Capítulo XI de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»


CAPÍTULO XI

Donde se concluye y da fin a la aventura de nuestros esforzados héroes en Morón de la Frontera

Frank volvió en sí y se encontró sentado en una silla de plástico blanco en medio de una habitación a oscuras. La única luz venía de un potente foco situado encima de la silla. El haz de luz estaba concentrado en su figura, dejando el resto de la habitación en sombras.
Intentó moverse y se dio cuenta de que tenía los brazos amarrados al respaldo con cinta adhesiva ancha, como la utilizada para cerrar cajas de mudanza. Los tobillos estaban atados de la misma forma a las patas delanteras del asiento.
-       Bueno, bueno. La bella durmiente ha despertado por fin.
La voz era inconfundible, pero Frank no atinaba a ver al Señor de los Anillos. Éste salió de la oscuridad y se colocó frente a él. Estaba vestido como siempre de negro zaíno de la cabeza a los pies, y sus manos refulgían con el brillo de la pedrería.
El mastodonte levantó delicadamente la barbilla de Frank con los dedos índice y corazón de su mano derecha y le miró a los ojos casi con ternura:
-       Estaba preocupado por ti, cara pito.
-       ¡Vete al infierno!
-       Vaya, hombre. Cara pito se pone gallito.
-       Vamos a tener que bajarle un poco los humos, ¿no te parece?
Frank no consiguió localizar el origen de esta otra voz. Surgía a la espalda del Señor de los Anillos, desde la zona de sombras. Pronto quedó claro quién mandaba allí.
-       Sí, patrón. Vamos a darle el tratamiento especial de la casa a cara pito, a ver si se relaja.
La voz misteriosa se dejó oír de nuevo:
-       Muy bien. Nuestro amigo es demasiado curioso y ya se sabe que la curiosidad mató al gato. ¿Y qué será lo que le interesa tanto del parque eólico Las Cabañuelas?
Frank tuvo una corazonada. Disparó a ciegas esperando dar en el blanco:
-       Lo sabes muy bien… Ortega. Estáis cometiendo un fraude con las primas de la energía eólica.
La voz en las sombras se fue aproximando, hasta que se situó frente a Frank uno de los tres comensales de la mesa del reservado. No era la cara que le había resultado familiar, sino un tipo de unos sesenta y pocos años, achaparrado y tripón. Vestía pantalón gris y una camisa blanca de manga corta. Un impresionante Rolex de oro hacía juego con un gran anillo cuadrado y unas aparatosas gafas doradas, pero su aspecto era rudo; parecía un constructor enriquecido en la época del boom del ladrillo. En la mano izquierda llevaba encendido un puro de calibre más que respetable.
-       Vaya, vaya. Nuestro amigo cara pito es un listillo. Pasarse de listo es una de las peores cosas en la vida, sobre todo cuando se está amarrado a una silla en una habitación oscura fuera de la cual nadie le va a oír por mucho que grite.
Ortega se acercó a Frank y le desabotonó la chaqueta y la camisa, sin dejar de hablar en un tono al mismo tiempo apacible y amenazante:
-       Hace mucho calor. No sé cómo puede aguantar con esa gabardina, el traje y la corbata.
Ortega acabó de desabotonar por completo la camisa blanca de Frank y dejó el raquítico pecho de éste al descubierto. Sin dejar de sonreír, dio una honda chupada al puro, sacudió la ceniza con el meñique y hundió la punta incandescente del habano en la tetilla derecha de Frank, que aulló de dolor. Ortega retiró con parsimonia el puro del pecho de Frank y le observó sonriente.
-       Bueno, cara pito. Vamos a ser razonables. Si tú te comprometes a dejar de incordiar te vas tranquilamente y te dejamos en paz.
-       ¡Nunca, Ortega, nunca! ¡Eres un corrupto y un chorizo y no pararé hasta que estés entre rejas! ¡Aunque me cueste la vida!
Ortega chasqueó la lengua y meneó tristemente la cabeza, apesadumbrado en apariencia por la testarudez irracional de su interlocutor. Hizo un gesto con los ojos a su subordinado, quien dio un paso al frente, se colocó frente a Frank y empezó a golpearle por todo el cuerpo de manera sistemática a puñetazos y patadas.
Después de unos minutos que a Frank se le hicieron interminables Ortega tocó el brazo de su empleado. El Señor de los Anillos detuvo la paliza y aprovechó para enjugarse el sudor. Frank estaba en un estado lamentable, con la cara y el torso cubiertos de moratones, los labios rotos y la nariz sangrando. Ortega le interpeló de nuevo:
-       Cara pito: ¿lo dejamos estar? Sólo tienes que prometerme que te vas a olvidar de todo lo que has visto y escuchado en el día de hoy y te doy mi palabra de honor de que te dejo ir en paz. Repito: tienes mi palabra de honor.
Frank levantó trabajosamente el rostro tumefacto hasta encararse con Ortega. Una sonrisa desafiante se delineó en sus labios rotos:
-       Ortega, tú tienes menos palabra que Lopetegui…
Los ojos de Ortega centellearon de cólera. Frank no se dio por enterado. Su sonrisa tenía ahora la frialdad sádica del boxeador que ha encontrado el punto débil de su rival y se apresta a golpearlo sin piedad:
-       ….menos  palabra incluso que el Presidente del Gobierno…
Ortega bramó de rabia:
-       ¡Eso no, hijo de la gran puta!
La sonrisa de Frank era ahora cruel:
-       Desde que te vi sabía que eras un criptosanchista. ¿Se lo has dicho a Susana?
Frank remató:
-       Y  no me pases más el peluco por la cara que el brillo me va a dejar ciego.
Ortega se abalanzó sobre Frank, golpeándole con saña hasta perder las fuerzas. Frank recordaba a estas alturas a un Cristo doliente y el propio Señor de los Anillos lo contemplaba impresionado. El detective apenas conseguía abrir los ojos hinchados, pero su voz seguía siendo retadora:
-       Ortega, eres más macarra que Cristiano Ronaldo. Y no sabes pegar. Tienes las muñecas flojas de tanto pajear al gorila este.
Ortega enloqueció y se arrojó otra vez sobre Frank. El Señor de los Anillos tuvo que interponerse:
-       Don Antonio, lo va a matar y nos vamos a meter en un lío.
-       ¡Me da igual! ¡Este facha cabronazo no sabe quién soy yo! ¡Dame tu pistola!
El empleado vaciló. Ortega echaba espumarajos por la boca:
-       ¡Te he dicho que me des la pistola!
El Señor de los Anillos sacó el arma de una sobaquera debajo de la chaqueta y se la entregó a su jefe, que agarró febrilmente la pistola, le quitó el seguro y se la puso en la sien a Frank:
-       ¡Por última vez, payaso! ¡O me juras que te olvidas de este asunto o te pego un tiro aquí mismo y te hago desaparecer de la faz de la tierra!
Frank hizo una pausa antes de hablar. Era el final. Al menos le quedaba la satisfacción de haber estado a la altura de los mejores, como Toni Romano en Un beso de amigo, cuando los sicarios de Ignacio Elósegui casi lo matan de una brutal paliza. Sólo quería despedirse con una frase digna de sus héroes.
De pronto, una puerta ancha situada detrás de Ortega y su esbirro se abrió con estruendo y la luz del día invadió brutalmente la habitación. Frank no daba crédito a lo que veían sus ojos amoratados y entrecerrados: Lisbeth Salander había reventado la puerta con su Kawasaki y apuntaba con una escopeta a Ortega y a su gorila desde el asiento de la moto:
-       ¡Ortega, deja la pistola despacito debajo de la silla o te vuelo la cabeza! ¡Y tú, el hipopótamo: desata a Frank!
Ortega y su acólito obedecieron en silencio las instrucciones de la chica, que seguía sus evoluciones sin dejar de apuntarles.
-       Muy bien. Buenos chicos. Ahora tumbaos boca abajo en el suelo mientras Frank os ata con esta cinta adhesiva para que no hagáis tonterías.
La chica pasó un rollo de cinta a Frank. Éste apenas podía mover los brazos, pero logró inmovilizar a la pareja con las manos amarradas a la espalda y las piernas trabadas. El detective se volvió con orgullo hacia Lisbeth, que dejó de apuntar con la escopeta y se le acercó solícita.
Frank Stain percibió en los ojos de la joven un brillo que –si no se había vuelto loco– transmitía algo que iba más allá de la simple compasión. Sus labios temblaban:
-       Frank…
-       Lisbeth…
-       Frank…
-       Lisbeth…
-       ¡Hefe! ¡Hefe!
Frank sintió unas violentas sacudidas y abrió los ojos con un esfuerzo penoso. Estaba tumbado boca arriba en el suelo junto a la mesita del reservado, del que habían desaparecido los tres comensales. Vio el rostro preocupado de Bartolo:
-       Uff..Menos mal. Pensé que no iba a despertar nunca.
-       ¿Dónde está Lisbeth?
-       ¡Pero qué perra ha cogido usted con la salamandra esa! ¡Y yo qué sé! ¡Estará en Morón!
-       ¡No, ha estado aquí! Me ha salvado la vida cuando Antonio Ortega y su matón estaban a punto de liquidarme. Mira cómo me han dejado. Vas a tener que llevarme al hospital.
-       ¡Qué dice! Si no tiene usted nada. Sólo le ha dado un desmayo. Mírese.
Frank se incorporó con ayuda de su ayudante y pudo comprobar que se encontraba en perfectas condiciones, salvo una molesta sensación de mareo.
-       La he visto con mis propios ojos…y a Ortega también.
-       Estaba usted delirando. ¿No se habrá pasado con algún traguito de más? Que a usted le sacan de sus cañitas de Cruzcampo y parece Nicholas Cage en Adiós a Las Vegas.
Frank negó, aturdido, con la cabeza:
-       Puede que me hayan drogado…
-       Sí hombre, con la burundanga…
La sonrisa de choteo de Bartolo espoleó a Frank, sacándolo de su estupor:
-       ¡Pues no sé cómo lo han hecho pero me han drogado de alguna forma! Nunca se sabe qué métodos pueden utilizar estos fascinerosos. En La maldición de los Dain drogan al detective de la Continental en la sede de la secta del Templo con unos gases que emanan de una instalación secreta de tuberías. El pobre llega a tener visiones y lucha a brazo partido con una de ellas.
Bartolo paseó la vista por el suelo y se agachó a recoger un pañuelo arrugado, casi oculto entre los faldones de la mesa. Lo husmeó con aprensión e hizo una mueca de asco:
-       Pues va a tener usted razón. Huélalo.
El detective acercó la nariz al pañuelo y la retiró de inmediato:
-       ¡Cloroformo!
-       En efecto. Y mire esto.
Frank concentró su atención en el pañuelo y vio lo que su ayudante le indicaba: en una esquina estaban bordadas las iniciales A.O.

(Continuará...)   

Comentarios

EDUARDO PELLICER ha dicho que…
Cada vez se va poniendo más interesante y divertida la trama. No falta un detalle de los tejemanejes en la oscuridad de los personajes en Andalucía, y en toda España, que en estos tiempos nos están resultando tan familiares. Fantástica la mezcla de los delirios, el costumbrismo andaluz y el "lado oscuro". Me está encantando!!!!

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