Capítulo X de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»


CAPÍTULO X

Donde se prosigue la aventura de nuestros arrojados héroes en Morón de la Frontera, incluyendo un inesperado e infortunado reencuentro
Bartolo arrancó el coche y con la ayuda del GPS logró localizar la salida hacia Marchena. El 1500 enfiló la carretera entre un mar de olivos. Frank no podía quitarse de la cabeza a la chica de negro. Tenía que hacer algo para impresionarla. Rememoró las aventuras del detective de la Agencia Continental en Cosecha roja, cuando, después de descubrir al asesino de Donald Wilsson, decide quedarse en Personville contra la opinión de todos para limpiar sus calles de malhechores.
Frank contempló el paisaje de lomas y olivares y se vio como el heroico protagonista de una Cosecha verde aceituna, limpiando la comarca de corruptos. Lisbeth Salander caería entregada a sus pies.
El detective pensó con incomodidad en la diferencia de edad, pero recordó que en Los hombres que no amaban a las mujeres Mikael Blomkvist casi le doblaba la edad a la veinteañera Salander, lo que no era óbice para que ésta se rindiese a sus encantos.
Después de catorce kilómetros en los que Frank no salió de su mutismo y su asistente rumió en silencio las ominosas señales de un desastre inminente, llegaron al cruce de la carretera de Marchena con la autovía Sevilla-Granada.
La Venta El Cacareo estaba en el mismo cruce. Aquello no era la humilde venta que esperaban, sino un cortijo señorial. Dejaron el coche en el aparcamiento que rodeaba el edificio y entraron a pie por el portón principal, abierto de par en par.
La construcción había sido restaurada primorosamente y conservaba las señas de identidad de su condición original, aunque había sido reorganizada con cuidado para adaptarla a su nueva función.
Una siñalética de diseño distribuía la antigua hacienda entre el restaurante, que ocupaba todo el ala izquierda del primer patio, una tienda en el costado derecho, baños al fondo y un pasadizo que llevaba al patio trasero, en el que se encontraban las cuadras, un picadero cubierto y un gran salón para banquetes y celebraciones.
Recorrieron rápidamente las instalaciones. El ayudante soltaba a cada paso silbidos admirativos:
-       ¡Animalito mi primo! ¡Vaya cómo han dejao el cortijo! ¡Anda que no han metío aquí billetes! ¿Y ha visto usted las cuadras? ¡Parece la Real Escuela de Arte Ecuestre de Jerez!
-       Creo que ya nos hemos hecho una idea. Vamos al restaurante para ver si podemos averiguar algo.
-       Por la gloria de mi madre no empiece usted diciendo otra vez que estamos investigando lo de la energía eólica porque vamos a quedar peor que el Cordobés en Pamplona.
Regresaron al patio principal y entraron en el restaurante. La sala recreaba el aire campero de la vieja hacienda. Cabezas de toro intimidaban a los comensales desde las paredes blancas, e intercaladas entre ellas colgaban láminas y grabados de caballos y de faenas del campo. Las mesas estaban cubiertas de manteles impecablemente blancos y los asientos eran versiones modernas en diversos colores de las sillas tradicionales de enea, con cojines a juego.
En el lateral opuesto al patio varios ventanales daban a un jardín con palmeras y albero delimitado por un tupido seto. Un aire acondicionado en su punto justo convertía el comedor en un remanso de frescor, perfectamente aislado de las temperaturas del crematorio exterior.
Aunque eran ya cerca de las cuatro en pleno mes de agosto el comedor estaba a rebosar y los camareros –pulcramente vestidos con pantalón negro, camisa y chaquetilla blancas y corbata negra– se azacaneaban con diligencia entre las mesas, ocupadas en su mayoría por viajeros de paso.
Frank y su asistente se atrincheraron en una esquina de la barra situada a la entrada del restaurante. Un camarero solitario limpiaba vasos y copas ajeno al bullicio de la sala. Era un hombre mayor, con pelo y bigote canos, cara redonda y papada eclesiástica. Bartolo hizo un gesto a su jefe para indicarle que él asumía el liderazgo y Frank le dejó hacer:
-       Buenas, maestro.
El hombre levantó la vista sin parar de lavar:
-       Buenas.
-       Estamos con un poco de prisa y no nos da tiempo a sentarnos a comer. ¿Podemos tapear algo aquí en la barra?
El investigador junior mostraba su mejor sonrisa, con ese desparpajo que no dejaba de admirar a Frank, a quien no extrañó que una vez más la ofensiva de encanto de su subordinado diese los resultados buscados.
El camarero cerró el grifo, se secó las manos y respondió con otra sonrisa en la que brillaba un incongruente diente de oro.
-       Por supuesto. Pueden comer en barra todo lo que hay en la carta. ¿Qué les pongo de beber?
-       Un par de cañas fresquitas para empezar y un platito de ese jamón con tan buena pinta que tiene usted ahí.
El camarero puso las cañas y se volvió hacia la pata de jamón. Frank encaró a su ayudante con mirada asesina:
-       ¿¡¡Un platito de jamón!!?
-       hefe, no me sea mísero. Y no se le ocurra empezar con las espumas y las esferificaciones, que nos echan a patadas. Hay que ganarse la confianza de este hombre y para eso hay que ser rumboso. Usted déjeme a mí.
El camarero regresó con el plato de jamón. Lo colocó orgulloso sobre la barra y Bartolo le jaleó con entusiasmo:
-       ¡Ole, ole y ole! ¡Así se corta un jamón! ¡Qué arte tiene el maestro!
La satisfacción del hombre destelló en su diente de oro. Bartolo continuó su labor de zapa:
-       ¡Menudo cortijo! ¡Y qué buenos caballos! Me recuerdan a los cartujanos de Alvarito. En casa hemos sido siempre más de anglo-árabes y ponis argentinos (para el polo…ya sabe), pero hay que reconocer que montar un cartujano con su doma andaluza es uno de los mayores placeres que podemos tener los caballistas que llevamos la afición en la sangre.
El camarero no pudo ocultar un brillo de curiosidad:
-       ¿Alvarito?
-       Sí, Alvarito Benamejí.

-       ¿Le conoce?
Bartolo prolongó el suspense con un largo sorbo de cerveza. Cuando respondió lo hizo en voz queda, con la entonación de un hombre sencillo que no pretende alardear:
-       Es primo de mamá…
 Dio otro trago a su cerveza y agarró una loncha de jamón, supuestamente ignorante del impacto que su revelación había producido en el camarero, que le observaba fascinado. También Frank miraba estupefacto a su colaborador, que retomó el hilo mientras atacaba otra vez el plato de jamón:
-       …primo segundo…por los Benamejí.
-       ¿Es usted Benamejí? Esta finca era de los Benamejí.
-       Sí, de la rama de Morón. Nosotros somos la rama de Osuna.
-       No sabía que había Benamejíes en Osuna.
-       Es que, como somos por el lado materno, la gente no lo sabe, pero…
Bartolo hizo un gesto a su interlocutor para que se acercase a recibir una confidencia:
-       …la gente tampoco sabe que la rama de Osuna es la que está en el taco. Los primos de Morón andan cortitos con agua de seltz. ¿No ve cómo van vendiendo?
El camarero estaba entregado. Miró a los lados y contestó en un susurro:
-       Dicen que los Benamejí se quedaron de socios de don Antonio Ortega cuando le vendieron este cortijo, pero aquí quien manda es don Antonio.
-       No me diga más que se me saltan las lágrimas. ¡Y Dios quiera que mamá no se entere porque esto puede llevársela a la tumba!
Bartolo cambió de registro con la naturalidad de un sociétaire de la Comédie Française:
-       ¿Tienen ustedes gambas?
Frank corcoveó nervioso; su investigador junior le mantuvo a raya con la mirada. El camarero estaba exultante:
-       ¡Por supuesto!
-       Quiero decir gambas blancas de Huelva. A mí es que si no son de Huelva y bien frescas me sientan malamente. No sabe la ardentía que me entra. Es lo que tiene haber comido todo de lo mejor desde criatura. Se acostumbra uno mal. Es una cruz para toda la vida…
-       Ni en Isla Cristina las toma usted más frescas. Sólo le digo que don Antonio las prueba personalmente todos los días y si no están a su gusto las manda de vuelta.
Bartolo lanzó una mirada reivindicativa a su jefe y se arrojó por la brecha abierta:
-       ¿Ese don Antonio Ortega es de por aquí? La verdad es que el nombre no me suena.
El camarero miró otra vez a los lados y volvió a asomar la cabeza por encima de la barra:
-       Es quien manda en la comarca. Tiene mucha mano con la Junta y con  el Ayuntamiento. Aquí no se mueve nada, ni en la política ni en los negocios, sin que don Antonio Ortega lo apruebe.
-       Sigue sin sonarme. ¿No estará ahora aquí por casualidad?
-       Sí, viene casi todos los días. Cuando tiene invitados, como hoy, almuerza en un comedorcito reservado que hay detrás de los servicios.

El camarero apuntó con la mandíbula hacia un pequeño arco al fondo de la sala. El detective y su ayudante se miraron. Frank se aprestó a cruzar el comedor. Bartolo le habló al oído, aprovechando que el hombre se iba feliz a la cocina en busca de las gambas:
-       Cuidado, hefe. No haga tonterías, que estamos jugando con fuego.
-       Precisamente por eso. Aquí tiene que asumir la responsabilidad un verdadero profesional, como Frank Stain. No vengas a buscarme a no ser que  no regrese en media hora. Y si sucediese lo peor, llama a Lisbeth para contárselo.
Frank dio un par de pasos hacia el comedor, se detuvo súbitamente y se volvió hacia su subordinado:
-       ¡Y no pidas más jamón ni más gambas, cojones! ¡Pídete una ensaladilla!
Bartolo Andorga vio cómo todas las mesas se volvían al paso de su jefe por la sala, hasta que el borsalino y la gabardina desaparecieron por el arco del fondo. Algo le decía que aquello no iba a acabar bien, pero el espectáculo de la ración de gambas cocidas que en ese momento el camarero acababa de depositar sonriente en la barra le dejó la mente en blanco.
Frank se adentró por el pasillo en penumbra. Dejó a su derecha las puertas de los servicios de señoras y caballeros y llegó a una puerta sin rótulo. La puerta estaba entreabierta y desde el interior llegaba el rumor de una conversación animada.
Miró por la rendija y vio una mesa con tres comensales. Sólo una cara le resultaba vagamente familiar, aunque no conseguía identificar de qué podía sonarle aquel rostro rosáceo y abotargado.
Contuvo la respiración y se concentró para intentar captar lo que se decía en la mesa. Antes de que pudiera reconstruir la conversación sintió una mano pesada en el hombro y oyó a sus espaldas una voz conocida:
-       Vava, vaya. A quién tenemos por aquí metiendo el hocico como siempre donde no debe…A nuestro amigo cara pito.
La manaza hizo girar como una peonza a Frank, que sintió un estremecimiento cuando vio frente a sí la sonrisa torva del Señor de los Anillos.


(Continuará...)   

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