Capítulo IX de «LAS AVENTURAS DEL INGENIOSO DETECTIVE FRANK STAIN»

CAPÍTULO IX


De la inesperada ayuda que Frank Stain y Bartolo Andorga recibieron de una misteriosa dama

Frank y su flamante investigador junior caminaron hacia el 1500 bajo un sol subsahariano que difuminaba los contornos de las cosas. Cuando estaban a punto de entrar en el coche una voz les alcanzó desde el otro lado de la calle.
-       ¡Eh…!
Los dos se volvieron y vieron a una chica joven, sentada sobre una Kawasaki 125 y vestida –como si el calor africano fuese su hábitat natural– con chupa, pantalones de cuero y botas militares negras.
Se había quitado el casco. Su pelo era oscuro, con un corte punky, casi al cero en la nuca y a los lados, y un largo flequillo que le cubría por entero el ojo izquierdo. La cara chupada, la piel pálida, los ojos negros y los labios delgados y un punto mortecinos le daban un aire de vampiresa posmoderna.
Las facciones de su rostro eran finas, de una belleza delicada y difícil que ella parecía querer ocultar bajo una maraña de piercings estratégicamente colocados en las dos cejas, la nariz, los labios y las orejas. Una calavera y un dragón se mostraban amenazantes tatuados a ambos lados del cuello.
La chica les hizo un gesto para que la siguiesen y se colocó el casco. Bartolo puso el coche en marcha. Maniobró para situarse detrás de la moto, que dobló por la primera perpendicular a la derecha y comenzó a serpentear por un dédalo de calles desiertas.
-       ¡Vaya tela con la shavala! ¡Parece la novia del jefe de los Angeles del Infierno! ¡Y tiene la carita como una ferretería ambulante!
El silencio de Frank hizo que su ayudante lo encarase extrañado. El detective miraba fijamente a la chica, amazona en su moto, con una expresión de absoluto arrobo:
-       ¡Es Lisbeth Salander!
-       No tengo el gusto, hefe, pero si te encuentras con esa criaturita por la noche en un callejón oscuro te debe de entrar una jindama como para irte de varetas.
Frank seguía ausente, con los ojos clavados en aquel misterioso centauro andrógino. Pasados unos diez minutos de recorrido laberíntico por el pueblo la chica hizo un gesto con el brazo derecho para que se detuviesen.
La joven dejó la moto bajo un naranjo y se acercó al 1500, que Bartolo había conseguido aparcar en la única sombra visible en toda la calle.
La motorista se quitó la chupa. Dejó ver una camiseta negra de manga corta y unos brazos macilentos cubiertos de tatuajes, que provocaron un escalofrío en el investigador junior. La chica abrió la puerta trasera y entró en el coche:
-       Hola.  Sé lo que están buscando y creo que puedo ayudarles.
Bartolo dio un respingo al ver los piercings de la lengua. Frank contemplaba embelesado a la joven. Su ayudante no ocultó su desconfianza:
-       Perdona, ¿y tú quién coño eres?
-       Eso no tiene importancia. Tengo la impresión de que no disponen ustedes de toda la información necesaria sobre el caso que les interesa.

Frank seguía en las nubes y su asistente continuaba mostrándose hostil:
-       ¿Y tú cómo sabes lo que nos interesa a nosotros?
-       Bueno, ustedes mismos lo llevan pregonando desde esta mañana, y la verdad es que son una pareja que no pasa inadvertida.
La chica miró con intención el borsalino y la gabardina de Frank. Una leve mueca de guasa asomó en sus labios y cebó la irritación de Bartolo:
-       ¡Mira quién fue a hablar! ¡La Morticia Adams de los cojones!
-       ¡Cállate inmediatamente!
El ayudante se sorprendió por el tono ríspido de su jefe, que cambió de registro sobre la marcha. Tendió la mano por encima del asiento a la joven y se dirigió a ella con un deje zalamero:
-       Perdone a mi asistente…
-       ¡Investigador junior! –interrumpió Bartolo. Frank le ignoró olímpicamente:
-       …A veces no sabe comportarse. Soy Frank Stain, investigador privado.
La chica tendió la mano a Frank:
-       Yo soy Isabel Salamandra.
La cara de Frank dejó traslucir por un segundo algo parecido a un orgasmo. Se sobrepuso y prosiguió con empaque profesional:
-       Encantado, Isabel. ¿Qué información puede darnos entonces sobre el parque eólico de Las Cabañuelas?
-       Efectivamente están cobrando las primas antiguas a la energía eólica sin haber comenzado a funcionar todavía, como creo que ustedes han podido comprobar personalmente esta mañana.
-       ¿Y quién está autorizando ese fraude tan claro?
La chica tardó unos segundos en responder. Observó a Frank en silencio, como si estuviese sopesando el nivel de inocencia de aquel curioso personaje:
-       Evidentemente la Junta y el Ayuntamiento. Están todos pringados.
-       ¿Es el mismo partido?
-       Eso da igual. Aquí gobierna una coalición de varios partidos, pero la empresa promotora se ha encargado de untar a todos los que tienen competencias e incluso a la oposición, para que no haya protestas.
-       ¿Y nadie denuncia lo que está pasando?
La chica volvió a contemplar asombrada a Frank antes de contestar:
-       En estos pueblos todo el mundo depende del Ayuntamiento y de la Junta de un modo u otro,  con el PER o con la PAC. Da igual que seas rico o pobre. Y si no dependes, te cooptan. Dicen que hasta los Benamejí están en el ajo. Nadie les va a contar nada más. Yo no puedo probar lo que les acabo de decir, aunque, como decía un antiguo jefe, no tengo la menor prueba pero no me cabe la menor duda de lo que le estoy contando.
-       ¿Cómo le ha llegado esta información?
-       Soy periodista.
Bartolo Andorga paseó una mirada escéptica por los piercings y tatuajes e hizo amago de intervenir  Le pararon en seco los ojos airados de su jefe, que proseguía el interrogatorio en el mismo tono amable:
-       ¿En qué medio trabaja, Isabel?
-       En la corresponsalía local de Canal Sur.
-       ¿Y Canal Sur no investiga e informa sobre esto?
La joven volvió a mirar a Frank con ojos entre sorprendidos y desconfiados. Esta vez ni siquiera contestó.

-       Ya veo… Bueno, ¿cómo podemos investigar más?
-       Sigan la pista de Antonio Ortega. Es quien está detrás de este asunto.
-       ¿Y quién es?
-       El Jefe Local del Movimiento.
La cara de Frank hizo que por primera vez la chica bajara las defensas. Soltó una carcajada antes de responder:
-       El que manda aquí en el partido socialista.
-       Ah…¿Y dónde seguimos esa pista?
-       Pueden empezar yendo ahora mismo a la Venta El Cacareo. Está cerca del cruce de la carretera Morón-Marchena con la autovía del 92. Él se pasa el día allí. Es como su oficina. De hecho, dicen que la venta es suya. Igual alguno de los camareros les cuenta algo y con suerte hasta se encuentran con el mismísimo Ortega.
-       De acuerdo. Gracias Isabel. ¿Tiene algún teléfono donde podamos localizarla si necesitamos preguntarle algo?
Isabel le sostuvo la mirada con una sonrisa socarrona y Frank sintió que su cara ardía. Después de unos segundos, la chica se apiadó:
-       ¿Tiene boli y papel?
Frank buscó nerviosamente en la guantera; dio con un cabo de lápiz y media página arrugada de periódico. Tendió ambos con mano trémula a la joven, que los cogió sin dejar de sonreír y anotó un número en el márgen del papel antes de devolverlo a Frank. Este lo recibió con alivio.
La chica recuperó su rictus de seriedad, abrió la puerta del coche y salió camino de la moto. Detective y ayudante la contemplaron en silencio mientras se ponía el casco, arrancaba y desaparecía calle abajo. Fue el asistente el primero que habló, con una sonrisa vengativa:
-       Se me ha puesto como un tomate, hefe. ¡No me diga que le gusta el fideo ése lleno de charrata!
-       Déjate de tonterías. Mi interés es puramente profesional. Yo estoy ya muy mayor para estas cosas y esa muchacha podría ser mi hija.
-       Ya, ya…Eso mismo dijo Papuchi cuando conoció a Ronna.
-       Venga, tira para Marchena.
-       ¿De verdad quiere usted seguir con el lío éste? ¿No ha visto lo que ha dicho su amiga la metalera? Detrás de este asunto hay mucho dinero y gente muy gorda y nadie en el pueblo nos va a ayudar. Y además ya sabe lo que dicen de los de aquí: “Los de Morón como son, son”. Esta gente es muy suya, hefe, y esta aventura puede acabar más malamente que la canción de Rosalía. ¿Por qué no nos volvemos tranquilamente a Sevilla y le cuenta allí todo esto a la policía o a la prensa para que ellos se encarguen?
-       Necesitamos pruebas o al menos indicios más claros. Ni la prensa ni la policía han hecho nada hasta ahora y seguirán sin moverse a menos que nosotros consigamos algo que les obligue a hacerlo.
-       ¿Por qué nosotros? ¿No se puede encargar Isabelita Salamandra? ¿Qué mas le da a usted que unos señores reciban dinero del Estado un poquito antes o un poquito después? Una retirada a tiempo es una victoria. Acuérdese de nuestro Curro. Si no veía un toro claro pegaba la espantá y no le obligaba a torearlo ni la Guardia Civil. Y ahí lo tiene usted, un fenómeno con 85 tacos, admirado por todo el mundo… ¿Por qué no hacemos un Rajoy, hefe?
-       ¿Un qué?
-       Un Rajoy…Un estatuario. El Don Tancredo. Yo es que esto de los molinos de verdad que no lo veo…
Frank saltó como un resorte:
-       ¡Ese es el problema! Que en esta bendita tierra todo el mundo piensa como tú. Nos limitamos a dar cuatro voces y después miramos para otro lado. ¡La sociedad civil debe estar permanentemente movilizada en la lucha contra la corrupción, el clientelismo y los privilegios! ¡La política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos!
Bartolo miró de hito en hito a Frank, que había vuelto a enrojecer violentamente:
-       ¡No se ponga así, hombre, que parece usted el coletas! No se preocupe que nos vamos ahora mismo para la venta del pollo ese.

(Continuará...)

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