperación a sus compañeros en busca de una ayuda que no llegaba. Respondió con voz temblorosa:

-       Bueno…mi abuelo, que en paz descanse, estuvo en Alemania en los años 60. En realidad yo me llamo Olegario Gunther Pantoja.

Frank remató la faena de forma despiadada:

-       ¿Podría mirar a los ojos a su abuelo si él viera lo que está usted haciendo? Por la memoria de su abuelo, agente… ¡SUELTE A ESTOS CIUDADANOS!

El público era un clamor:

     -   ¡Eso, eso, que los suelten!

-       Llibertat presos polítics africans! Estat espanyol feixista!

-       ¡Abajo la policía capitalista e imperialista!

-       ¡Y heteropatriarcal!

El círculo se cerró amenazadoramente en torno a Frank, los policías y los detenidos, que se habían puesto en pie y aguardaban ansiosos el desenlace. Los ojos de Frank estaban clavados en el jefe de los agentes, que a su vez lanzaba miradas angustiadas a sus colegas. Finalmente dio orden de soltar a los detenidos entre el júbilo general. Los policías se retiraron mientras el público aplaudía a Frank, al que los inmigrantes pasearon a hombros entre el entusiamo de la concurrencia:

 

-       ¡Españolos y africanos hermanos!

-       ¡Abajo el fascismo xenófobo!

-       ¡Muera la Casta!

-       ¡Viva er Beti!

-       ¡El Betis es heteropatriarcal!

-       ¡Me cago en tu puta madre, palangana!

El ambiente volvió poco a poco a la normalidad. El círculo se deshizo y Frank y Bartolo quedaron a solas con los cuatro inmigrantes, que no paraban de dar abrazos a Frank. Este se dirigió a ellos con emoción contenida:

-       Ahora que todo ha pasado, creo que podéis poner la guinda a este infortunado episodio dando muestras de vuestro impecable comportamiento cívico.

Los cuatro jóvenes le observaban expectantes:

-       Entregadme los sacos de mercancía que lleváis para que yo los deposite en la Policía. Son imitaciones falsas de marcas y venderlas constituye un delito.

Los cuatro liberados se miraron entre sí con un estupor similar al que reflejaba la cara de Bartolo. Frank insistió sin percibir el cambio atmosférico:

-       Venga, dadme los sacos, chavales.

El más alto y fornido se dirigió a Frank:

-       Tú estás de guassa, como se dice aquí, ¿no?

-       En absoluto. Venga, no me obliguéis a quitaros los sacos por la fuerza.

-       ¡Si no estás de guassa tú estás majareta!

Los cuatro jóvenes empezaron a reír a carcajadas y Frank se amoscó:

-       Chavales, os he avisado y quien avisa no es traidor ni mal amigo.

-       ¡Hefe, no…no!

Bartolo llegó tarde una vez más. Frank había cogido el saco más próximo e iba a por el segundo. Las carcajadas se acallaron de inmediato y el joven corpulento propinó un empujón brutal a Frank, que dio con éste en el suelo, conmocionado. Bartolo estaba paralizado. Los cuatro jóvenes recuperaron sus sacos y salieron corriendo. Cuando se perdían por la Campana se dejó oír la voz débil de Frank:

-       ¡Ves! Me empujan traicioneramente y corren despavoridos antes de que pueda darles su merecido. ¡Son unos cobardes que huyen al mero nombre de Frank Stain!

-       Señor Frankenstein, ¿puede acompañarnos por favor?

-       ¿Y usted quién es?

-       Soy el inspector-jefe Chaves y este es mi compañero el subinspector Chacón.


(Continuará...) 

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